El hombre más rico del mundo at home
Exclusivo Carlos Slim
Por Harriet Alexander The Sunday Telegraph/The Interview People Adaptación Rodrigo Barría Reyes.
El empresario mexicano que lidera el ranking mundial de fortunas, acaba de inaugurar el nuevo Museo Soumaya, donde 66 mil piezas recorren dos mil años de historia. Conversamos con este hijo de inmigrante libanés, amante del arte, del béisbol, de los puros; con el hombre que aún conserva su casa de infancia y construyó un formidable reino que muchos aztecas llaman Slimlandia.
Hay que ser valiente para enfrentar el tráfico en Ciudad de México. Carlos Slim Helú va al volante de su automóvil y le gusta el reto. Con un convoy de guardaespaldas siguiéndolo de cerca a bordo de oscuras camionetas 4×4, el Mercedes del empresario se mueve por los carriles de la urbe.
“¿Quieres que te asuste?”, me dice con un brillo en sus ojos, mientras acelera de improviso, se ríe de mi postura de alerta en el asiento y disputa un espacio por las congestionadas calles. No es un multimillonario común.
En la parte trasera del auto, su hijo Marco Antonio —Tony, de 42 años— se muere de la risa cuando le pregunto si su padre suele manejar de esa forma. “Siempre”, responde.
A PESAR DE SUS 74 MIL MILLONES DE DÓLARES (Forbes 2011), el hombre de 71 años vive en una residencia de seis dormitorios ubicada a un kilómetro y medio de su oficina. De hecho, Slim no tiene mayor interés en yates o casas palaciegas. De hecho, las únicas concesiones relacionadas con el lujo son su afición por los puros cubanos y su gran pasión por el arte. Por eso, en el vestíbulo de su cuartel general, ubicado en un edificio sencillo en el barrio de negocios de la ciudad, se aprecia una Pietà de Miguel Angel, mientras que las paredes están cubiertas de obras de Van Gogh, Renoir y El Greco.
Carlos Slim heredó el talento para los negocios de su padre, un inmigrante libanés, y ha hecho su fortuna a través de un vasto conglomerado de empresas, en particular las telecomunicaciones. El año pasado, según la revista Forbes, superó a Bill Gates, para así convertirse en el más rico del mundo. Por primera vez en 16 años el hombre con más dinero del planeta no era un estadounidense. Y este 2011, Forbes nuevamente confirmó el liderazgo. Su extenso imperio abarca la minería, el comercio minorista, la banca, la construcción, restoranes, las artes gráficas y los seguros.
El alcance de su dominio es tan grande que en el país del empresario dicen: el mexicano promedio compra el pan en la mañana en establecimientos de Slim, va al trabajo en un auto asegurado por Slim, llama a sus amigos en teléfonos de Slim, almuerza en un restorán de Slim y hasta el humo de los cigarros es de Slim. Por eso hablan de Slimlandia.
Carlos Slim regresa en auto a la casa en que ha vivido los últimos 38 años, apenas a tres kilómetros de donde nació. Pone música. Se escucha a Sarah Brightman cantando Don’t Cry For Me Argentina.
“¿Te gusta la música?”, me pregunta.
“Sí, pero ponga lo que le guste a usted, algo mexicano”, respondo.
Inmediatamente se desplaza por la pantalla del ordenador y escoge a Los Bukis, cantantes mexicanos de 1970. Su hijo hace un gesto con los ojos ante el gusto del padre.
Bajamos la velocidad a medida que nos acercamos a su casa de la infancia, allí donde Slim solía jugar béisbol. El empresario es un fanático, asiste con regularidad a ver los New York Yankees y tiene un conocimiento enciclopédico de las estadísticas del juego. “Me encanta el béisbol. El fútbol americano también. Pero no el rugby. Solía jugar mucho aquí en la esquina de la calle”, recuerda.
—¿Practica algún deporte hoy?
—Sí, highball y box spring… (dice con su particular humor para referirse a los cócteles y al descanso en su colchón).
NOS DETENEMOS EN EL HOGAR DE SU NIÑEZ, una casa de dos pisos, casi gótica en su exterior, detrás de una reja metálica, con muralla circundante y custodiada por hombres elegantemente vestidos.
La construcción no ha sido habitada por más de 20 años, pero ahí guarda parte importante de su vida. De hecho, cuando su hijo mayor, Carlos Slim Domit, se casó en octubre pasado, la familia se tomó las fotos del matrimonio en la residencia.
“La casa de mis padres era muy hermosa y llena de cosas que conservamos. Es parte de mí”, cuenta. Adentro, es un museo en muy buen estado de su juventud. Las paredes están llenas de fotografías familiares, imágenes con sus cinco hermanos y una gran pintura al óleo de Julián Slim, el padre del empresario.
“Ese retrato se hizo cuando tenía 32 años, pero creo que se ve mucho mayor. Pareciera que tuviera 52”. A los 12 años siguió los pasos de su padre y efectuó la primera compra de bonos del gobierno. El papá le enseñó contabilidad, a leer informes financieros y a mantener registros. Algo que el empresario se ha encargado de preservar toda su vida. De hecho, en su oficina no hay computador y prefiere conservar sus registros en meticulosos cuadernos de apuntes.
“Mis padres no eran artistas, pero siempre estuve rodeado de cosas hermosas. Y México tiene la experiencia de miles de años de arte y cultura, desde la época prehispánica a la colonial, con sus edificios, plazas e iglesias. Recuerdo que cuando era pequeño ellos me llevaron a visitar las pirámides aztecas y me sentí impresionado, admirado, con mucho orgullo por los mexicanos que las habían hecho”.
Se acerca a un armario grande. En su interior hay una colección de vasos de vino. “Eran propiedad de Porfirio Díaz, presidente de México desde 1876 hasta 1911 (con un intermedio de cuatro años)”. Después agrega: “En la escuela me agradaba la historia. También la cosmografía y el álgebra. Este país es rico en cultura e historia y siempre me ha gustado eso”.
Regresamos al auto y pasamos por la casa donde creció Soumaya Domit, su mujer, que murió en 1999. La conoció cuando él tenía 24. Sus madres —ambas libanesas— eran amigas.
Se casaron en 1966 y tuvieron seis hijos: Carlos, Marco Antonio, Patrick, Soumaya, Vanessa y Johanna. La mayoría de ellos trabaja en su imperio.
Fue Soumaya la que le enseñó a su marido sobre esculturas y pintura. “Ella era muy sensible con el arte. En nuestra luna de miel fuimos a muchas galerías. Recorrimos Inglaterra, Grecia, Nueva York, Nápoles, España y Francia. Fueron cuarenta días visitando distintos lugares, ciudades y zonas rurales”.
Cuando regresaron asistieron a una subasta para comprar los muebles de la nueva casa. Ahí fue donde Carlos Slim adquirió su primera pintura, una obra del siglo XVI que muestra una escena de leones y cristianos luchando contra los moros. Aunque es anónima y no es considerada una gran pieza, la colgó en la cocina para así verla todo el tiempo.
Eran las bases del Museo Soumaya que el empresario inauguró a comienzos de marzo en una ceremonia en la que participaron personalidades diversas como Larry King y Gabriel García Márquez.
“Cuando usted compra una colección, hay que exhibirla”, dice mientras ahora nos dirigimos al museo. “Cuando empecé a comprar arte, en México las salas no tenían muchas piezas europeas. Llegaban muestras, pero porcentajes menores. Así es que comencé a adquirirlas cuando sus precios eran distintos a los de hoy. Así, la gente que no puede viajar al extranjero tendrá un lugar donde verlas”.
El Soumaya alberga más de 66 mil obras, principalmente de México y Europa. Desde Cézanne a Renoir, de Van Gogh a Matisse, Da Vinci a Rivera, todo en una sorprendente colección que es el resultado de años de estudio apasionado.
También está ahí la colección más grande del mundo de monedas prehispánicas y coloniales, además de cartas y documentos históricos. Así, los visitantes podrán leer misivas de Cristóbal Colón o estudiar los escritos de Hernán Cortés y los Reyes Católicos de España. El director del museo, Alfonso Miranda, cuantifica el valor de las obras en unos 700 millones de dólares.
OBSESIVO CON LOS DETALLES, el empresario compró el piso de mármol en Grecia y se muestra orgulloso. “Es su hobby, su obsesión”, dice Eduardo Solar, supervisor del proyecto. “Todos los días venía aquí con nuevas ideas y comprobaba que cada cosa estuviese perfecta. Su atención al detalle es increíble”, agrega.
Aída Pavón, a cargo de la construcción, comenta: “Llegaba y sus ojos exploraban el edificio. Sabía que donde se detuviera habría que realizar alguna mejora”. Slim eligió la posición de El pensador, su obra favorita, en el interior del vestíbulo. Cerca está otra de sus preferidas: un enorme mural (Naturaleza muerta) de Rufino Tamayo. Se niega a hablar de las creaciones de mayor valor, pero el director del museo dice que probablemente sea la Madonna dei Fusi de Leonardo da Vinci. Admite que visitaba el museo por las noches para así poder ver la muestra sin complicaciones. “Están para ser disfrutadas”, reconoce.
Es de noche y lunes. Eso significa que, como cada semana, Slim comerá con su familia. Es tiempo de irnos.
“Tenemos que encontrar los medios para que todas las cosas deseables sean universalmente accesibles: cultura, entretenimiento, deporte, comunicación, salud, alimentación, vivienda. Las cosas fundamentales”.
Y termina: “Estuve en el castillo de Windsor no hace mucho tiempo. Se me había olvidado cuántos dibujos asombrosos hay ahí, especialmente de Da Vinci. Es una lástima que no estén en exhibición”.
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