El galán HEMINGWAY
Por Franco Fasola
Acaban de cumplirse 50 años del suicidio del Premio Nobel, mítico escritor del siglo XX. Pescador, boxeador, periodista y corresponsal de guerra, quizá su rol más prolífico fue como amante. Estas son las mujeres que inspiraron París era una fiesta, Adiós a las armas o Por quién doblan las campanas.
Fue conductor de una ambulancia en la I Guerra Mundial, corresponsal y combatiente en la Segunda, además de la Guerra Civil Española. Se salvó de morir en dos accidentes aéreos en Africa, estando de safari. Fue pescador, boxeador, periodista y amante de las corridas de toros. Dicen que sufrió electroshocks y que llegó a tener 57 gatos. O que no se hacía llamar directamente Frankestein, pero sí ‘Hemingstein’. Sus libros lo llevaron a ganar el Pulitzer en 1953 y el Nobel en 1954, pero sus éxitos le fueron indiferentes cuando el 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, decidió darse un escopetazo y desaparecer.
El legado, vida y obra de uno de los mayores genios literarios del siglo XX sería difícil de contar sin tener en cuenta su extraña relación con las mujeres. Viajero impenitente, su vida se debatió de abrazo en abrazo, entre amores inocentes, pasiones desesperadas y profundas decepciones.
A sus amantes solía llamarlas ‘hijas’. Reales e imaginarias… En este último grupo está incluso Mata Hari, tal como relata A.E. Hotchner, uno de sus biógrafos. “Nos contó, a un grupo, bastante borracho, que una noche estuve con Mata Hari, aunque la encontré muy pesada de caderas y tenía más interés por lo que hicieras por ella que por lo que ella daba al hombre”. La historia era evidentemente falsa, pues la espía fue fusilada en 1917, un año antes de que Hemingway llegara por primera vez a Europa. Pese a eso, era una notable muestra de la creatividad que las mujeres gatillaban en Ernest a la hora de inventar relatos…
Sin ir más lejos, Agnes von Kurowsky, la enfermera que le salvó la vida en un hospital de Milán cuando fue herido en la I Guerra —y de quien se enamoró perdidamente— fue la inspiradora de Adiós a las armas, novela donde la nombra como Catherine para volcar todo el rencor de ese amor adolescente, luego que ella le revelara por carta que estaba enamorada de otro hombre.
Luego de la guerra y de su primer desengaño convertido en novela, Hemingway se casó, en 1920, con Elizabeth Hadley Richardson, la madre de su primer hijo, John Hadley Nicanor (en honor a un torero español). Por esos días, Ernest tenía 21 años y era un humilde corresponsal que no ganaba más de 40 dólares mensuales. Richardson mantenía la familia con los 3 mil dólares que recibía anualmente por los intereses de sus acciones. Instalados en Francia, esa etapa inspiró más tarde París era una fiesta. “Cuando éramos muy pobres y muy felices. Yo la quería —a Elizabeth— y no quería a nadie más”, escribió en ese tiempo. Y aunque la pareja permaneció unida por varios años en los que Hemingway se pulió como escritor, el hombre empezó a sentirse enjaulado y comenzó un affaire con una íntima amiga de su mujer, llamada Pauline Pfeiffer. Se trataba de una periodista norteamericana que, después de trabajar en Vanity Fair y Vogue, se trasladó a París, donde conoció a los Hemingway. En 1926, Elizabeth descubrió que era engañada y pidió el divorcio.
En mayo de 1927, Pauline se transformó en la segunda mujer del escritor. Con ella permaneció casado 13 años y fue padre de Patrick y Gregory, quien luego se reveló como transexual y se transformó en Gloria. El hijo-hija menor del escritor tuvo un triste final: murió en una prisión de Miami en 2001, a los 69 años, luego de haber sido arrestado por cargos de indecencia.
Fue junto a Pauline que Hemingway vivió en su mítica casa en Key West, Florida. De sus años juntos se cuentan muchas anécdotas, la mayoría basada en lo dispares que eran sus estilos de vida. Pauline extrañaba el pasar glamoroso de París, que no podía contrastar más con el ambiente pueblerino de Cayo Hueso. Cuenta la leyenda que la periodista se aprovechó de un largo viaje de su marido para construir una enorme piscina a un precio casi tan alto como el valor de la casa. A su regreso, Ernest la miró, se metió la mano al bolsillo y le lanzó una moneda de un centavo, diciéndole: “Ya gastaste todo mi dinero. Este es mi último centavo, tómalo”. A Pauline le importó tan poco, que mandó a incrustar en medio de un pastelón el cobrizo penny, que hasta hoy los visitantes fotografían en sus visitas a la casa de Key West.
A MARLENE DIETRICH LA LLAMABA MY LITTLE KRAUT O MI REPOLLITO. Ella le decía Mi querido papá. La actriz alemana fue una de sus múltiples amantes y su amistad duró muchos años. “Marlene, te quiero por encima de todas las cosas, y lo sabes endemoniadamente bien”, le escribía Ernest desde Cuba a la diva alemana, férrea opositora del régimen nazi a quien conoció en un crucero en 1934. “Querido papá: Creo que ya es hora de que te diga que pienso en ti constantemente. Leo y releo tus cartas incesantemente y hablo de ti con ciertos hombres. He movido tu foto a mi dormitorio y la miro con debilidad”, dice una de las misivas de la alemana. La colección de 31 cartas de amor del escritor a la actriz, hoy se exhibe en el museo John F. Kennedy de Boston.
En 1936 y con el inicio de la Guerra Civil Española, Hemingway partió a Europa a informar en el frente de batalla. De esos tiempos viene la inspiración de Por quién doblan las campanas. También un nuevo amor: la periodista Martha Gellhorn, con quien se casaría a los 41 años. Esa historia acaba de convertirse en Hemingway and Gellhorn, cinta pronta a estrenarse en la que Nicole Kidman interpreta a la periodista y Clive Owen a Ernest.
Según él, “la Guerra Civil Española fue la época más feliz de nuestras vidas. Eramos realmente felices entonces, porque cuando moría gente parecía que su muerte estaba justificada y era importante”.
Con Gellhorn vivió sus primeros años en Cuba, cuando abandonó a Pauline. Después de pasar varias temporadas en el Hotel Ambos Mundos, en La Habana, Martha lo convenció para que arrendara la Finca Vigía en 1939. Pero la (in)tensa relación con ella, su tercera mujer, se fue desgastando por el deseo de él de tener una hija, idea que ella rechazaba. En 1945, Hemingway volvió a Europa a perseguir la guerra como corresponsal para el diario londinense Collier’s. En la capital británica conoció a la periodista Mary Welsh, quien sería su cuarta y última mujer. Ella aceptó a todas sus amantes, incluyendo a una condesa italiana llamada Adriana Ivancich, quien inspiró la novela A través del río y entre los árboles.
De vuelta en Cuba, la vida ya no era una celebración. Las visitas de Ava Gardner, Errol Flynn, Spencer Tracy, Gary Cooper, el boxeador Rocky Marciano o los toreros Ordóñez y Dominguín escaseaban, y las presiones políticas para salir de la isla, luego del triunfo de la revolución de Fidel Castro, eran demasiado fuertes. Hemingway abandona su amada Finca Vigía y se traslada a Ketchum, Idaho. Allí, atormentado por todas sus enfermedades (se habló de cáncer, problemas a la vista e incluso Alzheimer), y supuestamente espiado por el FBI, acusado de ser pro-comunista, tomó un rifle y se suicidó.
Mary Welsh, junto a la secretaria irlandesa del escritor, Valerie Danby-Smith, lo acompañaron hasta el final. Esta última, quien terminó casada con uno de los hijos de Ernest, reveló que los últimos días del Nobel los había pasado “retraído, incómodo, incapaz de tomar por sí solo una decisión y de ponerla en práctica”.
Ya no quería saber de mujeres, ni del mar ni de toros. “El hombre tiene corazón, aunque no siga sus dictados”, había sido una de sus célebres frases.
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