Personajes

Desenfreno Real

Eduardo VIII & Wallis Simpson

Por: Totó Romero

Winston Churchill dijo que era ‘‘la historia del siglo’’, mientras el mundo incrédulo seguía la trama de cuento: el rey que abdica por una mujer… Un gesto romántico con mar de fondo y mucho aire a escándalo. Hasta se dijo que ella era ¡un hombre!

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—Usted es una norteamericana habituada al confort, ¿no pasa frío en nuestros castillos sin calefacción?—, le preguntó Eduardo VIII (1894-1972), a la enigmática mujer que llegaba de visita del brazo de su segundo marido, Ernest Simpson.

Era 1935 y aquella celebración en los salones del palacio real fue el detonante del mayor escándalo que hayan vivido los Windsor. A los pocos años, la mismísima Wallis Simpson (1895-1986) se divorciaría por segunda vez para casarse con el heredero de la corona, que renunciaría al trono…

La desgarbada Wallis tenía cuarenta años y, sin ser precisamente linda, era dueña de una personalidad arrolladora, a pesar de que no hablaba mucho. Tampoco escondía su ambición: “Nunca se es suficientemente flaca ni suficientemente rica”, era el lema que lanzaba a sus amigos que solían celebrarle todo, aunque en la Corte sus palabras se consideraban una absoluta vulgaridad.

En cambio, el pueblo británico siempre vio con ojos de adoración a Eduardo, un niño que creció hablando cuatro idiomas, que siempre convenció con su inteligencia y sensibilidad, que por sus talentos extraordinarios su padre le concedió a los quince años el título de príncipe de Gales y el tratamiento de alteza real. Lo vitoreaban, las mujeres le lanzaban flores y era, sin duda, el soltero más cotizado de las monarquías europeas.

Fue coronado como Eduardo VIII en 1936, tras la muerte de su padre, Jorge V. Y aunque muchos imaginaron que, investido con obligaciones de estado, abandonaría esa obsesión por Wallis, la mujer que lo trataba con actitud de castigo, finalmente él decidió cambiar el trono por amor y, luego de 326 días de reinado, abdicó. “Me es imposible desempeñar mis funciones como rey sin el apoyo y la ayuda de la mujer que amo”, dijo en un conmovedor mensaje radiofónico al país. Inmediatamente abandonó la residencia real de Fort Belvedere y partió al exilio (en Austria se refugió en la casa de los barones de Rothschild). Y seis meses después, en una ceremonia privada en París, se casó con la norteamericana que Inglaterra nunca quiso. Convertidos en los Duques de Windsord, siempre fueron marginados de la realeza y ni siquiera los invitaron a matrimonio de Isabel II, sobrina de Eduardo.

historia200Pero, ¿por qué abdicó en verdad? Se tejieron muchas teorías: una conspiración urdida por el gobierno, la Iglesia Católica e, incluso, la misma familia real… Ninguno veía con buenos ojos el comportamiento de Eduardo siempre distante al protocolo y las tradiciones, sus amistades plebeyas y el empeño en apoyar la seguridad social pública en un momento débil de la política internacional (post I Guerra) y, sobre todo, cuando ya comenzaban las reivindicaciones de las colonias británicas en ultramar. Más aún: se dijo que fue la mismísima Wallis quien acercó al desprevenido duque hacia las políticas de la Alemania nazi.

ERAN VISTOS COMO UN PAR DE TRAIDORES. El siempre en reuniones sociales de la diáspora inglesa y ella gastando una fortuna en ropa de diseñadores parisinos. Evidentemente se trataba de una mujer de gustos caros, pero no necesariamente femenina. Tenía enormes manos y pies, y la mandíbula cuadrada. Según el investigador Michael Bloch, un médico londinense le contó que Wallis en realidad era un ‘hombre’: padecía una malformación genética llamada síndrome de insensibilidad andrógina. Por eso, no tenía órganos reproductivos.

Wallis no pudo tener hijos y más de alguna vez se dijo que su matrimonio con Eduardo VIII era platónico. Churchill, que siempre tuvo una actitud de respeto y de protección hacia la pareja, deslizó: “Es una relación más síquica que sexual, y sensual sólo ocasionalmente”. Los defensores de la norteamericana rechazaron de plano esos argumentos.

Algo sí era cierto hacia el final de sus vidas: entre ellos primaba el amor. “Amo a Wallis… Tanto o más que antes”, dijo el duque a la BBC de Londres. Y ella, a una de sus sobrinas, le confidenció que le hubiese gustado borrar su pasado de doble divorciada, antes de haber conocido al único y adorable hombre de su vida.

El 28 de mayo de 1972 murió Eduardo y su viuda no se cansó de decir que, a partir de ese momento, no existía ningún pretexto para seguir viviendo. “Cuento las horas para reunirme con mi hombre, donde quiera que esté su espíritu que amé tanto como su bello cuerpo”.

En medio de la melancolía su voz se fue apagando hasta que murió sola e invadida por la depresión un 24 de abril de 1986. Su cuerpo fue repatriado a Londres y se cumplió el deseo de ser enterrados juntos en el cementerio de Grogmore y lejos de la Abadía de Westminster, donde descansan por tradición los príncipes de Inglaterra. Hoy, Madonna planea llevar esta historia al cine. Por supuesto, ella será Wallis.

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