Su alteza Deneuve
Entrevista exclusiva
Por Kevin Maher / The Times / The Interview People. Adaptación: Lucy Willson
A los 67 años, la actriz impacta a Europa con una nueva versión fílmica de sí misma: mujer gomero. Aquí reflexiona sobre su lugar como referente femenino en Francia, su futuro como abuela y la posibilidad de volver a casarse: “¿Por qué no?”.

“¡Ay, Dios mío! ¿Es usted Catherine Deneuve?”. Así parte todo: una emocionada estadounidense llega a nuestra mesa en el bar de un hotel en el West End de Londres. Con su mirada absorbe cada centímetro de esta leyenda del cine, y luego le dice con un francés de principiantes: “Usted es mi ídola. Adoro su buzo deportivo”. La mujer abruma a la artista con bromas y elogios por el look de los afiches de su última película. Después de este inesperado inicio para nuestra cita, le pregunto a Deneuve si ese tipo de cosas le sucede a menudo. Ella duda por un humilde momento y luego responde encogiendo los hombros: “Sí. Sin embargo, el buzo ayuda”.
Esa tenida es una de las prendas que le han dado un nuevo estilo en Potiche (‘mujer-adorno’), la ingeniosa comedia de François Ozon (La piscina). El filme, que reúne al director y a la estrella después de 8 mujeres, se ambienta en la provincia francesa durante la década del ’70 y presenta a Deneuve en el rol de Susanne Pujol, un verdadero ‘accesorio marital’ para su marido empresario. Sin buscarlo, a lo largo de la trama la protagonista desarrolla su transición de dueña de casa a gerente de una fábrica y potencial candidata a la presidencia (hay matices de Ségolène Royal frente a Nicolas Sarkozy), gracias a su peculiar estilo de negociar con los trabajadores.
Pero Potiche también es un estudio iconográfíco y, en gran medida, la celebración al culto por Catherine Deneuve. Quien alguna vez fue la encarnación literal de Francia (de 1985 a 1989 sirvió como modelo oficial de Marianne, el símbolo nacional) y que ha realizado más de cien películas en casi cincuenta años (desde Los paraguas de Cherburgo y Bella de día, a Indochina y Un cuento de Navidad), es esencialmente venerada en todos y cada uno de los cuadros de este largometraje.
Deneuve, sin embargo, es distinta a lo que uno espera de ella. Es voluble en las entrevistas y reservada, cosa que ya me han advertido. Incluso el propio director me dijo que no esperara de ella muchas revelaciones. “Ha entendido que como actriz no tiene que mostrar todo”, me explica Ozon. Y es cierto: al dirigirse hacia mí —con el pelo rubio arenoso (color que adoptó cuando tenía 19 años) cuidadosamente peinado, falda marrón, una blusa crema y las manos cargadas de joyas— hay algo en ella de la ‘reina Deneuve’. Conserva su marca registrada del hoyuelo en la barbilla y esa mirada con dejo de tristeza, mientras exhibe una piel adecuadamente envejecida para una sexagenaria que siempre ha afirmado estar “demasiado ocupada” para cirugías plásticas.
ME HACE ADIVINAR CUÁNTOS CIGARRILLOS FUMA y cuando no puedo darle un número me confiesa: “Más de una cajetilla”. Le consulto si es una diaria e, inexpresiva, contesta: “No. Una al mes”. Minutos más tarde me toma del brazo y ordena: “Ahora ven conmigo”. Me lleva afuera para verla fumar y hablar de jardinería, autos grandes y lo que busca en el hombre ideal: “Me gustan los que tienen sensibilidad femenina”, explica, recordando un catálogo personal que incluye al galán Marcello Mastroianni, el director François Truffaut y su único marido, David Bailey (con quien estuvo casada de 1965 a 1972). “Los sujetos muy serios me aburren. Deben tener imaginación”. Su pareja actual no está en el negocio del cine y su identidad sigue siendo un secreto. ¿Cómo lo ha mantenido oculto? “Es sencillo, en Francia tenemos leyes que protegen la vida privada de las personas”.
Su hermana mayor y alma gemela murió en un accidente automovilístico en 1967, justo después de que ambas estelarizaran como gemelas el musical Les demoiselles de Rochefort. Naturalmente, es un tema difícil para Deneuve y cuando empiezo a plantearle mi tesis me interrumpe “¡No! ¡No! ¡No!”, intuyendo a lo que quiero llegar. “No éramos dos actrices. Más que nada, éramos hermanas. Muy cercanas. Nos separaba sólo un año y medio de edad y no existía competencia entre nosotras”.
La protagonista de Potiche sí se abre para admitir que la muerte de Françoise ha sido una pérdida para toda su vida y que aún piensa en su hermana. “Ella está conmigo”, afirma, indicando con un movimiento en los ojos un lugar sobre su cabeza. “No creo que sea algo que uno pueda superar”, agrega. Dice que a veces imagina el tipo de estrella de cine en el que podría haberse convertido Dorléac. Y repara: “Algo positivo tiene que salir de todo esto. Es como una herida que siempre llevas. Una herida que duele, pero que también ayuda a apreciar más a la gente que está a tu alrededor, a valorar todo lo que tienes”.
Hija de dos padres actores, nacida en un París ocupado por los nazis, ella misma se describe como una feminista por experiencia más que por decisión política. Cuando tenía 20 años, por ejemplo, y cuando todavía era una actriz que estaba tratando de hacerse un espacio en la industria, simplemente decidió: “Yo quería un hijo. No sé por qué, pero sólo deseaba uno. Así que lo tuve y aprendí todo sobre la marcha, sin ninguna ayuda”. Su primogénito, Christian (48), nació de una breve relación con el director Roger Vadim. En 1972 tuvo una niña con Mastroianni (Chiara, también actriz), pero nunca pensó en volver a casarse después de su divorcio con David Bailey. “Ese fue un matrimonio muy romántico y él era un hombre maravilloso, pero fue complicado y no seguí casada el tiempo suficiente para aprender algo sobre el matrimonio en sí. ¿Si me casaría otra vez? ¿Por qué no? Pero ahora no es algo que estoy buscando”.
Hubo otros hitos que marcaron su vida. En los setenta ganó titulares al firmar el famoso Manifeste des 343 salopes (Manifiesto de las 343 putas), un documento de protesta por parte de las mujeres que aspiraban a un cambio en las estrictas leyes francesas contra el aborto. En los años ’80 se convirtió en modelo para las lesbianas gracias a sus candentes escenas con Susan Sarandon en El ansia. Y justo cuando se pensaba que iba a hacer de Hollywood su residencia permanente, se mudó de vuelta a París alegando que los papeles “no eran tan buenos para las mujeres” en el cine norteamericano.
Le pregunto cuánto tiempo puede seguir jugando a ser un glamoroso arquetipo. ¿No encontraría algún alivio, por ejemplo, en interpretar a una fea abuelita? “¿Fea? No”, dispara de vuelta antes de reírse. “¿Abuelita? Pronto”. Aunque añade que sí hay una presión por mantenerse hermosa, lo que la obliga a estar en forma (evita el azúcar y hace Pilates, pero se niega a tener un entrenador personal: “Soy muy francesa en ese aspecto”). “Y, de todos modos, a mi edad ya no es tanto tema ser linda. Sólo se trata de verse bien”, afirma esta mujer que firmó para ser rostro de L’Oréal con la petición expresa de que no usaran Photoshop en sus fotos.
¿Se arrepiente de algo? “Sí. Pero trato de no mirar hacia atrás, prefiero dejar un espacio para el hoy y el mañana. Ahora mismo estoy aquí contigo y mi mente está muy enfocada en eso. Y aunque me obligas a volver atrás y ver cosas, trato de no comprometerme demasiado con eso. De lo contrario me convertiría en esquizofrénica”. Da una pequeña sacudida a sus sentimientos y concluye con una particular declaración incontestablemente poética, sólo digna de su alteza Deneuve: “Ahora siempre estoy ahí, donde estoy. Y estoy aquí”.
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