El juez del 13
Pablo Honorato
Lleva más de treinta años cubriendo tribunales. Presenció ejecuciones, asegura que no fue “amigo” del gobierno militar y que lo peor que vio fueron las fosas de Pisagua. También critica que Teletrece haya cambiado experiencia por juventud.

Pablo Honorato Mazzinghi camina por el pasillo central del terremoteado edificio de los Tribunales de Justicia. Sobre sus gélidas baldosas, los pasos del eterno reportero de Canal 13 son cortos y su largo abrigo azul no hace más que darle un aspecto seriote, como de viejo magistrado. Abogados y jueces lo saludan con familiaridad. Algunos juristas le consultan por el estado de las causas y en la calle se le suele acercar gente para que le recomiende algún buen defensor.
Creció en el sector de El Llano, en Gran Avenida. Su padre, Juan, fue un destacado reportero cercano a la izquierda que ayudó a crear la Escuela de Periodismo de la U. de Chile, impulsó instancias como el círculo de su gremio y fue relacionador público de la Contraloría. Su madre, Yolanda, fue una dueña de casa que alguna vez trabajó como administrativa en la Posta Central. Honorato —el menor de dos hermanos— era inquieto y extrovertido. Buen alumno, practicó fútbol como arquero y fue un tipo de éxito con las mujeres.
Criado en una casa que solía estar copada de intelectuales y periodistas de la vieja guardia, cuando Pablo Honorato salió del Instituto Nacional tuvo en mente dos posibilidades: estudiar Derecho o ingresar a la Fuerza Aérea para ser piloto de guerra. Al final, la herencia del padre hizo que entrara a periodismo. Ahí fue compañero de Mónica González e Italo Passalacqua, entre otros.
Empezó a trabajar de manera simultánea en El Mercurio y Canal 13, doble militancia que mantuvo durante catorce años. Al final, se decidió por la televisión.
Honorato —61 años, dos hijos, anulado y ahora en pareja hace unos años con Cecilia Martínez— se acomoda en un atiborrado y bullicioso café en las cercanías de los tribunales. Pide un expresso chico mientras una muchacha con vestido azul mínimo se pasea entremedio de las mesas.
—Siempre se le ha visto como un periodista cercano al gobierno militar. ¿Fue así?
—Nunca tuve un cargo y jamás me ofrecieron nada. Mira, un periodista debe tener buenas fuentes en gobiernos de derecha, de izquierda, con militares, democráticos y no democráticos.
—Pero sí apoyó el golpe…
—Apoyé el gobierno militar en las cosas buenas que hizo, que fueron varias, especialmente en la parte económica. Lo que hay que reprocharle es el tema de los derechos humanos.
—Lo curioso es que usted votó por Allende…
—Efectivamente, voté por Allende.
—¿Y por qué se le asocia con el régimen?
—Muchos lo hacen porque piensan que fui amigo de personajes como el general Contreras. Lo aprovecho de aclarar: yo no lo conocí nunca mientras estuvo en la Dina. ¡Jamás! Lo ubiqué a través de Manuel Contreras hijo, a quien le comenté el interés que tenía de entrevistar a su padre a propósito de la aparición del Informe Rettig. A los dos días me llamó el general Contreras aceptando, eso sí, con la condición de que la entrevista fuera en directo y sin cortes. Y así fue: duró 45 minutos y fue una conversación de meta y ponga.
—Pero como reportero de tribunales imagino que debió saber de las violaciones de derechos humanos antes que el resto de los chilenos…
—Fíjate que no. Era un asunto muy cerrado. Ni los ministros sabían. Cuando se hacían las consultas respectivas, el Ministerio del Interior decía que la persona no estaba detenida. Y hasta ahí quedaba el asunto. Conversábamos con gente vinculada al tema de los derechos humanos, se sospechaba del asunto, pero abiertamente no había nada.
—¿Y qué pasaba, por ejemplo, cuando llegaba a los lugares de los supuestos enfrentamientos?
—Bueno, pasaba que los hechos estaban consumados. Ya estaba todo arreglado. Me acuerdo que uno trataba de entrevistar a gente de las casas vecinas y nadie se atrevía a hablar. Y aparecía la información oficial de los organismos correspondientes y uno debía atenerse a lo que ellos señalaban.
—¿Quiere decir que eran tan engañados como el resto de la opinión pública?
—Claro que sí. Hubo muchas cosas que nunca supimos. Esa es la verdad.
Honorato, eso sí, no niega que los periodistas de entonces hayan sabido más de lo que aparecía en los medios. “Lo que pasa es que en situaciones de excepción al final también termina por imponerse la autocensura. Hubo casos que conocíamos y que no se mostraban”, reconoce.
“No hay que olvidarse de que en el canal había censores que se encargaban de revisar las cintas que iban a salir al aire. Eso fue muy fuerte. Es fácil hablar ahora en una situación de normalidad, pero fue una época muy complicada”.
—¿Había censura en los tribunales?
—Más que censura lo que pasaba es que no había información. Cada uno de los que cubríamos el sector debíamos arreglarnos a través de nuestros propios contactos. Los jueces eran reacios a hablar. Era impensado, como suele hacerse ahora, acercarse a alguno de ellos en los pasillos.
—De los casos de violaciones de DD.HH. que se produjeron en esa época, ¿cuál lo impactó más?
—Las fosas comunes en Pisagua. Fue impresionante ver a esa gente amarrada y vendada. Fue algo que me tocó cubrir y resultó muy fuerte.
—Y de personajes como el Guatón Romo, Alvaro Corbalán o el Mamo Contreras, ¿cuál fue para usted el más siniestro?
—Romo. Para él, el tema de la tortura era una cuestión normal. Fue informante, delator y un fanfarrón. Trataba de llamar la atención y ser más de lo que era. Recuerdo que cuando lo entrevisté en su vuelo de regreso a Chile desde Sao Paulo me hablaba de Colo-Colo. No le preocupaba nada.
—¿Fue cercano de alguno de esos personajes?
—Nooo… Los conocía y muchas veces hablábamos por teléfono. Almorcé con alguno, pero era para conseguir datos o porque ellos me llamaban para darme información.
—¿Qué sensación tiene del actuar de la justicia durante el régimen militar?
—Llegó hasta donde pudo llegar nomás.
—¿Hasta donde pudo o hasta donde quiso?
—…Hasta donde quiso. Pudieron haber hecho mucho más.
—¿Les faltó coraje?
—Sí.
—¿Y al canal y a usted?
—Era muy difícil con el censor que había. Así y todo fuimos los primeros en entrevistar a un abogado de derechos humanos. ¿Y yo? Era un simple empleado, no el dueño ni el editor. Claro, visto ahora podría haber hecho más, pero no había posibilidades ni medios para hacerlo.
A COMIENZOS DE LOS ’70 FUE AMENAZADO, pero no por un tema político. Cubrió un caso que conmocionó a la opinión pública: al interior del Estadio Español, un tipo asesinó a una muchacha. Honorato vio al homicida en la cárcel y éste lo reconoció. Al mirarlo, le dijo en tono amenazante: “Cuando salga, lo primero que voy a hacer es matarte”. Al poco tiempo el asesino se fugó. Honorato, por primera vez, tuvo miedo de verdad, pero la policía no demoró mucho en volver a atrapar al criminal.
Al periodista del 13 lo han insultado en la calle, pero nunca han llegado a golpearlo. Sólo una vez, uno de sus hijos tuvo protección policial durante unos días. Honorato no ha tenido resguardo, pero ha tomado precauciones como cambiar recorridos o cosas por el estilo.
—Usted en otro país estaría muerto hace rato…
—Absolutamente. En un país como Colombia, es muy probable que estaría muerto.
—Con tantos años en policía y tribunales, ¿alguna vez ha debido pagar algún parte o ha tenido líos con la justicia?
—Debo confesar que me he sacado dos o tres partes en mi vida. Nada muy grave tampoco, como estar mal estacionado o cosas así. Y problemas judiciales no he tenido nunca.
—Y si tuviera, ¿a qué abogado contrataría?
—Hay muy buenos penalistas en Chile: Alfredo Etcheverry, Juan Pablo Hermosilla, Alfredo Morgado… Es usual que la gente en la calle me pare y me pide que le recomiende alguno. Pero no lo hago.
—Usted siempre quiso hacer un programa de entrevistas de actualidad. ¿Por qué Canal 13 nunca se entusiasmó con la idea?
—Una vez hicimos un programa que se llamaba Crimen y misterio. Duró una temporada y le fue bien. Pero no se repitió. Me gustaría que se aprovechara mi experiencia.
—¿Y por qué el canal no lo hace?
—Es algo que también me pregunto. Hasta ahora no he tenido respuesta.
—¿Qué sensación le da que a Teletrece le vaya tan mal?
—Me preocupa mucho. No hacemos un mal noticiario, pero creo que hemos perdido credibilidad. Fuimos líderes por muchos años. Nuestros periodistas eran conocidos, cercanos a la gente. Era un equipo muy afiatado y eso se perdió. De esos periodistas sólo quedo yo. Ahora la gente es joven. Se pasó de la experiencia y los años a la juventud y el ímpetu. Y ahí están los resultados… a la vista.
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