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Personajes

La desconocida vida del capitán

Constantino Kochifas

Por: Rodrigo Barría

De niño pescador a capitán de imperio naviero. “No quiero ser el más rico del cementerio”, decía. Por eso comía bien, bebía mejor y manejaba buenos autos. La historia del marinero que murió como quiso: en la cabina de mando navegando por los canales que él mostró al mundo.

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De niño solía ir descalzo a la escuela y comenzó a trabajar a los 13 años. Armaba redes y pescaba merluzas, toyos y calamares. Conoció la Laguna San Rafael en 1962, pero sólo inició los viajes turísticos al lugar en 1976. Hoy, quien partió con un simple bote artesanal deja como legado a Naviera y Turismos Skorpios S.A., un conglomerado compuesto por barcos, astillero, maestranza, terminal de pasajeros y cerca de 450 empleados que ahora seguirán bajo el mando de su viuda y el resto del clan.

La mitad de la vida de Constantino Kochifas Cárcamo transcurrió arriba de un buque, enfrentando el agite de las olas. “Fue la parte más feliz de su existencia”, dice todavía apenada Ana María Kochifas, la hija mayor y gerenta general de Skorpios.

En esas primeras travesías —entre Puerto Montt y Puerto Chacabuco, en naves cargadas de abarrotes de ida y mariscos de regreso— el marino mercante nacido en la isla chilota Chauques no tenía más remedio que añorar a su familia —esposa y seis hijos— a la distancia, condenado a la soledad y fiereza climática de los canales sureños.

En Puerto Montt, en el sector de Chinquihue, en una casona grandota hecha de madera, era su mujer, Noemí Mimí Coñuecar, la que se encargaba de cuidar a la extensa prole conformada por Constantino, Luis, Ana María, Katina, Isabel y Watfa.

“Mi mamá golpeaba la mesa con una cuchara de palo. Podía hacerlo diez o veinte veces. En cambio, una pequeña llamada de atención del papá bastaba para ordenarnos. La sanción eran las palabras que te decía. Esas dolían profundamente porque uno sentía que le había fallado”, recuerda Ana María.

capitan+mujerNo les iba especialmente bien en el colegio a los niños, pero el padre insistía en recordarles que como herencia no les dejaría dinero ni barcos, sino un título. Ana María, por ejemplo, no lo obtuvo. Kochifas le señaló: “Hazte cargo de la oficina en Santiago. Demuéstrame que eres capaz de salir adelante o, de lo contrario, te vuelves a Puerto Montt junto a la nana para ayudarla en los quehaceres del hogar”.

Perceptivo y astuto, no obligó a nada, pero siempre intuyó las habilidades de sus críos y así los fue encauzando para que se fueran vinculando con la empresa. Claro ejemplo fue lo que pasó con Katina, a la que puso a estudiar navegación. Así se hizo piloto de barco. Algo parecido fue pasando con los otros herederos, que terminaron relacionados desde distintos frentes al negocio familiar.

APENAS UNA VEZ A LA SEMANA VEÍAN A SU PADRE. Constantino llegaba temprano, compartía el día entero, y por la noche volvía a encaramarse en un buque. Muchas veces, en un vivero, y con los productos que traía desde Puerto Chacabuco, se llevaba a sus hijos para que armaran cajones y seleccionaran los mariscos que después partirían rumbo al Terminal Pesquero de Santiago.

En la casa todo transcurría alrededor de una mesa copada y bulliciosa. Por ella pasaban corderos, curantos y spaguetti al cartoccio, uno de sus platos predilectos. Siempre acompañado de vino y una buena copa de whisky, ojalá un Swing de Johnnie Walker, su preferido.

Los Kochifas eran una familia de clase media en Puerto Montt. En Navidad, por ejemplo, los niños no recibían regalos, sino galletas de chancaca y jengibre que hacía la mamá. Bicicletas nunca tuvieron. Y, más que ropa, la prioridad en la casa era que el refrigerador estuviera siempre copado de comida.

Sí había un gusto que se daban: ir a un local de Puerto Montt y compartir juntos un helado de vainilla de máquina.

Las vacaciones de verano eran donde los abuelos en Chiloé. Nada de arrendar una cabaña en la playa o cosas por el estilo. A lo más, alguno de los hijos podía acompañar al papá en uno de sus viajes en barco.

Los libros eran su verdadera pasión. De hecho, en los reducidos espacios de los barcos, Kochifas se las ingenió para hacer diseños —especialmente debajo de su cama— con tal de acumular la mayor cantidad de textos. La norma era clara para el marino: siempre tener más libros que ropa.

Constantino Kochifas ejerció su autoridad con decisión. No pegaba, pero su palabra era ley. Lo sufrieron especialmente sus hijos cuando eran adolescentes. Constantino junior solía ejercer de chofer de sus hermanas. Juntos iban a una discotheque en Pelluco. El papá daba permiso de once de la noche hasta la una de la mañana. Más de algún atraso les costó a los adolescentes hasta tres meses sin salidas.

capitan+familiaEl patriarca no se metía mucho con las parejas de sus hijos. Solía decir: “Ustedes sabrán elegir. Lo único que les exijo es una esposa o marido trabajador y que los respete”.

Pese a que era fumador y solía pedir cigarros a sus hijos, éstos jamás se atrevieron a encender uno delante de él. Ni siquiera en una animada y regada sobremesa.

POCO HABÍA DE TRADICIONES GRIEGAS EN LA CASA de los Kochifas, salvo algunos postres. En realidad, la expresión más nítida era el bullicio de una mesa atestada de comida. Abundancia y ruido, muy parecido a lo que deja ver la película Mi gran casamiento griego. En realidad, Kochifas se consideraba a sí mismo un chilote y por eso sus costumbres y gustos giraban en torno al curanto, los pescados, mariscos y las papas. Eso, más una fecha que era ineludible para él: el 30 de agosto, celebración de la fiesta del Cristo Nazareno en la isla Caguach.

Querendón de la tecnología, el patriarca no les hacía el quite a los nuevos avances. De hecho, solía llevar la delantera en muchos aparatos que, primero los probaba y sólo después pasaban a los hijos. Por ejemplo, se manejaba bien con su computador —donde sus íconos preferidos eran CNN y el tiempo—, con su blackberry y un moderno GPS que instaló en su auto para no perderse en sus traslados por Santiago.

Fue a Europa, a Grecia y a Estados Unidos, pero pese a que sus hijos se lo propusieron, jamás se animó a hacer un crucero por Alaska y menos una ruta por el Caribe.

Hombre de gustos refinados, si viajaba lo hacía en primera clase, dormía en hoteles cinco estrellas y comía en estupendos restoranes. También solía comprarse la última cámara fotográfica y la mejor de las filmadoras. Amigo de los casinos —especialmente los tragamonedas—, en Puerto Montt manejaba un Mercedes Benz, mientras en Santiago un Audi. Y le encantaba regalar televisores plasma a la parentela. ¿Su gusto personal preferido? Los perfumes.

No escondía su dinero. No ostentaba, pero disfrutaba su fortuna con una frase aclaratoria: “No voy a ser el más rico del cementerio”. Con todo, igual seguía yendo al supermercado para hacer personalmente las compras de la casa y las que iban a dar a las cocinas de sus cruceros. Solía ir con su maestro de cocina y juntos definían las provisiones familiares y de los barcos.

capitan-300Sus hijos aseguran que el capitán tenía importante arrastre con las mujeres. “Era picarón, pero sano. Se dejaba querer”, recuerda Ana María. Kochifas decía que, como lo conocían en muchas partes, no se podía portar mal. Eso, más la “marcación” cercana de la señora Mimí, ayudó a construir una relación que duró 53 años.

Lo estricto que fue con los hijos se convirtió en relajo para sus nietos. A todos les regaló un computador. También una cámara fotográfica. Y estableció una tradición: a cada nieto nacido el abuelo le hacía un cheque de un millón de pesos para que le abrieran una cuenta de ahorro personal. Y en los cumpleaños firmaba otro por cien mil pesos para que lo depositaran a nombre del niño. Los 19 nietos eran su máxima felicidad. Por eso, los buques de carga de Kochifas llevan sus nombres. De hecho, hay dos de ellos que trabajan hoy en las empresas.

SE FUE RETIRANDO DE A POCO, TAL COMO LO HACE LA MAREA: casi de manera imperceptible. Llamaba a diario a hijos, yernos y nueras. Preguntaba distintos aspectos de la empresa, pero dejaba que fueran ellos los que decidieran. El sólo quería navegar tranquilo, instalado en su querido puente de mando.

Hasta sus últimos días se dedicó a aprender. Tras el terremoto, estaba fascinado con la geología y las placas tectónicas. Eso, más los astros, navegación y naturaleza copaban sus temas de conversación. ¿Política? Nada. “Total, el presidente que esté igual me tengo que levantar temprano a trabajar”, decía.

El capitán murió embarcado. Era de noche y, como siempre, iba al mando de su nave en medio de sus queridos canales australes, con su típico gesto del dedo pulgar alzado en señal de “todo bien” y un pisco sour por ahí cerca.

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