Hugh Hefner y el año del conejo
Entrevista exclusiva. El playboy se casa a los 84
Por Camilla Long/The Sunday Times/The Interview People Adaptación Franco Fasola
A simple vista es un viejo al que le cuesta moverse, un poco sordo y loco, que anda en pijama todo el día y no sale de su mítica mansión. Pero el creador de Playboy. A los 84 quiere recuperar su imperio y casarse por tercera vez con una conejita de 24. Amor, sexo, matrimonio y Viagra al estilo Hef.
Me advirtieron que no estaba muy bien. Pero ¡mi Dios!, nadie me dijo que Hugh Hefner apenas podía levantarse. En una silla baja, en el crepúsculo amarillo de su estudio con paneles de roble, Hefner (84) está mirando fijamente el techo… “Aaaah”, se queja en voz alta.
La leyenda sostiene que su espalda se dañó durante una orgía en la década del ’80 y pareciera que, desde entonces, cada día que pasa se mueve menos. “No sabía que sería capaz de levantar una rodilla”, justifica al recordar que recientemente se animó a proponerle matrimonio a su novia de 24 años.
En la Navidad de 2010, Hefner dejó pasmados a los periodistas cuando anunció en twitter que había pedido ‘la mano’ a Crystal Harris, la que según dice será la última de las rubias que desfilará por su cama gigante.
Aquí está, la Norma Desmond del sexo, de cuello y piel tersa gracias a su casi nula exposición al sol y a grandes camionadas de aceite de guagua. Lleva pijama de seda y zapatillas de terciopelo. No puede escuchar y me ha dado instrucciones estrictas para que le haga las preguntas en su oído izquierdo… Y es evidente que además ve muy poco de lo que pasa en sus territorios.
En el estudio, la humedad golpea. Cientos de revistas Playboy disecadas por el paso del tiempo siguen intactas desde que Hef se trasladó hasta aquí en 1971. Detrás del sofá, hay un busto pintado de Barbi Benton, una playmate de aquella época. El sitio donde está su típico sillón ahora parece un lugar triste, silencioso, casi conmovedor. Aquel hombre nacido en Chicago, que fue a la Segunda Guerra Mundial, estudió sicología y luego desató las pasiones de la mitad del mundo con una revista donde mostraba mujeres desnudas, hoy es pequeño, flaco… “¿Agua?”, pregunta. 
Al lado, la sala de proyección huele a trago. A ese lugar él todavía desciende teatralmente cada mediodía. Más allá está el césped —5.5 hectáreas de verde en Beverly Hills— y la gruta, antes fuente de todas sus conquistas, ahora no más que una tibia placa de Petri en colores putrefactos. Luego, su prometida me asegura que el agua de aquella mítica pileta se cambia “¡todo el tiempo!” y que ella sólo ha asistido una vez a esta especie de jacuzzi de las pasiones.
Al parecer, Hugh todavía está reponiéndose de sus dos matrimonios anteriores, el primero con Mildred Williams, que terminó en 1959; y luego la conejita Kimberley Conrad. Esta última fue el “amor de mi vida”, reconoce, pero el matrimonio, un verdadero desastre. Estuvieron juntos diez años, en los que Hefner admite que incluso llegó a ser fiel, pero “no creo que yo haya conocido a la chica adecuada, ¿entiendes?”, suspira y agrega: “Pero no me arrepiento, tengo dos hijos maravillosos”.
En realidad tiene cuatro: Christie (58) y David (55) de su matrimonio con Mildred, más Cooper (19) y Marston (20), con Kimberley. Hasta hace poco su ex vivía al lado suyo, en una versión más pequeña de la mansión. Aunque él le prometió que viviría allí para siempre, tuvo que retractarse y vender la casa por problemas de “caja chica”. Claro que tras la separación en 1999, no tuvo ningún problema en transportar un camión cargado de rubias, pues según él era la única manera de adormecer “el dolor y la decepción tras del divorcio”. Después de todo, las novias del octogenario han resultado ser un truco publicitario brillante.
Cuando lo abordo sobre el tema sexual, lo primero que sugiere es “usted está buscando una invitación, ¿no?”. Y amenaza que antes de terminar mi reportaje “conseguirá estar empapado” en el jacuzzi. Y me confiesa que el mayor número de gente con la que ha dormido es “doce”.
—¿Por qué establecerse con Crystal entonces?
—Porque, ya sabes, se lo merece. Ella tiene que ser mi viuda.
—¿Así que esta es la última vez que se va a casar?
—¿Eh? (dice mientras se toquetea la oreja en señal de que no escucha).
—¿Es esta la última vez que se va a casar?
—Sí, definitivamente.
El asunto parece estar bastante calculado. De hecho, algunos aspectos de la vida de Hefner no son nada de románticos. El acuerdo que tiene con sus novias no puede ser mucho más que un simple trato financiero: a cambio de asistir a las fiestas y algunos favores sexuales, consiguen un lugar para quedarse, cirugía plástica libre y mil dólares semanales para comprar ropa.
El es muy aficionado a las normas y reglamentos. Por ejemplo, cuando Izabella St. James —una de sus ex— vivía en la mansión hace siete años, recuerda que las conejitas tenían que estar en casa a las nueve de la noche y el personal tomaba nota de cada movimiento.
También tiene delineado su matrimonio en junio próximo: la ceremonia y la luna de miel serán dentro de la mansión. Hef odia viajar, odia la “aventura”, odia salir de la casa. Incluso en el apogeo de su influencia, fue comentada su obsesión por las luces bajas, pero no hablamos de un gusto por ambientes cálidos, sino que estuvo en penumbras por dos años.
La mayoría de estas peculiaridades, probablemente tienen que ver con su infancia como el primogénito de una familia de metodistas estrictos. Algunas de sus costumbres: sólo tomar Pepsi y comer pollo según la receta que hacía su madre.
Respecto al uso de Viagra, dice: “Las niñas hacen la mayor parte del trabajo y yo luego me dedico a poner mi cabeza en su hombro”.
En realidad, lo que suele ocurrir es que “Hef va a comer y se toma un Viagra cerca de la medianoche. A continuación vuelve corriendo a la mansión para hacer lo suyo hasta que los efectos desaparecen. Tiene relaciones sexuales, ve porno y las mujeres lo hacen entre ellas”, revela su ex Izabella St. James.
Durante años la mansión Playboy ha sido poco más que una versión triple X de Disney, donde él congrega playmates, generalmente rubias granjeras, y cobra la entrada. Los clientes de sus legendarias fiestas de fin de año pagan cinco mil dólares para asistir. La casa ni siquiera es suya, la arrienda a los accionistas por más de un millón de dólares al año. La razón de por qué el lugar está hoy tan deteriorado es porque los perros deambulan libremente y “las renovaciones tienen que ser aprobadas”.
Pero parece que el asunto ha dado un vuelco. El mes pasado, Hef se recuperó inesperadamente, con la recompra de las acciones clase A que ya había perdido, después de cuatro décadas de disminución de su dominio, al que ahora tiene la intención de inyectar más de 207 millones de dólares.
Ante tal cuadro, algunos especialistas de Wall Street analizaron el escenario de Playboy Enterprises y lanzaron duras declaraciones: “Creemos que cuando muera el señor Hefner podría generarse una subida importante del precio de las acciones”, dijo al diario El País David Miller, analista de la firma de inversiones Caris & Company. Sin embargo, Hef sorprendió a todo el mundo al anunciar que la marca, que él mismo puso en la bolsa en 1971, volvería a ser una sociedad privada. Sin Hugh, el negocio sólo quedaría en quimera. Los clubes y complejos hoteleros con los que contaba se cerraron hace años. La revista, que es el corazón del imperio, bajó su circulación de siete millones de ejemplares en los ardientes años 70 a 1.5 millón en la actualidad.
La editorial que escribió para su primer número ya parece chiste viejo ante las escenas explícitas que circulan en internet: Tomarse un cóctel y unos entremeses, poner un poco de música ambiente en el tocadiscos e invitar a una mujer a charlar tranquilamente sobre Picasso, Nietzsche, jazz y sexo…”. Aunque el hombre de la bata está obstinado e insiste en que “el conejo está de vuelta, a lo grande”.
Se esfuerza en convencerme de que su relación con Crystal se basa en la “magia”, o por lo menos en algún tipo de conexión espiritual. Bajando la voz casi a un zumbido meloso, habla con ternura sobre cómo se conocieron en la fiesta Halloween de Playboy en 2008 y recuerda la Nochebuena en que le propuso matrimonio con un enorme diamante de 3.5 quilates escondido en una caja de música con la forma del personaje de Disney Ariel (La Sirenita), la película favorita de Crystal. Dice susurrando: “Creo que ella me ama”. Pero el inventor de las conejitas también tiene sus reservas sobre lo que él llama “la continuidad romántica”. Algo así como reza Woody Allen: “El matrimonio es la muerte de la esperanza”. n
Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl


