‘Superman no existe… soy un simple mortal’
Eduardo Bonvallet y la furia contra su cáncer
Dice que la persecución de algunos dirigentes deportivos, el maltrato de la prensa de farándula y deportiva, más los siete años alejado de los medios originaron su enfermedad. Aunque ha pasado por días en que no tiene fuerzas y el dolor es intenso, le está ganando la pelea a la muerte.
El pasado 23 de marzo, con cinco quimioterapias en el cuerpo, el rostro demacrado, Eduardo Bonvallet (56) se enfrentó a uno de sus momentos más duros: un decisivo examen, el PET, definiría sus posibilidades de vida o muerte. “Se me caían las lágrimas. Pensé en mi madre, que hoy tiene 86 años, en mis hijos, en mi mujer… Me pidieron que me pusiera unos anteojos oscuros por la radiación. Y sentado en una pieza de la Clínica Alemana, con esos sillones de primera clase, lloré… Había un 50 por ciento de probabilidades de que las quimio hubiesen reducido esta pelota de tenis que descubrí en mi estómago… o que se hubiera ramificado…”. Y haciendo una pausa, aún sin creerlo, exclama: “¡Me salvé! Maté al ‘tigre’, ¡le gané!… Todo esto se debe a la oración, a las buenas energías y al cariño de la gente”. Y se le vuelve a quebrar la voz. “Soy un luchador, este hijo de puta no me la iba a ganar”.
Durante los meses que ha convivido con esta enfermedad, Bonvallet visualizó al invasor como un gran tigre. Solos en el cuadrilátero, el animal le dirigía feroces zarpazos. A veces el dolor lo dejaba revolcándose por horas en el suelo y ni las fuertes dosis de morfina lo podían calmar. “La última vez tuvieron que inyectarme Demerol, lo mismo que mató a Michael Jackson, anestesiarme completamente… No se lo doy a nadie. Te dan ganas de morir. Hablas solo, deliras”.
Lleva zapatillas multicolores, jeans, una polera de algodón, bufanda azul y, sobre la cabeza, un pañuelo verde oliva. “Nunca más me puse zapatos desde que apareció el cáncer. Y corbata para qué, si lo que me importa es que muera el tumor, ¡que se vaya de aquí, carajo!”, sentencia. Y ésa ha sido su filosofía desde que descubrió, recién estrenado el 2011, un linfoma alojado en su estómago.
La noticia no pudo ser más inoportuna: después de siete años alejado de los medios, las cosas lentamente empezaban a retomar su cauce: el comentarista al fin tenía un espacio en radio Píntame —el que mantiene hasta hoy, cada mañana, transmitiendo aún desde la clínica—, y volvió con éxito a la TV acompañando a Tonka Tomicic en el estelar mundialero de Canal 13. Hasta lo habían llamado para integrarse como panelista al nuevo matinal, “pero no me dan las fuerzas”, confiesa. En lo personal, su vida también era otra: en agosto obtuvo el divorcio de su segunda mujer, Beatriz Gross, y en esos días días nació su quinta hija y la tercera de su actual relación con la periodista María Victoria Laymuns (33).
Pero estrenado el 2011 descubrió que tenía un cáncer. “El linfoma me había agarrado la vesícula y un poco el páncreas. Era una pelota de siete por cuatro centímetros, más grande que una de tenis. Andaba deambulando, pero no se metió en ningún lado. ¿Cómo no entró al hígado? Sólo Jesús lo sabe’’.
Está cansado, gruesas ojeras enmarcan sus ojos oscuros. La piel surcada por arrugas. Y de su pelo frondoso, no quedan más que pelusas. “Las quimioterapias, de treinta horas cada una, lo máximo que puede tolerar un ser humano, me dejan agotado, por suerte me queda la última; hay días en que no me puedo levantar, apenas tengo fuerzas para tomar el teléfono…”.
Sin embargo, el Gurú no pretende dar lástima. Y aunque siempre ha sido un hombre emocional, desde que descubrió que estaba enfermo casi no llora. Casi. “Un día, después de una quimio, lloré por los niños, porque son muy chiquititos…”, dice sobre sus tres hijos menores: Amalia (5), Eduardo (2) y Noelle (seis meses).
—¿De dónde ha sacado fuerzas?
—Generalmente la gente se acerca a Dios o Jesús. Yo, en cambio, lo busco para pedirle por mi familia. Y me siento tan protegido. Jamás podría tener alguna palabra en contra de alguien en quien creo tanto. Fui monaguillo, acólito y tengo una imagen de Cristo en mi velador desde siempre; es el mismo rostro de cuando vino Juan Pablo II y dijo ¡miradlo a él! Eso hago.
“Esta enfermedad me hizo crecer. Aunque me he sentido inepto, incapaz físicamente, mal papá por no tener fuerzas para jugar con mis hijos, mal marido porque no he podido cumplir mis funciones de hombre…; es que es otra libido y eso me acongoja. Tampoco alcanzo a responderle a mis amigos el teléfono, a gente que me quiere, pero no tengo fuerzas para hablar. Esto (el tratamiento) tiene unos efectos colaterales tremendos… Y no todos lo entienden”.
—Dice que esta pelea es cuerpo a cuerpo con ‘el tigre’. ¿Cómo lo enfrenta?
—Lo insulto. Sobre todo cuando me tiene en el suelo… Una vez me desmayé en el locutorio de la radio; me agité mucho en el análisis de un partido y paf, apenas terminó el programa caí. Se me paralizó todo el lado izquierdo de la cara. Peleo con esta bestia, la maldigo… Le grito: te voy a matar maldito…
—A veces las enfermedades tienen su origen en nosotros mismos…
—Son heridas, traumas, y a mí me mató la prensa, la deportiva y de farándula. Ellos son los grandes culpables de que tenga cáncer, por todos los inventos y las cosas que dijeron de mí.
—¿A qué se refiere?
—Principalmente a esa denuncia de acoso sexual hecha por Primer Plano. Una cuestión absolutamente falsa. Son personas que le han destruido la vida a mucha gente, que han hecho pelear a madres con hijos, hermanos con hermanos, y de esa forma se han ganado la vida. Tendrán que pagar. La vendetta para mí existe. No acepto que le hayan destruido la vida a mi mujer, a mis hijos. Cuando ese reportaje se conoció, la Amalia estaba dando las pruebas de admisión para entrar al colegio. Y mientras ella rendía su examen, yo era arrasado por la farándula… Ver a los míos mal y no tener micrófono para defenderme me liquidó. De lo contrario, ninguno de estos ratones de cola pelada se habría atrevido a pelear conmigo…
—Pero no lo hizo.
—Guardé la rabia y se convirtió en esa pelota.
—Pero no puede culpar de todo a los medios.
—Tengo derecho a sentir esa rabia, esa ira, ¿cómo la podía canalizar? Agrégale mi paso por Deportes Temuco, los periodistas que, con o sin derecho, me pegaban; las persecuciones para no dejarme trabajar.
—¿Dice que hubo una campaña para silenciarlo?
—Totalmente.
—¿De quién?
—Eso no lo puedo decir… Unos dirigentes deportivos y su séquito, porque para ellos yo soy peligroso. Este es un país donde todos se conocen. Con un sólo llamado telefónico te despiden. Se me cerraron casi todas las puertas y eso hizo que en algún momento pensara llevar mi caso a la Comisión de DD.HH.
—¿Qué opina su mujer de todo esto?
—Sólo le ha tocado bailar con la fea; no ha viajado nunca, jamás hemos veraneado. A su marido lo han acusado de todo… Y la enfermedad. No tengo idea cómo me llegó a querer así… ¡soy inacostable! (se ríe)”. Y agrega: “Tengo ganas de que sea alguna vez feliz… Mis hijitos no conocen el mar; he tenido que vender todo para subsistir producto de las persecuciones, los abogados, los años que he estado sin trabajo… Estoy esperando salir de este obstáculo y como sea partiremos a Brasil a celebrar mi gran triunfo sobre el famoso ‘tigre’”.
—¿Cómo paga los tratamientos?
—En la clínica hay que firmar un documento cuyo nombre dice: pagaré. Y que se esperen…
Más serio agrega:
—Gracias a Dios fui precavido, y vendí tres propiedades. A mi familia no le ha faltado.
A su mujer la conoció en un pub. “Ella estaba con un grupo de amigas celebrando un cumpleaños y yo era el típico curado que se iba a meter a la mesa. Sus amigas me echaban y ella era la única que estaba feliz conmigo”. Pero no le dio el teléfono. Y si no fuera por su amigo, el periodista Felipe Bianchi, otro gallo cantaría. “Imagínate, él, que no puede ser más circunspecto, hizo de celestino. Averiguó dónde trabajaba, agarró el teléfono y me dio con ella…”.
—Usted siempre ha tenido suerte en el amor.
—¡Es que soy muy encachado! Entretenido para una mujer. No necesito estar bailando para pasarlo bien, gran conversador, bueno para hacer el amor… Un viejo de la edad mía, algo tiene que tener ¿o no?
—Después de sufrir una enfermedad así, ¿qué pasó con su ego?
—Esto me aterrizó. Superman no existe… soy un simple mortal.
—¿Se creía infalible?
—Absolutamente. Era un ser intocable, me sentía tremendamente protegido por todo el mundo, una máquina de hacer dinero. Hasta que Dios dijo: Superman no existe, el único capo aquí soy yo.
—¿Nunca ha sentido miedo a la muerte?
—Ah, no poh. ¿Cómo? Si yo soy de verdad, sé que Jesús me va a recibir a la diestra de Dios padre y, si no, por último quedaré castigado deambulando por ahí, chocando contra la pared, pero voy a estar cerca…
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