Personajes

‘¿Mi vicio? La flojera’

Entrevista exclusiva con Woody Allen

Por: Interview People

Adaptación Rodrigo Barría.

Sólo Carla Bruni logró derrotar su pereza obligándolo a repetir una toma más de treinta veces… “No soy el gran artista que alguna vez soñé ser”, aclara el director. Este es el imperfecto mundo de Woody Allen.

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A los 74 años, Woody Allen se define como un tipo de hábitos establecidos, pero no es otra cosa que un obsesivo. Durante tres décadas ha ejercitado en una trotadora todas las mañanas antes de bañarse. Pero si, por ejemplo, está en un hotel y el desagüe se ubica en la esquina y no en el centro de la ducha, no la usa.

Las cosas también están claras al momento de tomar desayuno: pese a que tiene un staff que incluye cocineros y choferes, él mismo lo prepara. Y el menú es idéntico desde que era un niño viviendo en un atestado departamento de Brooklyn: un tazón de Cheerios con pasas y un plátano encima. Pero el plátano no va así no más: siempre debe estar cortado en… siete pedazos. “Soy muy supersticioso. Y en muchas cosas”.

Otras costumbres tampoco cambian, como el interpretar cada día, y durante 40 minutos, su querido clarinete, afición que partió cuando tenía 15, y que se intensificó hace treinta años, cuando comenzó a tocar todos los lunes con un grupo de jazz. Pero por sobre eso, trabaja casi constantemente en su oficio de hacer películas: desde 1969 ha producido un filme cada doce meses. Y no es por una razón creativa, sino simplemente porque lo ayuda a alejar su mente de los temas verdaderamente complejos: “Cuando tienes tu atención en un traje, una peluca o una toma, uno termina por no preocuparse de la muerte o la brevedad de la vida”.

allen-300La producción de las cintas de Allen ahora comienza y termina en el llamado Manhattan Filme Centre, un gastado piso de pequeñas oficinas sin ventanas en el primer nivel de un imponente edificio en el Upper East Side de NY. Cuando lo visité, una tarde de junio, había un ayudante joven y esbelto atento a un computador peligrosamente equilibrado sobre una ruma de libros y documentos. Woody Allen aparece y nos dirige hacia la sala de cine, una pieza de techo bajo con muros forrados en chintz y cortinas de terciopelo. De hablar suave e inseguro, a menudo simpático pero raramente gracioso, conversa con la misma titubeante cadencia de sus personajes cómicos. Además, está un poco sordo.

Pese a eso, su trabajo sigue frenético. El día de nuestro encuentro está preparándose para viajar a París (donde recientemente partió las grabaciones de su último filme); acaba de volver de Cannes (allí mostró You will meet a tall dark stranger). Pero la película de la que quiere hablar es la que hizo antes de ésa, Whatever works, que está estrenándose ahora en Inglaterra. La protagoniza Larry David interpretando a un suicida fallido cuya amargura es desafiada por un posible romance con una mujer cincuenta años menor. Pero pese a la aparente similitud con la vida personal de Allen —está casado desde 1997 con Soon-Yi Previn, hija adoptiva de su eterna pareja Mia Farrow y 34 años menor que él—, insiste en que el dato no tiene nada de autobiográfico. De hecho, escribió el guión en los ’70, pero el actor que tenía en mente (Zero Mostel) murió en 1977 y tuvo que guardar la idea en un cajón hasta que alguien le sugirió a David. “El guión es el mismo que escribí muchos, muchos años antes de casarme con mi mujer”, asegura.

Según él, la idea de que sus obras son autobiográficas es el error más común que comete la gente acerca suyo. El segundo es que es un intelectual: “Cosa que no soy en absoluto. Para nada. Nunca leí un libro cuando joven. Hasta hoy, prefiero lejos ver un partido de béisbol o básquetbol que leer. La verdad es que no tengo pensamientos profundos acerca de nada”. Dice que cualquier similitud entre su persona y la de un tipo intelectual no es más que algo cosmético. Y tiene claro al responsable de ello: “Son estos anteojos…”.

“Nunca he querido hacer una película sobre los derechos de los homosexuales, el aborto o las libertades civiles de los negros. Simplemente no me interesa. Las cuestiones que me apasionan son cosas como ¿por qué estamos acá y por qué eso resulta tan terrible?”. Le sugiero que no son temas poco profundos. Responde rápidamente: “Pero no tengo nada que agregar sobre ellos, sólo los planteo para quejarme”.

Aunque los más fanáticos lo siguen ciegamente, algunos creen que Woody Allen ha pasado varios años sin hacer un filme entrañable, imperdible. Pareciera que sus ideas y la taquilla comenzaron a separarse con la llegada del nuevo siglo. Y aunque Vicky Cristina Barcelona y Macht Point —que él mismo considera la mejor película de su carrera—, lograron buenos resultados, el director ya no crea el mismo revuelo de antes.

¿ES QUE AL PÚBLICO YA NO LE INTERESA TANTO SU TRABAJO? La explicación puede estar en que su propia vida ya no es la de antaño. Su mundo personal ha ido encogiéndose y hoy ese territorio se limita sólo a las fronteras de Nueva York. Incluso menos: a los límites de su barrio en el Upper East Side. El lo reconoce: “Camino por acá, como cerca y toco jazz en el Hotel Carlyle, a pocas cuadras de mi casa. ¿Que si vivo en una burbuja? Bueno, es una crítica justa”, admite.

—¿Cuál fue la última película que vio en el cine y le gustó?
—Hmm… Caramba, no sé. En realidad no he visto nada de lo cual me haya enamorado, salvo algunas buenas imágenes.

Allen piensa un buen rato, pero no logra dar con una cinta que lo haya conmovido. Después me haría llegar a través de su asistente el nombre de algunas: un thriller francés llamado Un prophète y El fantasma, de su amigo recién liberado Roman Polanski.

Rara vez toma alcohol y apenas se permite un vaso de vino en alguna comida. Tampoco ha probado ninguna píldora para mejorar el ánimo. “Nunca he ingerido un Valium ni algo para dormir. Tampoco Prozac. Nada de esas tonterías”. Le gusta la carne, pero apenas la come un par de veces al año.

¿Vicios? Allen no demora en reconocer el suyo: “La flojera”. Sobre todo comparado con otros cineastas: “Por ejemplo, Steven Spielberg puede vivir en el desierto un año o estar meses en un bendito pueblo olvidado filmando su película. Y hace infinidad de tomas, de todos los ángulos. Yo no lo puedo hacer. Simplemente no tengo paciencia”. Para él, los lugares ideales de filmación son Londres, París y NY. “Ciudades donde es fácil vivir”, explica. Nada de jornadas maratónicas. Ojalá terminar a las seis de la tarde. “Si alguien quiere repetir una toma, a menudo lo objeto. Pienso que hay un buen partido de básquetbol o que están jugando los Yankees. La perfección artística no es mi prioridad”. Relajo que, según vimos hace pocos días, tiene sus excepciones. En medio de la filmación de Medianoche en París, la simple aparición de Carla Bruni, primera dama de Francia, tuvo que repetirla ¡más de treinta veces! Pero él parece no frustrarse: sabe que lo que planea es muy distinto de lo que filma. “Cuando escribo en la cama suelo decir: esto está muy bien, esta escena quedará estupenda, espera que el público la vea”. Pero al encender las cámaras vuelve a descubrir lo complicado que es hacer cine. “Se cometen errores y hay que asumirlo (…) En la sala de edición todas tus grandiosas ambiciones se reducen a ¿cómo puedo salvar esto de ser una completa vergüenza?”. Alguna vez, cuenta, se sintió tan deprimido con el resultado de su trabajo que le dijo al estudio que les haría otra película gratuita para compensarlos.

JAMÁS VUELVE A VER SUS CINTAS. Si quiere una opinión, las muestra a sus amigos. “Llamo, por ejemplo, a Diane Keaton y otras amistades. Cuando ellos ven mi trabajo me quedo tranquilo. Sentarme, oír sus risas y hacerlos gozar, ésa es la parte divertida para mí. Después, no me importa nada más”.

El director cumplirá 75 años en diciembre. El mismo que alguna vez soñó con convertirse en un gran creador de filmes, como Kurosawa o Fellini, asegura haber abandonado esa idea. “No soy el gran artista con el que soñé cuando era joven”, sentencia como si con eso uno se olvidara de que es Woody Allen. Insiste: “Todavía me engaño a mí mismo pensando tal vez tenga suerte y alguna producción salga así de bien… pero después de 40 o 41 cintas empiezas a darte cuenta de que ese talento simplemente no está”. ¿Por cuánto tiempo más lo intentará? Dice que hasta que tenga financiamiento o hasta que la salud se lo permita.

Aquí algunas tomas de la reciente filmación en París con Carla Bruni.

Trailer de Whatever works

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