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Personajes

Virginia I

La reina madre de Viña

Por: Rodrigo Barría

Fotos Rodrigo López

Porteña y ex monarca de belleza, la renovada tía Coty se liberó de 40 kilos y convive con un pololo de juventud. Fan del Presidente, no le gusta que dé tanta explicación de cada cosa. “Debiera llegar y hacerlas nomás”. Su anticipo del próximo Festival y el compromiso para despejar el borde costero de vendedores ambulantes y poner a raya la delincuencia.

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Lo primero que se encarga de aclarar Virginia María del Carmen Reginato Bozzo es que no nació en Cabildo. El rumor, extendido, ha incomodado hace años a la alcaldesa. Por eso dice firme: “Lo desmiento y ojalá se rectifique. Ni siquiera tengo parientes en Cabildo. Ahora, si me quieren declarar hija ilustre, bienvenido sea”.

Nació en Valparaíso. Su padre era comerciante y la mamá dueña de casa. Virginia se crió en medio de una familia porteña adinerada y tradicional. Vivían en General Cruz, frente al Parque Italia.

Severos, en el hogar la disciplina era norma para los tres hermanos. Al padre —representante en la ciudad de Mademsa— los hijos lo trataban ceremoniosamente de usted. El local de la familia —Reginato hermanos— estaba en calle Condell. Era un negocio importante en el puerto que hacía entrar una buena cantidad de recursos para la familia.

Virginia tenía un hermano un año mayor. Dueña de privilegios y chocheras, todo se vino abajo cuando, nueve años después, nació su hermana menor. “Pasó a ser la reina y la regalona. Era una guagua preciosa que nos tiró para la cuneta”.

PARTICIPÓ EN UN BALLET ACUÁTICO Y TUVO DIVERSAS PRESENTACiONES. También era nadadora y ganó varias medallas. Solía ir a la playa Las Torpederas, Caleta Abarca, Las Salinas y Los Lilenes. Reñaca ni aparecía como centro de atracción por esos años.

Estudió en la Scuola Italiana, pero cuando terminó la educación básica, el director llamó al padre y le sugirió que cambiara a su hija a un colegio de monjas. “Lo que pasa es que andaba metida en todos los partidos de fútbol de los hombres, me encaramaba en los árboles y saltaba panderetas. Así es que me fui a las monjas. Mejoré poquito nomás”, recuerda.

Dos años estuvo con las religiosas, hasta que decidió —mirando su futuro en el negocio familiar— cambiarse al Instituto Comercial.

—Hace unos años la acusaron de no haber terminado los estudios.
—¡Falso! Estuve hasta tercero de humanidades en el Instituto Comercial y años después me preocupé de completarlos.

Tenía 17 años cuando su padre murió de un tumor cerebral. Entonces, su vida cambió severamente y la adolescente ingresó al negocio familiar. Debió aprender rápido de calefonts y refrigeradores. Pese al empeño, la tienda no duró mucho más y Reginato hermanos cerró.

—Usted parece que siempre fue de corazón inquieto. ¿A qué edad tuvo su primer pololo?
—(Se ríe largo y fuerte). ¡Qué buena…! A los 12. Pero eran pololeos bien fomes: tomarse de la mano o ir al cine.

—Nada de miradores o cosas así…
—¡Se te ocurre!

Reginato era una muchacha guapa. Fue coronada en 1957 en la primera feria que los industriales de la zona hicieron en Viña del Mar. “La votación se hacía a través de unos cupones que salían en el viejo diario La Unión. Era una elección popular. La corona no me la regalaron ni mandaron por correo”, aclara.

También participaba en un conjunto folclórico. Con él solía hacer distintas presentaciones. Ella tocaba guitarra. “Incluso, me acuerdo que estuvimos en el segundo Festival de la Canción de Viña, claro que cuando era una tarima y unas bancas nomás”.

Allí conoció a Juan Grey, con quien estuvo 42 años casada y tuvo dos hijos (Verónica y Ricardo), quienes le han dado cinco nietos.

viña300HACE AÑOS ENVIUDÓ, PERO LA JEFA DE VIÑA NO ESTÁ SOLA: lleva cinco años junto a su nueva pareja, Marcos Valenzuela —un ex marino hoy jubilado con dos matrimonios anteriores— con el que alguna vez pololeó en la adolescencia y con el que volvió a encontrarse medio siglo después.

—¿Anda, pololea, convive…?
—Empezamos a pololear y ahora somos pareja. Eso sí, no pienso casarme. Somos felices así.

—No quiere casarse, pero viven juntos…
—Claro.

—¿Y cuál es la diferencia?
—Que cualquier día el que quiera se va.

Pese a que la política no era una cuestión que interesara en su familia, ella empezó a participar en la Secretaría Nacional de la Mujer en los comienzos del gobierno militar. Allí se encantó con el trabajo social, especialmente en las actividades desarrolladas en los cerros de la ciudad.

Fue pinochetista y no se arrepiente. “Yo las cosas las pienso, las maduro y las mantengo”.

Y fue electa tres veces consecutivas concejala antes de su elección como alcaldesa el 2004 y la reelección del 2008 con primera mayoría nacional (casi 79 por ciento).

—¿Se anima a ligas mayores en política?
—Nooo… Este es mi vuelo. No quiero ser parlamentaria porque a mí lo que me gusta es compartir con las personas.

—¿Y es fan de Piñera o es de las que piensa que no ha tratado muy bien a la UDI?
—Soy fan del Presidente. No tengo nada que criticarle. Lo ha hecho súper bien. Lo único que no me gusta es que dé tanta explicación de las cosas. Debiera llegar y hacerlas nomás.

Después del terremoto —que la pilló en la Quinta Vergara— comenzó con problemas y dolores en las piernas y cadera. Todos los especialistas le dijeron que debía bajar de peso. Nunca pensó hacerse un by-pass. “Yo era súper feliz gorda”, aclara ella. Pero se asustó cuando vio la posibilidad de terminar en una silla de ruedas. Ahí se operó. Bajó unos 40 kilos. A cargo de todo estuvo, en una insólita coincidencia, el doctor… Jaime Guzmán.

Ahora, ni echa de menos a su querido bistec a lo pobre. “Estoy feliz y quedé regio”, dice mientras idea la forma en que estas operaciones sean incorporadas en el AUGE y así puedan acceder todas las mujeres.

—¿Ha sido muy complicado el tema del Festival con la llegada de un nuevo canal?
—No. Hemos tenido muy buena disposición de CHV y creo que nos va a ir muy bien. Además, hay una tremenda parrilla, espectacular.

—Eso lo dicen todos los años…
—¿Y por qué crees que el Festival lleva 52 años y siempre está vigente?

—¿Qué opina de las críticas a Eva Gómez como coanimadora?
—Mira, yo creo que lo va a hacer muy bien. Se va a preparar, tomará las clases que sean necesarias y verá los festivales anteriores.

Verano caliente. Una constructora ha pedido el embargo, entre otros bienes, de la Quinta Vergara para saldar una disputa monetaria. El municipio dice que el lugar no se puede tocar. Además de estas polémicas, cada cierto tiempo aparecen rumores sobre irregularidades en las concesiones para restoranes en el borde de la playa, pero en la alcaldía hay tranquilidad y asegura que se trata de apoyar el turismo.

Otros reparos vienen por cuenta de veraneantes y residentes, quienes reclaman porque algunas zonas del borde costero —desde playa El Sol hasta la avenida Perú— están plagadas de vendedores ambulantes, arriendo de bicicletas y otras actividades que no pagan impuestos, convirtiendo las calles en focos de delincuencia además de comprometer la vista y la playa. “Tienen permiso y llevan más de diez años ahí. Con todos los problemas de cesantía no hemos podido dejarlos sin efecto”.

—Si todos los municipios de Chile pensaran ‘humanitariamente’, estarían invadidas todas las calles de vendedores, la cesantía no puede ser una razón para mantener estas actividades sin regulación.
—Por supuesto que no. Es verdad que todo lo que ocurre hoy se presta para delincuencia y bloquea la vista al mar, por eso vamos a despejar el borde y construiremos stands en las áreas verdes contiguas. Allí reubicaremos sólo a los artesanos porque en este momento hay de todo en esa feria.

—¿Entonces se compromete a una solución a corto plazo?
—Se va a trabajar en el asunto. Tienen que llegar las platas y partiremos con la remodelación.

—¿Y qué van a hacer con el muelle Vergara?
—Es de la Armada, no nuestro. Hicimos un estudio y se necesitan tres mil millones de pesos para arreglarlo. Mi idea es hacer allí un paseo, con escaños, flores y sectores para pescar. Nada de restoranes.

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