Grace Kelly, fría como el acero
Descarnada biografía revela su personalidad
Tan gélida como bella. Nunca tuvo límites para lograr sus objetivos, aunque eso implicara pasar por la cama de hombres influyentes. Una brutal biografía, que ella misma pidió escribir cuando se cumplieran 25 años de su muerte, revela a una Grace calculadora y promiscua, pero también narra los años más tristes de la diva.

La Kelly nació en cuna de oro. Cuando niña decidió que quería actuar y estudió teatro en una prestigiosa academia. Ya trazaba sus objetivos a paso firme. Y demostró estar dispuesta a hacer lo que fuera por conseguirlos, según High Society, The Life of Grace Kelly, la descarnada biografía de la actriz, escrita por Donald Spoto, amigo de la princesa y autor de más de una veintena de libros sobre las grandes estrellas de Hollywood.
“La conocí cuando estaba trabajando en la biografía de Hitchcock. La entrevisté y reconocí en ella a una mujer divertida e irónica, con una memoria extraordinaria para los detalles. Nuestra cita fue tan productiva que al final me ofreció escribir el prólogo de mi libro sobre Alfred. Y así lo hizo”, cuenta Spoto.
El autor recuerda que la última vez que vio a la princesa de Mónaco le preguntó si había pensado escribir sobre su vida. “Quiero creer que todavía estoy muy joven para eso”, fue la respuesta de Grace, y agregó: “Donald, vas a esperar 25 años después de que yo me vaya y vas a contar mi verdadera historia”. Así, en septiembre de 2007 empezó a trabajar en el libro definitivo.
A pesar de la amistad que los unía, los descubrimientos del autor fueron lapidarios. Mientras su investigación le mostraba a una Grace fuerte, amante de su trabajo y con ganas de formar una familia, al mismo tiempo revelaba a una mujer fría y calculadora.
Le gustaban los casados: Gary Cooper, Clark Gable, Ray Milland, Bing Crosby, William Holden forman parte de la lista. A ellos se suman amores fugaces con Tony Curtis, David Niven y Cary Grant; y relaciones más estables con el diseñador Oleg Cassini y el actor Jean Pierre Aumont.
Cassini fue, sin duda, el que estuvo más cerca de transformarse en su marido. Pero los celos de él, muchas veces justificados por los incontables affaires que ella sostenía en los sets de grabación, terminaron por minar la relación. Aumont, en cambio, nunca pensó en casarse, pero estuvieron juntos varios meses. Incluso, compartieron la cama cuando Grace viajó a Mónaco y conoció al príncipe Rainiero.
No era raro que todos en el estudio terminaran enamorándose de ella. El propio Hitchcock fue una de sus víctimas. Y aunque la relación fue absolutamente platónica, él la transformó en su musa y protagonista de tres importantes películas: Dial M for murder, La ventana indiscreta y Atrapar a un ladrón. Cuando la actriz dejó la actuación, fue un duro golpe para él. Intentó recuperarla en 1962 para un nuevo filme. Ante la negativa de Rainiero para que volviera a los sets, Hitchcock reclutó a Tippi Hedren (madre de Melanie Grifith), a quien le hizo la vida imposible: ¡Camina como Grace! ¡Ríete como Grace! ¡Quiero de vuelta a Grace!, dicen que gritaba en la filmación de Marnie.
CATÓLICO Y MILLONARIO, PARA JACK KELLY SU HIJA FUE UN DOLOR DE CABEZA. Se opuso a todas sus relaciones amorosas, desde su novio de la adolescencia —Harper Davis, que murió a los 26 años de esclerosis múltiple— hasta el propio príncipe Rainiero. Los rechazó a todos sistemáticamente.
Quizá fue la razón por la que Grace buscó hombres mayores. Su larga historia de conquistas partió con Don Richardson, su profesor en la American Academy of Dramatics Arts, once años mayor, separado y judío.
Richardson confiesa: “Empecé a ver en ella otro aspecto de su naturaleza, era fría como el acero. Arrasaba como un tanque para seguir el camino que se había trazado. Lo que puso fin a nuestro romance fue que se interesó en gente indeseable. Primero el maître del Hotel Waldorf, porque estaba relacionado con personajes famosos y de la alta sociedad. Una noche me invitó a cenar, ella iba con Ali Khan (antes de que se casara con Rita Hayworth). Cuando él salía con una chica, le regalaba una pulsera con una esmeralda, y si la llevaba a la cama, le daba un brazalete. Esa noche Grace mostraba el suyo con orgullo. Con los años supe que después de eso se acostó con todo el que pudiera hacer algo por ella. Lo triste es que no tenía necesidad, porque ya era famosa”.
Sin pudores se paseó con su amante por Cannes. Al llegar a Francia la revista Paris Match organizó una sesión de fotos con Grace y Rainiero. La idea era retratar a los dos príncipes: de Hollywood, ella, y de la pequeña nación europea, él.
La actriz llegó al palacio de Mónaco acompañada de Jean Pierre Aumont, recorrió el lugar junto a Rainiero, se tomó las fotos y volvió a su vida. Al regresar a Estados Unidos le escribió una nota de agradecimiento al príncipe por su hospitalidad. Eso marcó el inicio de una relación epistolar que duró siete meses, tras los cuales él viajó a Estados Unidos a declararle su amor a Grace y pedirle que se transformara en su mujer. Sólo se habían visto un par de veces.
Los costos del matrimonio para ella fueron enormes. Una vez casada, el cuento de hadas se transformó en pesadilla. Vivía en un país extraño, con otro idioma, y su vida perdió todo atisbo de normalidad; no podía salir sola ni reunirse con ningún hombre que no fuera su marido, y extrañaba brutalmente su trabajo. Aunque gritaba a los cuatro vientos que Rainiero era el hombre de su vida, su matrimonio dejó de funcionar. A mediados de los ’70 era un secreto a voces que sólo estaban juntos en los actos oficiales.
“Separar a la Grace que fui y en la que tuve que convertirme, era muy difícil. No podía ser dos personas… durante muchos años perdí mi identidad”, recordó la propia princesa. Al cumplir 36 años, confesó: “No pretendo ser feliz, no es lo que busco en la vida. Creo que en cierto modo estoy contenta… sé que es difícil entenderlo, incluso para mí. No estoy en paz, pero mientras tenga la fuerza para salir de la cama cada mañana, voy a sentirme realizada”.
Cada año anunciaba que volvería a actuar. No obstante, cumplió los 50 y el cuerpo le pasó la cuenta. Las jaquecas se hicieron frecuentes y le descubrieron una presión altísima. El problema fue que no toleraba los medicamentos y entonces se refugió en el alcohol. En septiembre de 1982, vino el desenlace fatal. “Un halo de misterio siempre ha cubierto los detalles de ese día”, según Donald Spoto. Grace conducía, junto a su hija Stephanie, cuando sufrió un accidente vascular. Perdió el control del auto y se desbarrancó.
La Kelly fue una calculadora. Sin embargo, tomó decisiones que lamentó, encontró la estabilidad, pero abandonó su pasión: el cine, el teatro y la desbocada vida. La viuda de Henry Hathaway, quien la dirigió en Fourteen Hours, la describió: “Llevaba guantes blancos, pero no era una santa”.

