‘Nunca imaginé que estaría tan sola con mi hijo’
Cecilia Bolocco
Fotos José Manuel Domínguez Asistente CARLOS LIRA Producción Anahí Miralles Maquillaje y pelo Cristián Álvarez Locación Hotel Gen Suit & Spa
Este parecía ser su año: se divorció de Carlos Menem y por estos días lanzará su octava colección de ropa. Pero la muerte de Felipe Camiroaga la golpeó fuerte. Con honestidad brutal, admite que se siente muy sola en la crianza de Máximo y repasa pasajes inéditos de su último matrimonio.

No hay un solo día en que Cecilia Bolocco (46) se haya arrepentido de haberse retirado de la TV. Dejar todo para incursionar como diseñadora fue una apuesta ciega; casi tirarse al vacío, y no se equivocó. Hoy no sólo se ganó un nombre en el mundo de la moda y sus colecciones Apology para Falabella se agotan. Ella al fin vive a su pinta, dueña absoluta de su tiempo y de su vida.
Cada tanto viaja por el mundo —viene llegando de Europa— donde encontró inspiración y nuevas telas. Otro período se lo pasa en su taller haciendo bosquejos. “En esto no necesito nada particular para estar entretenida, a diferencia de la TV, porque ahí dependes de muchas personas y elementos para pasarlo bien”.
El 2011 pareciera ser su año. Hace unos meses fue elegida embajadora de la BMW (estará a cargo del diseño interior de uno de sus modelos), que acaba de llevarla a Alemania, donde conoció al príncipe Leopoldo de Baviera. En mayo quedó ‘legalmente’ soltera, ya que al fin salió el divorcio con Carlos Menem, padre de su hijo Máximo (7) y de quien se separó oficialmente el 2007, tras seis años casados. “Hace rato que las cosas estaban ordenadas, pero con esto se cierra un ciclo”.
Tras finalizar la sesión de fotos en un hotel santiaguino, Cecilia pide hacer la entrevista en su casa en Lo Curro, donde vive hace un año. Máximo había llegado del colegio y quería estar con él. “¡Mamá, mamá, llegaste!”, la saluda el niño apenas la ve entrar. “Hola mi cosita preciosa, ¿cómo le fue en el colegio?”, le responde mientras se abrazan.
Una piscina que cae en cascada y una espectacular vista del atardecer de Santiago son el marco perfecto para la conversación, la cual estuvo acompañada de café cortado, cigarrillos y jazz. Cecilia se instala en la terraza, clava su mirada en el horizonte y comienza a hablar de manera reflexiva, relajada. Parece que en ella ya no hay ansiedades. Asegura que dejó atrás a la mujer autoexigente, castigadora, sufrida y autoflagelante que no se permitía equivocarse ni se daba permiso para pasarlo bien. Hace rato que es otra: “Mira ese par de golondrinas, qué maravilla, ¡ya llegará la mía!”, dice soltando una carcajada.
En pocos días lanzará su colección Apology primavera-verano, de marcada influencia europea. Cuenta que trae la sensualidad de Italia (con sedas y transparencias), la elegancia francesa (vestidos ceñidos, más estructurados y full color) y la distinción inglesa (tenidas más depuradas, mucho blanco y negro). “No puedo creer que sea mi octava colección, ¡qué salvaje! Partí con una, era una apuesta. Una cosa era tener un nombre, y otra que la gente lo compre y se quiera vestir con tu ropa”, dice orgullosa. (…)
NO ESCONDE EL PROFUNDO DOLOR QUE LE CAUSÓ LA MUERTE DE FELIPE CAMIROAGA. “Estaba en Francia cuando me enteré… Me llamaron apenas desapareció el avión en Juan Fernández… Fíjate que una hora antes me había acordado de él y al rato recibo la llamada. Ha sido un golpe muy fuerte. Para quienes lo conocimos más, fue una gran pérdida y tristeza; no estaremos más con él”.
—¿Qué tan amigos eran?
—Muy amigos. Su muerte fue un golpe para Chile. Era tan presente, carismático, adorable, natural, tan de verdad. Estaba en el corazón de todos, y la gente se dio cuenta de cómo era parte de sus vidas. Su despedida con tanto cariño me dejó una sensación especial. De pronto el país despertó, y empezamos a hablar de amor, de pasarlo bien, de ser como él: gozador, generoso. Felipe tuvo una vida maravillosa, disfrutó profundamente. Dejó la enseñanza de partir al día, sin cosas pendientes, viviendo a su manera. Al día siguiente del accidente fui a dar gracias por la vida, por lo que tengo, por haberlo conocido y compartido con él…
“LO ÚNICO QUE APRENDES CON ESTO ES A VIVIR PROFUNDAMENTE; a amar y respetar la vida, a no dejarla escapar… A veces parece eterna porque sigues amaneciendo…, pero no es así. Hace tiempo que vivo de esa manera, ha sido mi aprendizaje. Antes no entendía que podía pasarlo bien. Tenía la sensación de que la vida ¡era jodida!, puro sacrificio y entrega. Me detenía en el problema, el error, una mala mirada… Las cosas se me hacían difíciles, me sentía agobiada. Y eso que siempre he sido optimista. No estaba programada para disfrutar, despertarme contenta y decir ¡qué rico el día! Al contrario, era de las que vamos nuevamente a la lucha, ¡por Dios!”.
—¿Le queda algo de eso? Dicen que sigue igual de perfeccionista, que se acuesta todos los días a las 4 de la mañana trabajando…
—No, ¡nada! Y si entra ese pensamiento, ¡lo elimino! Es trabajo, un entrenamiento mental. Ahora, las cosas me gusta hacerlas bien, es mi personalidad. Antes me angustiaba, hoy me entretengo.
—¿Se sentía muy exigida por el medio, presionada por responder a una imagen?
—No, jamás me he regido por el que dirán. ¡¿Quién me va a exigir?!, ¿¡qué más pueden esperar de mí?! No, yo era así: me autocastigaba y pedía más de la cuenta. Recuerdo que cuando bordaba me bajaba ansiedad. Me iba tres semanas de vacaciones a Miami, me instalaba en mi sillón, ponía mi lamparita, y bordaba día y noche, ¡no me podía equivocar en un punto! Era una pelea conmigo. ¿Por qué?, ¡no sé! Había algo… Quizá porque a los siete años me subieron de curso, se fue mi nana, nos cambiamos de casa y yo tuve que seguir adelante… Con el tiempo me dieron ganas de protegerme, cuidarme, quererme…
EN ESE MOMENTO APARECE MÁXIMO CON PASTELES. “¿Quieren?, ¡son muy ricos!”, dice mientras abre una bolsa de chilenitos. Cecilia no disimula la chochera. “Qué lindo mi amor, eres un principito, ¡rico!, si es tan amoroso”.
—Máximo: Ya mamá come, no tienen dulce…
—Cecilia: Sí tienen mi amor: el manjar es leche con azúcar y el merengue, claras con azúcar… Mmm, ¡se me hizo agua la boca! Ya, cosita rica, termino de dar la entrevista y vamos a jugar…
—¿Aún le importa que Máximo no cuente con una figura paterna o dejó de ser tema?
—Indudable que lo es. Es una ilusión, pero no lo puedes programar, salir a buscar y traer. Por suerte tiene a mi hermano, a mi papá, a grandes amigos míos. Cuenta con presencia masculina para jugar a la pelota y sus cosas de niño. No es lo ideal, pero lo ideal no siempre se puede.
—¿Qué relación tiene él con su papá?
—Bien precaria. Pensaba que las cosas serían más parejas. Nunca imaginé que estaría tan sola con mi hijo, sin su padre, ni siquiera con una presencia telefónica… Pero se dio así; hay que aceptarlo. Pasé mucho tiempo tratando de suplirlo, llamando, buscando instancias para juntarlos…
—¿Por qué no encontró respuesta?, ¿tanto consume a Carlos Menem la política?
—El es así, ya no me lo pregunto, es así nomás. Cuando están juntos son muy felices, Carlos es cariñoso… Se ven para las vacaciones de Máximo, o cuando él puede. Ahí partimos a Argentina.
—Pero lo conoció así, no debiera extrañarle.
—Carlos tenía una energía distinta, alucinante, hoy es otra persona. Siempre fue reservado, pero era un hombre muy apasionado, conquistador y seductor. Lo conocí hace muchos años, y con el tiempo cambió. Nunca vi a alguien más lleno de proyectos y entusiasmo… Está distinto, ya no juega golf, no hace nada… Lo marcó alejarse del poder, del gobierno… El pensaba que le iba a resultar; yo lo veía muy, muy difícil. Y cuando no le funcionó, fue un alivio para mí. Estaba embarazada y pensé que tendríamos un tiempo para nosotros, tranquilos…
—Era el minuto de consolidar su familia.
—¡Era mi momento!, y lo encontraba fantástico. Yo había conseguido todo en mi vida, no necesitaba nada más, y pensaba que él también…, pero él quería más… Para Carlos perder fue tremendo. Ahí se fue para adentro, no lo pudo aceptar. Le ha costado mucho, y se ha quedado muy solo.
—¿Está dispuesta a que Máximo pase un tiempo solo con su papá para fortalecer la relación?
—No, Carlos no tiene una rutina familiar, no sabría qué hacer con Máximo. Pasaría con los custodios, los secretarios, no, no voy a mandar a mi hijo a eso. Estaría intranquila porque es un espacio poco familiar, y lo que él necesita es familia. Aquí tiene a sus abuelos, tíos, primos, y nos juntamos mucho.
—¿Se ve con sus medios hermanos Menem?
—No. Se conocieron, pero nada más. Casi no hay relación con su papá, menos con ellos.
“¡AH NO, A MI HIJO NO LO TOCA NADIE!”, dice Cecilia justificando su día de furia hace unas semanas, cuando en el aeropuerto —llegando de Buenos Aires junto a Máximo—, un periodista le preguntó si era cierto que Carlos Menem le había pagado por llevarle a su hijo. “No puede un niño escuchar ese nivel de preguntas, no corresponde, él terminó llorando, ¡habría matado al tipo!”.
—Primera vez que se sale así de sus casillas.
—Fui bastante señora, levanté la voz y contesté porque no quería que siguiera hablando. ¡¿Por qué tenía que aguantarlo?!, iba con mi hijo. ¡¿Quién me protege?! A mí que me digan lo que quieran, pero a él ¡no le pueden hacer eso! No entiendo que la TV tenga horarios para proteger a los menores, y sin embargo un descriteriado puede hacer y decir cualquier cosa frente a ellos.
—¿Pero no ha pensado que a su hijo lo más probable es que lo paparazeen en el futuro?
—Desde chico él ha visto estas situaciones incontrolables. En el departamento se las ingeniaban para fotografiarlo en sus cumpleaños. No sería novedoso. Pero es un tema que no quiero ni imaginar, ahí veremos… Me salí de la TV justo por esto, por el rumbo que ha tomado.
—¿Un contrato millonario la entusiasmaría?
—No, y me han hecho muy buenas ofertas. En ciertas cosas, cuando tomo una decisión, ¡la tomo! Tendría que ser algo muy espectacular, que me apasionara, entretenido, relacionado con mi proceso creativo, con viajes, mostrar el mundo y que no me inserte en el circuito. En este minuto no pienso en la TV. Sería otorgar una carta blanca para que se metan en mi vida. Hay un sector que vive de esto, ¡y yo vendo mucho parece!
—¿Qué visión tiene de los canales?
—No veo ni escucho televisión. Sólo leo El Mercurio todos los días mientras desayuno, desde las cartas al director en adelante. A veces acompaño a Máximo a ver monitos o miro algún documental, pero prefiero leer. Terminé La cinta roja, seguí con El último encuentro y anoche empecé Ver bajo el agua (de María Elena Sarmiento). Trato de mantener una vida súper privada, lo menos expuesta posible, aunque siento el acoso, la violencia, la irrupción y la violación. Y no me gusta.
“LLEVO MUCHO TIEMPO SOLA. Por un largo período quedé desconfiada, pero sigo creyendo en el amor. Y no sé si llegará alguien; soy cada vez más libre, profunda y complicada”.
—En mayo salió su divorcio, ¿qué significó para usted?
—Se cerró un ciclo, aunque estaba de tantas maneras cerrado; hasta se me había olvidado. Recibí la notificación y pensé qué bueno, fantástico.
—¿Está buscando pareja?
—No, no busco, las cosas suceden…
—Pero se pueden empujar un poquito…
—¿Idear un plan, ponte tú?, ¿ir a un bar de solteros?, ¡qué horror, me muero! Tendrá que aparecer alguien y ver si es especial… No tengo citas a ciegas ni busco que me presenten a alguien, ¡¿a quién me pueden presentar?! No funciono así. Voy a lugares donde conozco a la gente, a la casa de amigos, en mis viajes estoy constantemente conociendo…
—¿Quiénes son sus amigos?
—Compañeras de colegio, de trabajo, Felipe Camiroaga lo era, Felipe Izquierdo y toda su familia.
—¿Por qué no ha durado con una pareja?
—Depende de la gente que uno elige. Las dos veces que me casé fue en momentos particulares. La primera vez (con Michael Young) fue para irme de Chile. No podía vivir con el acoso, si hasta me decían su majestad. Irme a EE.UU. era descansar de eso, sacarme el título de Miss Universo.
—¿Y con Carlos Menem?
—Me casé con él en la cúspide de mi carrera. Era la mujer más exitosa, y pensaba que estaba sola por eso; ¿quién se iba a acercar a mí arriba de ese pedestal? Y busqué a alguien que estuviera en otro sitial. Parecía perfecto; él también estaba solo, y por lo mismo. Pero, ¿cómo Carlos iba a hacer familia siendo 10 años presidente y 20 gobernador? Siempre estuvo en la cúpula, con el discurso, el micrófono, y yo igual. ¿Qué construyes así? Hace rato me bajé de la pelota. Hoy mi mirada es distinta. Y si encuentro a alguien, tendrá que ver con mi situación actual. Es difícil ver qué errores cometí en mis relaciones anteriores, porque yo soy otra.
—¿A quién necesita hoy a su lado?
—Un hombre que, además de inteligente, apasionado por la vida y motivado con lo que hace, sea esencialmente sensible, perceptivo. Que goce con la sencillez del arte, la música. Que sea cariñoso, regalón, con humor, ¡guapo! ¿Sigo?…
—¿Nada de hombres cuarenta años mayor?
—No poh, ¡ya estoy muy grande pa’ eso! (ríe). Nunca le sentí los años a Carlos hasta que se le vinieron encima. Me sacaba cancha, tiro y lado, era alucinante su energía: dormía cuatro horas, jugaba golf todos los días…
Era amoroso, divertido. Era y es especial, pero se apagó. Se le quitaron las ganas de seguir con esa pasión.
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