Terror a la infidelidad
Chelsea Clinton y su acuerdo prenupcial
La única hija de los Clinton hizo firmar a su novio un contrato comprometiéndolo a pagar 12 millones de dólares, y a dejarle el departamento de 4 millones donde vivirán en NY, si tiene un affaire. Demostró así los profundos traumas causados por los amoríos de su padre.

El matrimonio de Chelsea (30) terminó de convencer a los estadounidenses de que los Clinton son los nuevos Kennedy. O casi. Porque no tendrán el mismo linaje, pero sí la fama y el poder que ostentó la dinastía de John, Bobby y Ted.
El sábado 31 de julio, la única hija del ex presidente Bill Clinton y la Secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton se casó con el banquero judío-norteamericano Marc Mezvinsky (34), en el mayor hito social del último tiempo en Estados Unidos. Ella, reservada pese a la exposición de su familia cada vez más popular, y él, un acaudalado ejecutivo de poderosos bancos de inversiones, se criaron al alero de unos padres controvertidos que les hacían sombra a diestra y siniestra. Así aprendieron a resguardarse ante todo, y el matrimonio no fue la excepción.
Chelsea impuso curiosas cláusulas en su acuerdo prenupcial. Marcada por la traumática experiencia del amorío de Bill Clinton —mientras era presidente— con la practicante de la Casa Blanca Monica Lewinsky, decidió cubrirse las espaldas obligando a su novio a estampar la firma en un documento que es un verdadero cinturón de castidad. Porque si Marc resulta tan ‘galán’ como su suegro y decide ser infiel, deberá pagar doce millones de dólares a su mujer (unos 7 mil millones de pesos) y cederle el departamento de 4 millones de dólares (cerca de 2.400 millones de pesos) donde la pareja vivirá en Manhattan.
La marcada desconfianza de ella no tiene nada que ver con el comportamiento de Marc. Viene de los numerosos affaires que se le conocen a su padre: habría mantenido un romance extramarital (de 12 años) con la cantante Gennifer Flowers, quien aseguró haber abortado un hijo del político. También está la demanda por acoso sexual de Paula Jones, ex funcionaria estatal de Arkansas cuando él era gobernador. Clinton llegó a un acuerdo tras pagarle 850 mil dólares (430 millones de pesos). El último desliz habría ocurrido durante la campaña de Hillary en las primarias con Obama, con una misteriosa colaboradora.
Según una fuente cercana a la familia, Chelsea cayó en una profunda depresión cuando, a raíz del caso Lewinsky, salió a la luz la lista de traiciones. “Nunca olvidó el dolor y la decepción, aunque su papá es una de las personas que más admira en el mundo”. Como única heredera de sus padres, es también quien más posibilidades tiene de una carrera política exitosa. “Con una historia como la suya, Chelsea podría haber terminado en Phoenix House (institución de rehabilitación) —escribió la famosa periodista Tina Brown en The Daily Beast—, o publicando un libro en el que contara todas las cosas de su papito querido. En cambio, los Clinton demostraron que su drama operático nunca opacó el amor por su hija”. Brown agrega: “que hoy la familia sea considerada un emblema, es una de las grandes ironías del ciclo de escándalos estadounidenses”.
CHELSEA Y MARC SE CONOCEN DESDE NIÑOS. Los padres de él, Ed Mezvinsky y Marjorie Margolies, fueron parlamentarios por Iowa y Pensilvania. A su hijo le tocó compartir en campañas demócratas con Chelsea desde la adolescencia, convenciones partidarias e incluso el mismo colegio en Washington DC. Cuando la heredera de los Clinton tuvo edad para ir a la universidad, él le mostró las bondades de Stanford y la convenció para que se trasladara a California, pero en esa época eran sólo amigos; el romance empezó hace cinco años, cuando coincidieron en Nueva York por trabajo. Actualmente, Chelsea está terminando un máster en Salud Pública en Columbia, ¿primer paso en su trampolín político?
El posee una brillante carrera y sus trabajos en el banco de inversiones Goldman Sachs y el grupo Avenue Capital le han significado una nada despreciable cuenta corriente, con la que hace un par de años adquirió el departamento que ahora compartirá con Chelsea. Hasta hoy, su comportamiento es intachable, pero eso no lo hace menos sospechoso.
El único impedimento para ser el yerno ideal es el oscuro pasado de su padre: Ed Mezvinsky pasó siete años en la cárcel acusado de 31 casos de fraude, que en total sumaban 10 millones de dólares (4 mil millones de pesos). Obtuvo la libertad condicional el 2008. Como los Clinton siguen siendo la pareja más popular de la política de EE.UU. y aún tienen un futuro, deben cuidarse de aparecer involucrados con su consuegro.
Clesea se licenció en Historia y se especializó en Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford en Londres. En Europa se despeinó; aprendió a vestirse y a maquillarse. Lejos de la mirada de la prensa de su país, se relajó, convirtiéndose en habitué de fiestas y desfiles de moda donde aparecía acompañada de Madonna o Gwyneth Paltrow.
Su relación con Marc, sin embargo, la alejó de las luces. El Día de Acción de Gracias de 2009, anunciaron: “¡Estamos comprometidos!”. Entonces el novio invitó a sus familiares y amigos a comer a un exclusivo bistró de Nueva York, donde Chelsea aprovechó de mostrar su anillo de esmeraldas y diamantes, por el cual Mezvinsky habría pagado un millón de dólares (unos 580 millones de pesos).
Durante la campaña presidencial de Hillary, Chelsea fue su más estrecha colaboradora; visitó más de 120 universidades en 37 estados para hablar de su madre. Un capital político importante en estos días, cuando las últimas encuestas de popularidad ubican a la ex candidata 20 puntos por encima de Obama.
Muchos creen que el futuro de los Clinton en la política no pasa por Bill o Hillary, sino por Chelsea, quien siempre se ha preocupado de aclarar que la Casa Blanca no está entre sus planes.
Fiel a su estilo, para el matrimonio mantuvo el celo con su vida privada. Los invitados fueron informados una semana antes sobre los detalles de la ceremonia y la recepción y todos quienes colaboraron firmaron un contrato de confidencialidad. Los novios invirtieron casi 200 mil dólares en seguridad, las calles cercanas al lugar de la fiesta fueron cerradas, el espacio aéreo restringido y había guardias por todas partes.
El lugar elegido para la ceremonia fue Astor Court, una mansión a orillas del río Hudson —en el pequeño pueblo de Rhinebeck, a 160 kilómetros de Nueva York—, propiedad de Kathleen Hammer y Arthur Seelbinder, antiguos amigos y financistas de los Clinton. Reconocidos wedding planners dicen que la recepción no pudo costar menos de cuatro millones de dólares.
Bill Clinton, mucho más delgado, llevó a la novia al altar. La propia Chelsea lo conminó a bajar siete kilos para la ocasión. Tanto él como el novio usaron elegantes esmoquin oscuros y Hillary un espectacular traje fuccia de Oscar de la Renta. La novia, en tanto, deslumbró con un clásico diseño straples de Vera Wang, adornado con cristales en la cintura.
Una de las dudas sobre de la ceremonia religiosa era si ella —de formación cristiana metodista— se convertiría a la religión judía de su marido. Sin embargo, la pareja mezcló ambas creencias. Chelsea no dio su brazo a torcer en nada. Simplemente demostró la pasta de la que está hecha.
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