Personajes

‘¡Pobre que se atrevan a sacar el mausoleo de Dodi y Diana!’

Esclusivo: Mohamed Al Fayed, a días de haber vendido Harrods

Por: Interview People

Adaptación: Miryam Audifred

A trece años de la muerte de la princesa y su novio en París, nadie logra convencer al empresario egipcio de que el accidente no fue provocado. Personaje controvertido y enemigo de la corona, acaba de deshacerse de su imperio Harrods. A punto de cumplirse un nuevo aniversario de la desaparición de Lady Di, el que pudo ser su suegro rompe el silencio.

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Han pasado casi trece años desde que Mohamed Al Fayed inició su lucha por descubrir las verdaderas causas del accidente que le costó la vida a su hijo Dodi y a Diana de Gales. En su obsesión por castigar a los culpables, no escatimó tiempo ni recursos. Con un ejército de abogados hizo historia el 2007, cuando se sentó en el estrado de la Suprema Corte de Justicia de Gran Bretaña para acusar a la familia real —la reina, el príncipe Felipe y su hijo, Carlos— de haber ocasionado la muerte de Lady Di. Su tesis de un complot orquestado por el marido de Isabel II no sólo llegó a la máxima autoridad judicial de su país, sino que también alimentó investigaciones en Francia.

Según Al Fayed, Diana y Dodi iban a casarse, y la corona no estaba dispuesta a admitir que su futuro rey, William, tuviera un padrastro musulmán. La corte reconoció la existencia de un anillo y hasta mostró el video de Dodi visitando una joyería pocas horas antes del accidente, además de la factura por casi 12 mil libras (9.5 millones de pesos). Varios testigos declararon: la madrastra de Diana opinó que ella estaba tan enamorada de Dodi que podrían haberse casado. Otros la contradijeron: Lady Annabel Goldsmith, íntima amiga de la princesa, citó una conversación con Diana donde le habría dicho que necesitaba casarse con Dodi “tanto como una alergia en la cara”.

Mohamed también afirmó en el tribunal que Lady Di estaba embarazada al momento de su muerte y que, para ocultarlo, los franceses se apuraron en embalsamar su cuerpo. Pero eso no sólo fue descartado por el doctor que trató de salvar su vida en el hospital y el que revisó su cadáver. La misma mucama que la atendió en el yate de los Al Fayed en Saint Tropez, Deborah Gribble, declaró que la princesa usaba píldoras anticonceptivas.

De nada le sirvió su fortuna de casi mil millones de dólares. En abril de 2008, el dueño de Harrods tuvo que oír, cabizbajo, al juez Scott Baker desestimar cada una de sus teorías. Después de escuchar a cientos de testigos, el jurado —formado por doce británicos que hasta viajaron a París para cumplir su misión— determinó que no había pruebas para sostener el complot que, según Al Fayed, había nacido en Buckingham e involucraba a los cuerpos de espionaje del MI6 y hasta a Tony Blair. Aunque ningún miembro de la familia real fue citado a declarar (Carlos y William, el mayor de los hijos de Diana, sí habían participado en las investigaciones anteriores de la policía británica), la conclusión fue que Di “no fue asesinada” y que el accidente habría sido provocado por la negligencia de Henri Paul, el chofer, y la persecución de los paparazzi. Pese a eso, hasta este día Mohamed asegura: “Fue un crimen”.

El proceso francés aún no termina: el 2002 Al Fayed interpuso una demanda alegando que las primeras investigaciones fueron inexactas y poco serias. En octubre del año pasado, un tribunal ordenó al Estado galo indemnizar al empresario por el escaso avance en esa causa. Mohamed agradeció que una corte francesa haya reconocido “que se me ha negado la justicia”. Pese a esa pequeña victoria, Al Fayed ya no es el que acusó a Carlos de asesino y llamó a Camilla “su novia cocodrilo”. Tampoco el que tildó de “nazi” y “racista” al marido de la reina. El hombre que nos recibe, sigue dando guiños de ser una persona explosiva, pero en esta etapa de su vida parece, sobre todo, un empresario rumbo al retiro.

De hecho, la venta de la tienda por departamentos más famosa de Europa fue noticia hace pocas semanas en el mundo entero. Después de una transacción de 2.2 billones de dólares (más de un millón de millones de pesos), el imperio de Knightsbridge ya es propiedad de la familia real de Qatar.

—Acaba de anunciar que se desprenderá de su negocio más querido. ¿Le entristece hacerlo?
—Por supuesto. Puedes preguntarle a cualquiera. La gente no quiere que me vaya, pero ya no puedo continuar así. Tengo 77 años, hijos y nietos. Siento que ya hice lo que tenía que hacer y que ha llegado el tiempo de descansar y disfrutar.
Pero esa tranquilidad le llegará a cuentagotas. Y es que, según el contrato de compraventa, será el presidente honorario de la tienda por los próximos seis meses.

al-fayed200El cambio de dueño de harrods tomó a los ingleses por sorpresa. Pocos meses atrás el propio Al Fayed había declarado que no estaba a la venta. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión? Nada menos que un prosaico asunto administrativo ligado al fondo de pensiones de los trabajadores de los almacenes, que el empresario cofinanciaba con los dividendos de la empresa, hasta que fue intervenido por un fideicomiso gubernamental. Esto, según él, se convirtió en un obstáculo para la administración de su propio negocio.

“Nos cayó como sorpresa que el gobierno pusiera un fideicomiso. Yo estoy aquí todos los días y ahora resulta que no puedo ni siquiera hacer uso de mis ganancias sin contar con un permiso de esa bola de idiotas. ¿Cómo pasó esto? ¡He sido dueño de este lugar 26 años! (…) Por tres meses estuve tratando de obtener un dividendo y ellos decían que mañana, que la semana próxima. ¡Por Dios santo! Entonces me di por vencido. Me dije: tienes propuestas, escoge la mejor, acepta y ciérrala”.

Parte de sus preocupaciones, en esta etapa, es su legado y lo que él llama sus “monumentos”. Se refiere a la sala egipcia, las escaleras avaluadas en 75 millones de libras y su propia estatua en el área de ropa masculina. Además de, por supuesto, los dos memoriales de Diana y Dodi al interior de la tienda. El primero es una especie de altar formado por dos fotografías de ellos, la última copa de vino usada por la princesa en el Ritz de París (con la marca de rouge intacta) y el anillo de compromiso que Dodi no alcanzó a entregarle. El segundo y más famoso son las estatuas de bronce de la pareja bailando, cobijados por las alas de un albatros en pleno vuelo, pieza que Mohamed tituló ‘Víctimas inocentes’.

—¿Los compradores le dieron alguna garantía de que esos espacios permanecerán intactos?
—Definitivamente. Tendrían que pagar nuevamente, ¡y el doble! si le hacen algo al mausoleo de Dodi y Diana. ¡Si se atreven a hacer algo!

Pero Al Fayed va más allá. Alguna vez declaró que su sueño era ser enterrado en una pirámide en el techo de su tienda.

—¿Aún quiere terminar ahí sus días?

—Todavía me siento un hombre joven.

—¿Cree que sería posible, con los nuevos dueños?
—Es algo… posible, sí. Nada es difícil.

A pesar de sus apariciones en la prensa y su fama en los negocios, todavía son muchos los misterios que rodean la figura de este empresario egipcio. Pocos saben, por ejemplo, que lleva dos matrimonios y que con su segunda mujer —la ex modelo finlandesa Heini Wathén— tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Su fortuna no fue producto de ninguna herencia. Nacido cerca de Alejandría, fue hijo de un maestro de escuela, vendió botellas de Coca Cola en las calles, desempeñó un sinfín de pequeños empleos y montó su propio negocio de transporte naviero con sus hermanos. En 1966, cuando ya tenían sedes en Génova e Inglaterra, conoció al sultán de Brunei, uno de los hombres más ricos del mundo, y se volvió su consejero. Hoy, hasta su edad es un misterio: aunque él dice tener 77, su biógrafo Tom Bowe confiesa que en realidad bordea los 81 años.

Su vehemencia e impulsividad le han valido fuertes críticas incluso a propósito de la muerte de su hijo. Las más duras aseguraban que inventó la teoría conspirativa para ocultar la verdadera causa: un accidente provocado por la negligencia de sus empleados personales (el chofer del auto, por ejemplo) y los del Ritz. Con eso habría evitado juicios que podrían haberle costado su fortuna.
Pero él sigue hablando sin pelos en la lengua. Sobre el proceso político de Gran Bretaña, por ejemplo, nos dice:

“¿Tú crees que tenemos gobierno? ¿Consideras que los políticos que dirigen el país tienen algo de inteligencia? Van como burros. Es realmente una vergüenza. ¿Puedes decirme qué experiencia de vida tienen para ser primer ministro? Vamos de un cabeza hueca a otro: Major, Margaret Thatcher, Tony Blair… no los usaría ni de choapino”.

—¿Ha pensado en escribir sus memorias?
—No. Vivo el día a día y nunca escribo nada. Me olvido incluso de lo que sucedió ayer.

—¿Y su epitafio? ¿Qué le gustaría que dijera?
—(Al Fayed entiende mal esta última pregunta y, pensando que nos referimos a qué le gustaría que digamos de él en este artículo, contesta): Aprecio cuando la gente escribe cosas agradables sobre mí. Si escriben algo desagradable, no me enojo (aunque muestra sus dos dedos medios). Molestarse no es bueno para el corazón, para el cerebro ni para esto… (apunta hacia su entrepierna).

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