Especial HOMBRES. Ricarte en pie de guerra
Exclusivo, escribe para Caras
Fotos Ari.
En seis capítulos y en primera persona, el periodista Ricarte Soto relata su feroz cambio de vida a partir del diagnóstico de cáncer al pulmón. La traición del cuerpo, el golpe al ego, la reacción de sus compañeros en la TV, sus propios miedos y más… con su particular e irónico estilo.

Coincidencia
Cuando en mayo enteré 58 años, empecé a caminar como la Pequeña Gigante. Una profunda excavación me aligeró de varios pedazos del cuerpo, pero desde ese día, cada vez que intento elevar los brazos, siento que los liliputienses me tiran las cuerdas poniendo límites a mis movimientos. En tres meses, el malestar debería desaparecer, así como el ojo cheuto que adorna mi cara de Droopy. No recuerdo haber leído en ningún horóscopo que este año Tauro chocaría con Cáncer.
La traición de la izquierda
Como no soy creyente, desde el instante en que me anunciaron que tenía un enemigo interior, sólo confié —como siempre— en la razón, el amor de mi mujer y de mi hija algodón, así como en la ciencia. Más que un mazazo o una sorpresa, experimenté una rabia indescriptible. Hace diez años dejé de fumar y me someto periódicamente a controles. Pese a todo, en doce meses, entre un escáner y otro, apareció el tumor traidor. El hallazgo fue en el izquierdo, el mismo donde hace una década me habían encontrado un nódulo benigno y noble como ese que extrajeron recientemente al rey Juan Carlos. La situación me convenció de que esos lóbulos de izquierda eran un lastre y por eso, cuando me propusieron arrancarlos de cuajo, asentí sin chistar, mientras también pensaba que a lo mejor ya era hora de ‘operarme’ de todo lo que tenga que ver con ese lado, incluido el político. ¿Para qué sirve una izquierda estéril cuya imaginación apenas le alcanza para contener a la derecha?
Alfombra roja
Como otros, antes de ingresar al quirófano fui sometido a una serie de exámenes. Para esos menesteres, el comentarista del Buenos días a todos que llegaba en victoria a la gala del Festival o en carreta a la Estación Mapocho para recibir la corona de Rey Guachaca, tuvo que bajar a una silla de ruedas para circular vestido con una ridícula pero funcional bata, más un par de coquetas pantuflas con las siglas de la Clínica Santa María. A bordo de ese vehículo recorrimos decenas de pasillos. Durante mi involuntario exhibicionismo, tanto pacientes como visitas miraban incrédulos, sin poder asegurar que ese ridículo era el mismo opinólogo que se aparecía en sus pantallas.
En esos trámites tuve mi primer frente a frente con la ingeniería del cáncer, un episodio que me angustió porque, por primera vez, tomé conciencia de que estaba en algo serio. En una ambulancia salimos hacia la Fundación Arturo López Pérez para un examen atómico: el PET. Con algo llamado positrones medirían la actividad metabólica de las células. Ahí en la FALP, también pude ver la sorpresa de mucha gente al divisar a un tipo de la tele con cara de transitar hacia el cadalso.
Al cabo de unas horas, me dijeron que todo estaba bien. ¿Bien? No hay otra actividad así que despejada esa interrogante estamos listos para la operación, respondió una blusa blanca. ¿Y usted sigue diciendo que estoy bien? De a poco aprendí que en el cáncer, la línea de separación entre los buenos y malos augurios es un espejismo.
Dr. House
Un broncopulmonar y dos cirujanos son los que me introdujeron a este mundo del desagüe de pulmón, costillas y otras menudencias. Juan Carlos Carvajal es como House. Frente a mis preguntas sobre las posibilidades de recuperación me hablaba de Kant, Nietzsche o Borges. Gracias a su humor cáustico, entendí que estaba a punto de comenzar a caminar por el absurdo sendero de pretender tener certezas con respecto a la vida. ¿Qué cambia el cáncer frente a ese misterio? Absolutamente nada. Veo desfilar a todos esos que súbitamente mueren en una avenida o caen de un balcón estrellando su último soplo en una acera y ninguno de ellos tenía un cangrejo. A este aprendizaje contribuyeron los cirujanos Claudio Suárez y Rodrigo Aparicio, que respondían de otra manera. Suárez decía palabras tranquilizadoras, pero mis propios demonios me hacían dudar porque a veces creía que detrás de su optimismo estaba escondida mi fosa. Durante mi estada en la UTI y la UCI, donde las amigables enfermeras me vigilaban día y noche, decidí salir de esa prisión de la incertidumbre que había cimentado con mis sacos de miedo. No preguntaré más nada, salvo lo que sea razonable.
Libro de visitas
Estoy en el post-operatorio y me siento como un viejo gato magullado. No hay dolor sino molestias porque el cóctel de analgésicos ha funcionado muy bien. Una enfermera anuncia que Eduardo Frei y Marta Larraechea desean verme. Ingresan y se me escapan unas lágrimas cuando me tienden la mano. Fue una sorpresa aun cuando en mis breves encuentros anteriores había adquirido la certeza de que eran seres de gran calidad humana.
En radio Cooperativa, en una entrevista, Rodrigo Hinzpeter pide unos segundos para enviar un saludo a mi señora en estos momentos difíciles. Mi lado huraño comienza a trastabillar, mientras proceso que todas esas mañanas en siete años de Buenos Días a Todos me han llevado a pertenecer a un espacio público del cual, aunque quiera, ya no podré escapar. Alcanzo a recordar los mensajes, llamadas y conversaciones de Don Francisco, Camiroaga, Salosny, Tonka, Bernardita Ibieta, Diana Bolocco, Eduardo Fuentes, Tondreau, Argandoña, Daniel Sagüés, MEO y la Karen, Araneda, Mónica Pérez o Jackie Cepeda. Juan Manuel Astorga, mi fiel periodista de los tiempos de la radio Monumental, también está ahí.
Aún tenía facha de picle, como me dijo el doctor Suárez porque no me había lavado la cabeza, cuando llegó Mauricio Correa. Me brindó una clase magistral sobre el imperativo de esquivar los lamentos ajenos y olvidarme de seudoinvestigaciones en internet, así como tomar a la quimioterapia como una aliada, aunque me haga vomitar y gemir de fiebre. Anoto mentalmente todas sus recomendaciones porque vienen de un veterano de esta guerra. Correa más el Tata Díaz y Gustavo Careaga integran lo que denomino como el triunvirato del Buenos Días a Todos, y así llegaron a la clínica. Pero con cada uno, por separado, mantengo una relación de especial afecto. Un domingo a las tres de la tarde, asoma María Elena Wood, directora subrogante de TVN. Con exquisita suavidad me habla de mi energía como una pila que debo cuidar y cuando se va, pienso en su delicadeza de visitarme en lugar de dormir su merecida siesta dominical. Fernanda Hansen también me dedicó un atardecer invitándome a su casa para charlar con su padrastro, el doctor Regonesi. ¿Cómo se hace para recibir tanto afecto?
El exorcista
El lunes 10 de mayo me encamino hacia mi primera sesión de quimioterapia. En mi cabeza ronda la advertencia de Correa de que hasta puede llegar a doler el culo. Por mi cuenta, paulatinamente he aprendido de oídas una serie de términos que antes ignoraba porque sentía temor de acercarme al cáncer, incluso a través de la palabra. Me enteré de que hay muchos tipos de células malignas, como las escamosas, a las que dibujo con una cabeza negra, con forma de alien, trepanando mis órganos. Mi oncólogo Cristián Carvallo ignora que lo veo como a Max von Sydow en El exorcista. En lugar de cruces, Carvallo me clava un catéter en las venas que distribuye el veneno que debe expulsar a las endemoniadas de mi cuerpo traicionado. De vuelta a casa, otra coincidencia. En el buzón me encuentro con la última edición del semanario francés El Observador, cuya portada está consagrada a un célebre oncólogo galo y sus descubrimientos sobre los alimentos anticancerígenos. Desde ese día, consumo alcaparras a todas horas, incluso como mermelada para untar el pan del desayuno. En la espera de la segunda sesión descubrí lo que quería decir Correa con ir al baño y aullar de dolor. En el intestino, las drogas forman enormes rocas parecidas a la kryptonita y por eso bebo cucharas de vaselina. En mis esporádicas salidas, en el Boulevard del Parque Arauco, un pastor me pide permiso para orar por mi sanación. Para agradecer a esos creyentes que ruegan por mí, acepto de buena gana. Y ahí quedé, parado en medio de todo y todos, con un pastor apoyando su cabeza en mi hombro izquierdo, clamando hacia el cielo por la expulsión del cáncer.
Muchas veces pienso en los que deben esperar y juntar la chaucha para acceder a este tratamiento, pero no me siento culpable de haber suscrito un seguro de salud total en la CSM porque los tratamientos son un derecho tan humano como universal.
Entre pocas náuseas y mucho cansancio, sigo esperando que las drogas coincidan con las escamosas y las aniquilen.
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