Crónica Roja
Virginia & Leonard Woolf
Intensa, feminista y poética, Virginia Stephen vivió casi 30 años con Leonard, el escritor que intentó darle la estabilidad que la mujer probablemente había perdido de niña y que, finalmente, la hizo llenar de piedras sus bolsillos para hundirse en un río… El puso las cenizas en el árbol preferido de ella y ahí iba a conversarle…

—¿Quiénes son esas muchachas de vestidos blancos y enormes sombreros? —le preguntó Leonard Woolf a un amigo—.
—Difícil saber… en esta multitud.
—Las de los parasoles, son deslumbrantes…
—Ah, ya las veo… son muy hermosas.
—Como encontrarse cara a cara con Rembrandt.
Así conoció Leonard Woolf (1880-1969) a quien años más tarde sería su mujer: Virginia Stephen (1882-1941), quien además era hermana de Toby, su compañero en Cambridge.
Poco después de verla, Leonard, funcionario del gobierno inglés, debió partir a Ceilán… Pero desde allá —con la decisión de un hombre de treinta y tantos— no dejó nunca de escribirle. Virginia, aunque halagada, no parecía conmovida… Cuando el pretendiente volvió a Londres, tocó con algo de atrevimiento a la puerta del hogar de la muchacha, quien salió a ver de quién se trataba.
—Vaya, vaya… por el retrato enviado con sus cartas me doy cuenta de que usted es Leonard Woolf, ¿no?
—Tenía demasiada ansiedad por verla y escuchar esa voz que hasta ahora desconocía…No le resta otra cosa que casarse conmigo.
—Yo no quiero… apenas lo conozco por cartas que, por cierto, eran muy bonitas… No me resulta precisamente atrayente. Me casaré con quien ame.
—Pues, me amará Virginia. Cuando determino algo importante, no descanso hasta lograrlo. No se habrá dado cuenta cuando esté entrando a la iglesia para convertirse en señora Woolf.
Así sucedió en 1912, cuando la escritora tenía 30 años y los dos integraban el grupo de artistas de Bloomsbury, nombre del barrio donde ella y sus tres hermanos —Toby, Vanessa y Adrian— se fueron luego de la muerte del padre, el biógrafo y filósofo Leslie Stephen, en 1904. Porque esa casa se transformó en punto de reunión de los librepensadores e intelectuales de la época.
Leonard y Virginia fundaron la Editorial Hogarth (1917) y desde las primeras novelas de ella —Fin de viaje, Noche y día, y El cuarto de Jacob—, quedó en claro que sus intenciones eran ir más allá del acto puro de narración. “Para mí nada es real, a menos que lo escriba”, decía la mujer, cuya creación estuvo marcada por Marcel Proust y James Joyce, entre otros. Pero lo que ella intentó fue dar con un camino nuevo, apartándose del realismo imperante y abandonando la forma tradicional de contar historias…
Es que su vida arrancaba de todos los convencionalismos. No había espacio para prejuicios ni hipocresías burguesas en ningún plano (ese fue un denominador común del grupo Bloomsbury). Por lo mismo, ella no se complicó para tener una breve aventura amorosa con Clive Bell, el marido de su hermana Vanessa, y una relación más larga con la también escritora Vita Sackville-West, en los años ’20. Pasada la pasión, dicen algunos cronistas, las dos siguieron siendo amigas.
De niña, Virginia fue abusada sexualmente por un hermanastro. A esa experiencia se sumó poco después la temprana muerte de su madre, Julia Jackson y de su padre. Fueron golpes que, probablemente precipitaron en ella la enfermedad que hoy seresume como “trastorno bipolar”, pero que entonces sólo se veía como cambios de humor, depresiones e inestabilidad emocional que influyeron en su productividad literaria. Sin embargo, escribió hasta el final (su último libro —Entre actos— salió el mismo año de su muerte).
Su marido se desvivió por cuidarla y evitar que cayera en colapsos nerviosos, como los que sufrió tras la muerte de su padre y de una mediahermana. Sin embargo, no tuvo éxito.
“ME VOY DE ESTE MUNDO PORQUE OIGO VOCES, SIENTO QUE DESCIENDO A LA LOCURA”, garrapateó Virginia en su cuaderno de notas literarias. “Leonard, fuiste todo lo que un ser humano puede ser y hacer por otro. La felicidad de mi existencia te la debo a ti. No creo que otras dos personas juntas hayan sido más felices… Por ello no quiero seguir estropeándote la vida…”, agregó.
Y se fue al río Ouse, con el bolsillo de su abrigo lleno de piedras. Era el 28 de marzo de 1941. Su cuerpo apareció flotando tres semanas más tarde.
En 1972 se publicó la primera biografía autorizada de esta novelista, ensayista y feminista británica. La escribió su sobrino Quentín Bell, hijo de Vanessa. Entre los detalles de su vida, algunas frases suyas y, en especial, una que explica ese abrpto final, a los 59 años: “La vida es sueño; el despertar es lo que nos mata”.
Escena de Las Horas con Nicole Kidman como Virginia Woolf

