Eric Clapton purga sus pecados
Confiesa adicciones, traición y culpas
La autobiografía del cantante es un inventario de laceraciones, miserias y redenciones que marcaron su conversión en mito. Adicción, abandono, traición, ego, dolor, culpas… Por primera vez los detalles de la alocada vida de esta leyenda viviente del rock.

Eric Clapton (65), en su libro Mano lenta —que acaba de llegar a Chile—, salda cuentas con sus seis décadas de historia y con aquellos que tuvieron la suerte o desgracia de formar parte de ella. Como su gran amigo George Harrison, con quien mantuvo una hermandad a medio camino entre la envidia y la devoción. O la mujer que le quitó al ex Beatle, Pattie Boyd, para luego sumergirla en una vida de alcohol y violencia. O su hijo Connor, a quien le tuvo que pedir perdón en la morgue por no haberle respondido jamás como padre. O él mismo, por sus años desperdiciados en el limbo de la heroína y el alcohol.
Editado por Global Rhythm Press para el mercado hispanoamericano y distribuido en Chile por Editorial Océano, este recuento personal de Clapton fue por años uno de los más esperados por los amantes del rock, que se preguntaban ¿por qué tan drástica dicotomía entre miseria y genialidad?
“Como toda autobiografía, puede ser susceptible de múltiples y muy diversas relecturas —comenta a CARAS desde España el editor general de Global Rhythm Press, Julián Viñuales—. Tiene aspectos muy concretos de su descenso a los infiernos y luego detalles de cómo superó una existencia plagada por la autodestrucción y el hedonismo para dar paso a una vida mucho más placentera, serena y creativa”.
Nació como hijo natural en un pequeño pueblo de Inglaterra (Ripley, Surrey), el 30 de marzo de 1945. “Siendo un niño empecé a tener la sensación de que no era como los demás. Vivía con mis padres en una casa de beneficencia, donde el retrete estaba afuera y no había bañera ni electricidad. Todo estaba lleno de secretos. Hasta que un día comprendí que esos secretos eran sobre mí y que cuando mi tío Adrian me llamaba en broma pequeño bastardo, decía la verdad”.
Eric se enteró que su madre era en realidad su abuela y que su verdadera mamá se había fugado. Una revelación que amargó su vida mucho más que la pobreza.
El descubrimiento de la música, sin embargo, aplacó en algo la ira de Clapton. Su tío Adrian, a quien consideraba un hermano, fue el responsable de ese incipiente interés: “La música se convirtió en mi alivio y aprendí a escucharla con los cinco sentidos. Así podía borrar todos los sentimientos de miedo y confusión relacionados con mi familia. Yo era hosco, no aceptaba el cariño de los demás porque sentía que me habían rechazado”. Sus abuelos, para contentar a ese niño cada vez más rebelde y solitario, accedieron a comprarle la primera guitarra.
Durante su paso por la Kingston School of Art, tocando paralelamente en bares de mala muerte para adquirir práctica, tuvo el primer encuentro con uno de sus más inseparables compañeros de ruta: el alcohol. Al comienzo fue para encajar entre sus bohemios compañeros. Luego, porque simplemente lo hacía sentir bien. “Una vez fuimos a acampar, perdí la conciencia de tanto beber y desperté solo en medio de la nada. Y lo más delirante de esa experiencia era que me moría de ganas de repetirla”.
Mientras se alcoholizaba cada vez más, fue expulsado de la escuela, se mudó a Londres y formó dos de las bandas más influyentes del rock de los ’60: Yardbirds y Cream. Pese a la constante parranda y la inevitable exploración en las drogas, su desempeño en la guitarra fue mejorando hasta llegar a tocar con Muddy Waters, John Lennon, Yoko Ono (ya casi al final de los Beatles) y, finalmente, con George Harrison, uno de los personajes más trascendentes de su historia. “Pasamos mucho tiempo juntos, éramos vecinos. Fue en mi casa donde George escribió una de sus canciones más hermosas, Here comes the sun. Pero algo bastante inesperado ocurrió: me enamoré de su mujer (Pattie Boyd)”. Al mismo tiempo, la colaboración entre ambos genios de las cuerdas seguía rindiendo frutos, como While my Guitar Gently Weeps, en cuya creación y registro él participó activamente, aunque de forma anónima.
“Lo que me movía era una mezcla de lujuria y envidia. Pero era la mujer más bonita que yo había visto en mi vida”. La relación de Clapton con la modelo Pattie Boyd fue una de las más tormentosas del rock. Los años de amor no correspondido, mientras al mismo tiempo cultivaba una profunda amistad con Harrison, fueron su justificación para sumergirse en nuevas adicciones, además de inspirarle, claro, para escribir un clásico: Layla, además de todas las canciones para el primer disco de Derek and The Dominos.
Ya convertido en un respetado guitarrista de la escena internacional, sus años de esfuerzo por convencer a Boyd de que dejara al ex Beatle dieron sus frutos a comienzos de los ’70.
LE ROBÓ LA MUJER A GEORGE HARRISON y CAYÓ EN LA HEROÍNA. “Mi historia con Pattie nunca fue el idilio maravilloso que se ha descrito. No se basó tanto en vínculos sólidos como en correrías alcohólicas por lo desconocido”. El eterno estado de intoxicación de Clapton, su reconocido bloqueo emocional, los remordimientos de ambos por la traición a Harrison y la imposibilidad de Boyd de tener hijos, complotaron desde el primer momento para un fracaso anunciado. Aunque trataron de salvarlo contrayendo matrimonio en 1979, la violencia sicológica entre ambos, las constantes infidelidades del guitarrista, la indiferencia hacia su mujer y una primera hija fuera del matrimonio, dieron pie a una serie de separaciones y reencuentros a los que sólo puso punto final el divorcio a mediados de los ’80.
“Por mucho que creyera amar a Pattie, lo imprescindible para mí era el alcohol y la droga. En los momentos más bajos de mi vida, la razón por la que no me suicidé fue pensar que si estaba muerto no podría tomar más. Era lo único por lo que valía la pena existir. Y el único modo de salir fue arrastrarme a la clínica”.
Un arduo proceso de rehabilitación, obligado por su manager, fue el punto de inflexión entre la vida y la muerte para Eric Clapton. Allí retomó la sanidad mental y física perdida por casi dos décadas. Fue entonces cuando conoció a la modelo italiana Lori del Santo, que se convertiría en madre de su hijo Connor. “Durante esos años de sobriedad pasé mis mejores momentos. Pero no tenía idea de cómo empezar a ser padre. Era como un niño cuidando a otro niño”.
Un nuevo romance, sin embargo, acabó la relación con Del Santo y también con su incipiente paternidad. Sólo cuando Connor tenía cuatro años y, motivado tal vez por las constantes y tiernas cartas que éste le mandaba, Clapton sintió la urgente necesidad de ponerse otra vez en contacto con él. De visita en Nueva York para verlo en 1991, estuvo casi incomprensiblemente cerca cuando Connor cayó del piso 53 de un edificio, accidente provocado por un descuido del funcionario que limpiaba las ventanas del lugar. “Ese día llevaría a Connor y a Lori al zoológico de Central Park”, recuerda.
“EL TELÉFONO SONÓ, LORI ME INFORMÓ QUE MI HIJO ESTABA MUERTO. Traté de creer que era un error. Hasta que llegué al edificio y vi a la policía. Fui al tanatorio para reconocerlo. Luego, partí a verlo otra vez a la funeraria para disculparme por no haber sido un padre mejor”.
Los años siguientes estuvieron, paradójicamente, marcados por la estabilidad emocional. Como único homenaje posible para ese niño que no vio crecer se mantuvo sobrio, mientras musicalmente se acercaba cada vez más al público masivo gracias al unplugged registrado para MTV. La canción que compuso en recuerdo de Connor, Tears in heaven, se transformó en el mayor éxito comercial de su historia.
En 1999, cuando cumplía 54, el amor volvió a su vida con una mujer 31 años menor. La vendedora Melia McNery (23) pondría fin al vendaval que azotó por décadas a Clapton. Juntos tuvieron tres hijas (Julie, Ella y Sophie), para quienes sí ha sido un padre presente. “Había algo en Melia que me atrapó. Creo que fue su sonrisa amplia y genuina. Estuvimos juntos un año y ella me dijo que estaba embarazada. Me tomó por sorpresa, no sabía si tendría la energía suficiente para un compromiso tan grande. Pero pronto me di cuenta de que era exactamente lo que necesitaba”.
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