Reina de Hielo
Isabel II
De humor ácido, lejana hasta con sus hijos, sólo demuestra cariño a uno de sus nietos (el hijo de Ana), y a sus cuatro perros corgies. Madre y abuela, fría y calculadora, creció haciendo valer sus obsesiones. En sus 58 años de reinado ha sabido utilizar muy bien el poder para proteger a su familia.

Hasta su muerte en el año 2003, el diseñador Hardy Amies mantuvo la costumbre de enviarle a la reina Isabel II un peluche como regalo de Navidad. Un día fue un canguro, otro un oso Teddy y así, poco a poco, el diseñador creó un extraño zoológico de juguetes en el interior del Palacio de Buckingham.
A pesar de la familiaridad con que el modisto le enviaba los regalos y de las constantes visitas a Su Majestad, jamás obtuvo de ella una palabra de afecto o una frase que se alejara del protocolo.
“Su Majestad es fría”, era lo único que el sastre se atrevía a decir una y otra vez.
El mismo príncipe Carlos la ha acusado de ser dura y poco afectuosa con él y sus hijos William y Harry. En la biografía autorizada que el periodista Jonathan Dimbleby publicó en 1994, el príncipe de Gales la retrata como una mujer totalmente desinteresada en sus nietos.
Educada para ser reina, Isabel aprendió desde muy joven a contener pasiones y sentimientos. Asumió el trono a los 25 años, en 1952, y aunque ya estaba casada con el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, y era madre de dos hijos (Carlos de cuatro años y Ana, de dos), Isabel tuvo que entrenarse al mismo tiempo en el arte de ser la monarca de Inglaterra y la madre de una familia numerosa.
Sus hijos Andrés y Eduardo nacieron ya en Palacio, ocho y 12 años después de su coronación. Los cuatro hermanos crecieron al lado de una de las mujeres más ocupadas del planeta, con al menos 400 eventos oficiales al año y giras por el extranjero a las que ellos no la podían acompañar.
Se dice que para la joven Isabel no fue fácil llegar al trono de un país hecho añicos por la Segunda Guerra Mundial, pero también se sabe que para la mayor parte de los miembros de la realeza tampoco ha sido sencillo crecer bajo la sombra de una mujer acostumbrada a tener el control.
Fue ella quien presionó a Carlos y Diana para emprender el divorcio en 1996, cuando los escándalos de adulterio se ventilaron masivamente en la prensa, y después obligó a Carlos a celebrar un matrimonio discreto con Camilla Parker-Bowles, nada apegado al súper festín que los novios habían planeado con 700 invitados.
Nunca ha dudado en aprovechar su poder para defender a los suyos. El 2003 movió cielo, mar y tierra para bloquear, con el apoyo del Tribunal Superior de Justicia, la publicación de una serie de artículos preparados por el periódico Daily Mirror para revelar detalles de la vida en los pasillos de la casa real. El material incluía crónicas sobre la cotidianidad al interior del Palacio de Buckingham y fotografías de espacios ultrasecretos, como los dormitorios y la mesa en la que ella desayuna todos los días.
Aunque fue una batalla feroz, nada podrá compararse a la defensa que había emprendido en 1995 para evitar la humillación pública de su hijo Carlos, con la inminente publicación de la correspondencia entre Diana y su amante, el oficial de la guardia real James Hewitt. Con William su relación se concentra más en su calidad de heredero al trono que como un nieto. Más que ternura hay marketing, aseguran sus biógrafos. A fines del año pasado, por ejemplo, decidió que había que preparar a William para su futuro reinado y en enero del 2010 lo envió de gira por las viejas colonias inglesas, entre ellas Australia y Nueva Zelanda, ignorando por completo al inmediato heredero al trono, su hijo, el príncipe Carlos.
MOSTRÓ FALTA DE CORAZÓN ANTE LA MUERTE DE DIANA. Y eso puso en riesgo su reinado en 1997. La frialdad y el estoicismo que la caracterizan hicieron que uno de cada cuatro ciudadanos británicos pidiera que Isabel II abandonara la corona. ¿La razón? El silencio ante la muerte de su nuera. “Que nos demuestre que le preocupa”, se leía en los titulares de los tabloides en abierta crítica y confrontación a la actitud de aquella época.
Aunque hoy la reina cuenta con la aprobación del 80 por ciento de la población, poco se sabe sobre los motivos que la llevaron a guardar silencio.
En realidad, la verdadera personalidad de Elizabeth Alexandra Mary es un misterio.
No le gustan los encuentros con la prensa, no difunde sus opiniones políticas en público y evita a toda costa hablar de su vida privada. La veintena de mujeres que la atienden tienen prohibido mencionar detalles de los encuentros diarios con Su Majestad y comentar lo que sucede al interior del Palacio de Buckingham, donde sólo sus familiares más cercanos le dicen Lilibet. Son los momentos en que demuestra un ácido sentido del humor y se luce con su facilidad para imitar acentos.
Pero Isabel no es inexpresiva con todo el mundo. Hay una excepción: Peter Phillips, hijo de su hija Ana, es el niño de sus ojos y el único nieto al que el príncipe Felipe se refiere siempre como ‘un ganador’, a pesar de que —como su hermana Zara— no tiene título de nobleza. Como una abuela orgullosa, la reina abrió en 2008 las puertas del castillo de Windsor para celebrar con bombos y platillos el matrimonio de su nieto predilecto con la canadiense Autumn Kelly. El festejo fue en la mansión Frogmore —su lugar favorito— y estuvo organizado por Peregrine Armstrong Jones, una de las banqueteras top del Reino Unido.
Creció con fuerte sentido de responsabilidad y total obsesión por el orden. Es disciplinada y mantiene una agenda tan estructurada que incluso sus hijos tienen que pedir hora para reunirse con ella, o al menos corroborar si está disponible antes de buscarla. Quizá la estricta disciplina de la reina proviene de su participación en la Segunda Guerra Mundial. Con sólo 18 años se entrenó como conductora y mecánica. Incluso llegó a manejar un camión militar durante el conflicto bélico. Hay fotografías suyas portando el uniforme del grupo femenil de Servicio Territorial, donde alcanzó el grado de Comandante Junior. Se involucró tanto con la guerra, que al anunciarse la derrota de las tropas de Hitler no pudo contener las ganas de salir a la calle a festejar con la gente. Se unió a la fiesta con su hermana Margarita y, según dijo en una de las pocas entrevistas concedidas hasta la fecha, todavía recuerda que ambas estaban aterradas de ser reconocidas entre las filas de personas que caminaban con los brazos entrelazados. “Nosotras simplemente nos dejamos llevar por lo que fue una marea de felicidad y alivio”, dijo.
Su carácter fuerte no sólo la mantuvo de pie en la guerra. También la enfrentó a su familia, que en un principio se opuso a la relación con Felipe. Ante los ojos de sus padres, Isabel no podía casarse con un hombre nacido en el extranjero, con mala situación económica y además con vínculos nazis, pues sus hermanas estaban casadas con alemanes ligados al régimen de Hitler. Ella se impuso a los designios familiares y el matrimonio se realizó, pero las cuñadas no fueron invitadas a la ceremonia.
Mucho se especula sobre el impacto de esta unión en el carácter de la monarca. Y es que desde que asumió la corona —y el príncipe Felipe renunció a su carrera naval para apoyarla— Isabel ha tenido que enfatizar su sobriedad para opacar el mal carácter y los comentarios de mal gusto de su esposo. El duque de Edimburgo es, sin duda, uno de los miembros menos populares de la realeza. Sus comentarios ofensivos y fuera de lugar le han causado numerosos problemas con la prensa, que lo considera clasista y cascarrabias. Además, circulan decenas de rumores sobre sus infidelidades. Se le relaciona con mujeres siempre más jóvenes. Entre ellas hay princesas, duquesas, condesas, entre otras con o sin título, muchas de ellas vinculadas al mundo de la equitación. Con todo y las meteduras de pata de su consorte, las locuras de su nieto Harry y los divorcios de sus hijos, Isabel II, a sus 84 años, es la monarca más vieja de la historia de Gran Bretaña y la gran sobreviviente de los numerosos escándalos que han azotado a su familia.
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