Personajes

Rockfeller al rescate

Susan Cohn en Chile

Por: Angela Precht

Está casada con un magnate filántropo dueño de una de las fortunas más célebres de la historia. Su vida juntos es una mezcla de elegantísimos eventos en NY y arriesgadas expediciones ecológicas. A Chile los trajo la defensa acérrima del mar, una de las pasiones que comparten en la ONG Oceana.

Susan
Hace casi una década sus tranquilos años de documentalista cambiaron de rumbo. Fue sin buscarlo ni esperarlo. Susan Cohn (55) estaba rodando un filme medioambiental en Alaska cuando conoció al hombre de su vida. Silencioso y sencillo, ayudaba en los guiones, traducía y prestaba su voz para las grabaciones. Recién ahí ella supo que aquel miembro de su equipo, el gordito con anteojos y mirada dulce era David Rockefeller Junior (68), heredero de una de las fortunas más célebres de EE.UU. y nieto de John, el responsable de consolidar ese famoso patrimonio petrolero.

Se casaron hace dos años en una lujosa fiesta que apareció hasta en The New York Times. Entre risas recuerda que en una oportunidad, posando para una sesión de fotos de la revista Vogue Italia, el fotógrafo quiso retratarlos como una soberbia familia aristocrática. Para ellos fue cómico: “nada más alejado de lo que somos”, comenta mientras conversa en exclusiva con CARAS tras el privado paso de la pareja por Chile.

El motivo de su visita es ciento por ciento ecológico: informarse sobre el trabajo de la ONG internacional Oceana en el país, una organización que busca proteger la vida en los mares y de la cual ella y su marido son directores. Un día antes de tener esta entrevista en el Ritz-Carlton, Susan y David llegaron del extremo sur, donde visitaron a Warren Adams y su Patagonia SurFoundation, además de conocer Balmaceda, la isla de Melinka y Caleta Tortel, una zona donde Oceana pretende conseguir un área marina protegida. “El 90 por ciento de las aguas marinas están agotadas y Chile es uno de los pocos lugares del mundo con una gran biodiversidad”, explica.

—También estuvieron en la casa de Douglas Tompkins, en Pumalín. El es un personaje bastante controversial aquí…

—Lo fantástico de los Tompkins es que sus visitantes son fenomenales. Pumalín es un punto de encuentro internacional de gente que ejerce influencia. Y lo que Douglas hace es crear bolsillos de diversidad silvestre y asegurarse de que no los destruyan. Dejando de lado las controversias, Chile tiene mucha suerte de tenerlo aquí. A futuro se les apreciará tanto como a los abuelos de mi marido, que crearon muchos parques nacionales en EE.UU.

La pareja que conforma con David Rockefeller Jr. es peculiar. Pasan buena parte del mes en NY donde asisten, al menos, a tres eventos por semana. Pero tanta sofisticación la alternan siempre con su pasión por la vida natural, visitando destinos de naturaleza extrema, virgen y exuberante. Su energía está enfocada a sensibilizar, reunir fondos y ayudar a la conservación de los mares.

David acaba de terminar en el Cabo de Hornos un periplo de seis meses a bordo de su barco Ocean Watch, en el cual recorrió toda la costa del continente americano junto a una delegación de científicos para medir los efectos del cambio climático en el océano. Susan, mientras, no para de reunir fondos de los modos más creativos: “Como parte de la directiva de Oceana organizo muchas susan200fiestas benéficas. Tenemos una línea de joyería donde incluimos mensajes y el 90 por ciento de las ganancias van a la ONG. Es una excelente manera para generar temas de conversación. Placas pequeñas con frases como Save your soul by saving the sea (Salva tu alma salvando el mar) o Wake up (Despierta) que uso en los distintos eventos a los que voy. La gente los mira y me pregunta por ellos, y entonces comienzo a contarles…

—¿Organiza usted misma los eventos?

—Sí, con Oceana he hecho varios. Tenemos muchas celebridades que están vinculadas a nuestra causa: Ted Dawson (Cheers), Sam Waterston (La ley y el orden), January Jones (Mad Men) y muchos otros actores de Hollywood.

—¿Siempre tuvo esta conciencia verde?
—Siempre. Mi madre es antropóloga, así que desde pequeña aprendí bastante acerca de los indígenas, que están mucho más conectados con la naturaleza. Luego pasé tres años en Alaska con los inuit (esquimales). Allí fui parte de una ONG y comencé un programa de cultivos agrícolas, ya que tenían muy pocos productos para alimentarse. Y como el Artico tiene 24 horas de luz durante el verano, 120 días al año, pudimos cultivar vegetales fantásticos como papas, brócolis suaves y dulces. Fue una de las experiencias más marcadoras de mi vida.

Las mujeres, según Susan, son líderes ecológicas por naturaleza. “En EE.UU. los principales movimientos que generaron cambios nacieron de mujeres. Somos nosotras las que queremos que nuestras familias coman sano y respiren bien”.

—¿Tan crucial es para usted el rol femenino?
—Sí, creo que nuestro poder es ilimitado para influir a nuestros maridos. Somos nosotras las que elegimos las tres comidas del día y hacemos las compras. Tenemos un gran potencial para demandar un cambio. El simple poder de escoger un producto porque apoya una causa en la que creo o porque usa botellas de vidrio en vez de plástico, o lo que sea. En EE.UU., por ejemplo, hubo grandes problemas con la venta de un tipo de atún que contenía mercurio. Oceana hizo una gran campaña para que las madres supieran los riesgos de salud que podrían correr sus familias si lo consumían, tan alto que hasta involucraba daño neurológico.

El mismo criterio de selección se aplica, según Susan, para aprobar o reprobar un producto conforme la forma en que ha sido cultivado: “Hay grandes movimientos en EE.UU. sobre pesca sostenible. Si voy a un restorán donde ofrecen sopa de aleta de tiburón puedo quejarme de que es algo inaceptable. Oceana aquí en Chile está haciendo un gran trabajo para que al pescar un tiburón no le corten las aletas y luego lo arrojen al mar (donde muere de hambre al no poder moverse), como ocurre por la demanda de los países asiáticos”, concluye.

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