Maradona, arriba de la pelota
Diego Armando
Por Matilde González
Su nombre está grabado en la historia del fútbol mundial. Y aunque sus triunfos en los clubes de Argentina, España e Italia se vieron empañados por innumerables escándalos y su adicción a las drogas, como el Ave Fénix renació y hoy está en Sudáfrica dirigiendo con éxito a la albiceleste. CARAS con Diego Armando.

Un hombre camina, como conversando consigo mismo por el predio de la Asociación del Fútbol Argentino, el complejo deportivo de 48 hectáreas ubicado en los bosques de Ezeiza, a 30 kilómetros de Buenos Aires. Es el mismo que engañó a todo el planeta con la mano de Dios en México ’86. Fue tan grande como Pelé y un día se hizo amigo de la camorra y héroe de fiestas monumentales. Consumido por sus adicciones, atacó a quien se le puso por delante y desafió a Joao Havelange, entonces presidente del fútbol mundial. Se olvidó de quien era y fue hallado en calzoncillos, en una habitación de Buenos Aires, la mirada perdida y con toda la cocaína que podía aguantar su cuerpo. Nunca levantó la cabeza. Su carrera de futbolista terminó dramáticamente mientras gritaba que le habían cortado las piernas. Pero nadie más que él había cavado su propia tumba.
Ese hombre defendió a muerte a Fidel Castro, llegó a pesar más de cien kilos y estuvo al borde de la muerte. Corrió a postonazos a los periodistas y luego los mandó al diablo tras clasificar al Mundial de Sudáfrica. Hoy, cuestionado por media Argentina como director técnico es, en vista de los primeros resultados, quien puede darles su tercera Copa del Mundo.
Ahí al frente tengo a Diego Armando Maradona. Lleva una barba que delata, a punta de canas, sus 49 años. Después de que en marzo pasado lo mordió su perrita Shar Pei en la cara, se la ha dejado crecer. Hace un guiño cómplice cuando le pregunto si es una cábala para Sudáfrica. Se ve más sereno, por momentos reflexivo, pero siempre punzante cuando es atacado, especialmente por la prensa de su país que no vio con buenos ojos la convocatoria de su yerno, el centrodelantero del Atlético de Madrid, Sergio Kun Agüero, marido de su hija Gianina y padre de su nieto Benjamín.
Ahora que el temporal amainó, decidió hablar con CARAS, al mismo tiempo que prometía que si Argentina ganaba el Mundial, se ‘‘pararía en bolas en el Obelisco’’.
Maradona abre el fuego: “Aquí no hay titulares ni suplentes, todos van a tener que estar en el aire para poder jugar. Tengo 23 fieras dispuestas a dar todo por la selección argentina”.
—¿Les explicó su decisión a los que no fueron convocados?
—¡Uy! De eso no quiero ni hablar. Cuando César Luis Menotti (ex DT de la selección campeona del mundo en 1978) me dejó afuera, yo tenía una bronca bárbara. Sé lo que es eso porque lo viví, imagínate, para qué los voy a llamar, ¿para que me puteen?
—Todos los ojos están puestos en usted y el equipo que formó. ¿Siente mucha presión, cómo ve a los jugadores?
—No, yo no tengo presiones, no las siento, y menos los jugadores. Casi todos valen una millonada de euros, ¡qué presión van a tener! Eso lo sufre un tipo que debe ir a ganarse quince pesos para llenar la olla.
Las drogas y las fiestas descomunales ya son parte del pasado. Dice que hace rato las abandonó. Ni siquiera fuma. A lo sumo, en momentos especiales, enciende un habano, regalo de su amigo Fidel Castro. Ya no hay noches largas en la vida de Diego. No quiere perder de vista a los suyos. Almuerza y come todos los días con el plantel. Quiere tenerlos “bien unidos”.
Vestido con el equipo del seleccionado argentino, recorre el predio, habla con los jugadores, consulta con su ayudante Alejandro Mancuso, y tiene contacto permanente con el médico del plantel, Donato Villani, amigo de Marcelo Bielsa. Vive con intensidad su resurrección, que puede llevarlo de nuevo a la gloria si consigue lo que sólo Mario Lobo Zagallo y Franz Beckenbauer han podido: conquistar una Copa del Mundo como jugadores y luego como directores técnicos. Un logro que sería un gran tapabocas para quienes creen que Maradona como entrenador tiene muy poco que aportar a la selección, que funciona más por obra y gracia de los jugadores que por las ideas de su DT. El, a un año y medio de haber asumido el plantel, cuenta: “Estoy feliz, contento de tener a estos 23 jugadores, y verlos con tanta ansiedad. Los preparativos en la cancha son muy veloces”.
—¿Tuvo suficiente tiempo para entrenar?
—Mirá, en 1986 estuvimos concentrados 70 días. Ahora, cuando faltaban 20 para el Mundial, todavía no podía trabajar con el plantel completo, ya que muchos estaban terminando los campeonatos afuera. Te tienes que adaptar a lo que dice la FIFA, al tiempo que te dan.
—¿Cuál es el Maradona que va al Mundial?
—Voy con el corazón argentino, el de todos los hinchas de mi país. Si me quedaba en mi casa viviendo de la gloria pasada, ese no era yo. Va el Maradona que arriesga, sin duda.
—El ’86 salió campeón en México, ¿ve algo de aquel equipo en éste que dirige?
—Sabemos que no somos favoritos, pero le vamos a dar la pelea a todos. En lo futbolístico, que se entienda… Creo en lo que le doy a cada jugador en los entrenamientos. ¿Y en qué se parece a ese plantel del ’86? En que tiene hambre de gloria. Voy a mi quinto Mundial con todas las ganas, eso no cambia. Además, viajamos con Lio Messi, que es el mejor jugador del planeta, ¿qué más puedo pedir? Gracias a Dios es argentino y yo lo estoy entrenando. Lo único que me pasa por la cabeza es volver con la Copa.
Maradona vive con su actual pareja, Verónica Ojeda, cerca del predio de la AFA. Suele llegar a los entrenamientos manejando su Mini —el preferido de los futbolistas argentinos— y de acuerdo a su humor atiende o no a la prensa en los portones del complejo, donde generalmente accede a firmar autógrafos a los cientos de fanáticos. Se dijo que el seleccionado entrenaba sólo a partir de las dos de la tarde porque a él le gusta dormir toda la mañana. Diego lo desmiente: “Las prácticas se realizan por la tarde porque los jugadores se tienen que acostumbrar a los horarios de los partidos, que serán de tarde o de noche”.
—¿Qué opinión tiene de Marcelo Bielsa al frente de la selección chilena?
—(Lanza una carcajada) Bueno, primero te preguntaría si pasa algo con Bachelet, parece que le lanzó unos buenos piropos por ahí… Hablando en serio, Bielsa está haciendo un gran trabajo en Chile, les lavó el cerebro a todos los chilenos. Cuando lo contrataron era una incógnita y terminó haciendo un trabajo fantástico, le deseo lo mejor.
—Al principio fue resistido…
—Sí, aunque yo nunca dudé de su capacidad… Cuando nosotros estábamos con dificultades para clasificar, lo primero que hizo Marcelo fue llamar a Donato Villani (médico de la selección argentina) y preocuparse por nuestra situación.
—¿Cuál fue el momento más duro de
su vida?
—Lo peor ya pasó, mis hijas me salvaron. Hoy importa el presente con la selección, tengo un nieto divino, mis hijas, mis viejos están vivos, estoy en pareja, qué más puedo pedir…
—También llama la atención en este nuevo Maradona su nivel de autocrítica…
—El que no tiene autocrítica no está tranquilo. Si te equivocás en algunas cosas y las seguís haciendo, te hacés mal a vos mismo y luego al grupo que conducís. No voy a repetir las cosas malas del pasado. Soy un luchador.
—Ha recorrido el mundo entero, conoció a la mayoría de los jefes de Estado, reyes, estrellas del espectáculo… ¿Qué personaje le falta?
—Nelson Mandela, y qué mejor oportunidad que en su propio país. Será un honor para mí.
—Diego, ¿es cierto que cobrará sus platas sólo si gana Sudáfrica?
—Es mi política de vida. Recuerdo que cuando recién empezaba en el fútbol, jugaba en Argentinos Juniors. Como era el que metía los goles, mis compañeros me mandaron a pelear los premios para el plantel con el presidente, que en ese momento era Próspero Consoli. Y le dije: Don Próspero, si este equipo no gana, no cobra. Le gustó mucho esa actitud. Desde entonces lo apliqué siempre en mi carrera. Hoy mi contrato es así: si gano cobro, si no, no existe la plata. El dinero es importante, pero la gloria de salir a la calle, inflar el pecho y ser querido por la gente supera todo.
—¿Qué lleva en su maleta a Sudáfrica?
—Muy poco. Espero traerme lo mejor.
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