Juan Carlos Lecompte: ‘Ingrid es egoísta, materialista y obsesiva’
Exclusivo: Habla el ex de Betancourt, Juan Carlos Lecompte
Católica fanática, preocupada de la plata, de los viajes y la fama… son los demoledores adjetivos que usa para describir a la ex cautiva de las Farc. En entrevista con CARAS, tras el lanzamiento de su incendiario libro Ingrid y yo, una libertad agridulce, el hombre que esperó casi siete años explica su decepción y derriba el mito Betancourt.

Primero fue Clara Rojas, la ex compañera de cautiverio de Ingrid Betancourt hasta enero de 2008, quien la acusó de “tejer historias falsas” y “ser poco solidaria con el resto de los rehenes”. Luego, los militares estadounidenses Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes —secuestrados por las Farc igual que ellas— la calificaron de “egoísta y dominante”. Pero faltaba el disparo final del hombre que supuestamente la esperó casi siete años y a quien ella despachó apenas recuperó su libertad.
“Mi amor por Ingrid murió el 14 de enero del año pasado, cuando mi padre murió. En vez de tener la gentileza de darme el pésame, me envió la demanda del divorcio. Ahí cruzó una línea que no debía pasar. Ahora no siento nada por ella”, cuenta Juan Carlos Lecompte a CARAS, a dos años de la liberación de su ex mujer (candidata presidencial colombiana en 2002) y otros catorce secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc. Hoy, Betancourt (48) es una estrella que pasa sus días entre París y Nueva York. Y Lecompte, un anónimo publicista colombiano de 51 años, de vuelta en Bogotá tras un posgrado en Estados Unidos.
Humillado por la indiferencia, decidió contar lo que pasó antes, durante y después del cautiverio en un libro que tituló Ingrid y yo, una libertad agridulce (editorial Alphé) y que acaba de presentar a fines de enero en París, como una forma de desmitificar esa imagen de Juana de Arco que los franceses se formaron de ella.
Ahora, a través de las letras, esta última batalla se da en la capital francesa, ahí donde Juan Carlos junto a Melanie y Lorenzo —hijos del primer matrimonio de Ingrid con el francés Fabrice Delloye— aplanaron calles casi siete años exigiendo su libertad.
La decepción final de su marido ocurrió tras el último mensaje que habría recibido de ella cuando estaba enterrando a su papá: “Intenté ubicarte hace días para arreglar esta historia del divorcio. Firma rápidamente por favor. Yo sé que tu padre murió, pero la vida continúa”.
—¿Y por qué hacer pública su situación personal a través de este libro?, ¿quiere echar abajo la imagen de Betancourt?
—Lo escribí porque me hizo bien, no para causarle mal. El libro da detalles que no se conocen —como los mensajes insensibles o las demandas por dinero—. También es la versión de los que nos quedamos acá, luchando por los secuestrados (que aún suman más de tres mil en Colombia). Lo nuestro no fue sólo una historia de amor, compartíamos también un ideal, un sueño político, el de cambiar el país. Eso se convirtió en una tragedia, con momentos realmente dramáticos. No hubo un final feliz.

“NO RECONOZCO A MI MUJER”, asegura, aunque está consciente de que su caso no es extraño: sicólogos de la fundación colombiana País Libre, que ayudan a las familias de los secuestrados, le advirtieron que “en el 70 por ciento de los casos las parejas terminan divorciadas luego de un cautiverio de más de un año”. Lo que el cautiverio mantuvo unido por casi siete años, se cortó de un plumazo tras la liberación. “Siempre había imaginado un gran abrazo, largo, como de tres, cuatro minutos, los dos solos. Y esperé una explicación durante mucho tiempo, pero no llegó. Ella me descartó de su vida”. Contra sus sueños y pronósticos, ese dos de julio de 2008, día en que Betancourt pisó el aeropuerto de Bogotá, el encuentro fue gélido. Luego de un simple cariño en la mejilla, ella lanzó un impersonal “¿qué hay de nuevo Juanqui?”. Un día después, ella partió a París y seis meses más tarde pidió la separación legal.
La desconfianza lo caracteriza y no sólo duda de su ex pareja, también de su mediática liberación, que devolvió a los colombianos la fe en Alvaro Uribe: “Pienso que fue una operación de inteligencia militar —llamada Jaque— muy buena, pero para mí hubo un arreglo pagado. No creo que el gobierno colombiano se haya infiltrado en las Farc, un grupo con más de 50 años. Pienso que Estados Unidos pagó a los guerrilleros que cuidaban a Ingrid, a los tres estadounidenses y otros once cautivos. De todas formas es una operación muy inteligente, liberar a quince secuestrados sin disparar ni matar a nadie, un éxito grandioso”.
“LA ÚNICA VEZ QUE VOLVÍ A HABLAr SOLO CON ELLA fue el 3 de julio de 2008 (un día después del rescate). Dijo que quería ir con sus hijos a París, que le diera un espacio para recuperar el tiempo con ellos y que nos viéramos más adelante. Perfecto, contesté. El famoso encuentro de cuatro horas que yo quería con ella para preguntarle qué pasó, por qué se acabó el amor, qué le pareció mal… nunca llegó”.
Desde París, Betancourt le habría exigido 50 mil dólares para ir de vacaciones con sus hijos a las Islas Seychelles. “Yo ignoraba que ella vivía a costas del gobierno francés, pero me decía si no tienes más dinero, pide prestado a tus amigos”.
Lo que él define como excesivo materialismo y un naciente misticismo, terminaron por colmar su paciencia: “Decía que había visto a la Virgen en un sueño, dos semanas antes de la liberación. Esa aparición le habría advertido que algo ‘grande’ le pasaría… Nos aseguró que la Virgen la miró a los ojos. Estaba en trance, al borde de las lágrimas…”.
Concluye que su ex mujer se volvió “egoísta, materialista y obsesiva”, y por eso contestó a su demanda de divorcio: “Mi abogado decidió acusarla de infidelidad basándose en el libro de los secuestrados estadounidenses. Resultado: Ingrid dice ahora que soy drogadicto, que no le di dinero y que frecuento prostitutas”. Alude a Out of captivity, escrito por Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, donde aseguraron que ella habría mantenido una relación amorosa con uno de sus secuestradores, sin especificar cuál de ellos, y la describieron como “una mujer egoísta y dominante”.
Con un pie en París y otro en Nueva York, Betancourt prepara un libro sobre sus seis años de detención y una película a cargo de la famosa productora hollywoodense Kathelyn Kennedy (E.T., Jurassic Park). En NY vive con su hija Melanie, que estudia cine, mientras Lorenzo se prepara para ser abogado y economista de La Sorbonne. Se espera que así Betancourt conteste las numerosas acusaciones que recibió de sus compañeros de cautiverio, su ex mano derecha Clara Rojas y de Lecompte, su último compañero conocido, quien no se detiene en críticas feroces.
Más allá de todas las críticas, Juan Carlos carga con sus propios fantasmas.
—Se especula que usted no esperó a Ingrid precisamente, que tenía una novia mexicana…
—Si yo fui infiel, o ella —cosa que no sé aunque hay libros que dicen que sí—, hay que entender que en ese largo tiempo ambos estuvimos solos… si alguien nos dio un poco de cariño, es comprensible, ¿no?
—¿Ahora está con otra mujer?
—Sí
—¿Volvería a hacer lo que hizo por Ingrid?
—No sé. Hice más de lo que podía, no tengo problemas de conciencia. Pero debí haberme protegido, no dejar de trabajar lanzándome en esta causa como una verdadera obsesión.

