El otro Piñera, parte 2
Personajes
Es de noche y Belén duerme en la pieza. Piñera, en cambio, está despierto. Cerca de la medianoche está en Las Cabras, un atestado restorán en Palermo. A un par de cuadras está Makena, un afamado sitio donde bandas emergentes y consagrados de la escena musical trasandina tocan en vivo. Piñera escucha mientras prueba un Cuba libre. De pronto aparece en escena Juanse, vocalista de los Ratones Paranoicos, considerados los Rolling Stones argentinos. Son pasadas las dos de la mañana de un miércoles. En eso, ya sin aguantar una espalda que apenas lo puede mantener en pie, el Negro sale del boliche, toma un taxi y se va sin que nadie se entere.

Miguel Piñera se mueve solo por la capital argentina. Lo llamaron de la embajada y hasta le ofrecieron un auto para que se traslade, pero lo rechazó porque sabe que lo ven con lupa y que cualquier condoro rebotará con fuerza en La Moneda. “Papito, ahora para hablar con Sebastián debo pasar por su secretaria. Pero igual él después me devuelve el llamado en la noche”, explica mientras intenta comunicarse con la sede de gobierno.
Los ensayos le han impuesto un diurno estilo de vida. En los primeros días en Buenos Aires se le ve con sueño, adolorido, incómodo… “Es que echo de menos mi casa, los amigos y mis locales. Extraño mis autos y motos. Acá no conozco a nadie, me tengo que mover en taxi, no me ubico y hay muchos tacos”. Es jueves y Piñera va rumbo al Club Social Villa Crespo, donde practicará los primeros pasos de baile. Belén lo acompaña y le lleva un pequeño bolso deportivo. En una sala grande con piso de madera y espejos por todos lados lo saludan Anita y Cynthia, las dos bailarinas a cargo de ponerlo en forma. Anita —que será su pareja en el programa— es una mujer de 21 años, menuda, rubia, de cara angelical y cola de infarto. Hay química inmediata. Las chicas se ríen con las bromas del Negro.
El primer ritmo que le toca bailar es reggaetón y la canción elegida es La vecinita. Piñera ensaya con su inseparable boina y una faja que Belén le acomoda con fuerza y cuidado. Se cansa rápido. La canción dura apenas un minuto 40, pero él hace varias pausas. Su táctica para descansar es simple: A ver, muéstrenme ustedes cómo es el baile completo para que así me pueda hacer una idea. Al poco rato, sin sudor, pone fin al ensayo, se despide, invita a las bailarinas a Chile cuando termine el programa y se toma rápido una botella de Gatorade.
—¿Qué opinó el Presidente cuando le contaste la idea de venir a Argentina?
—Bueno, que si servía para mostrar mi música y era responsable, no había problema.
—¿Le avisaste o pediste permiso?
—Le dije: Hermano, tengo esta oferta. El averiguó un poco, me llamó de vuelta y me dijo que lo hiciera. Eso sí, estando a la altura. Se encargó de recordarme que la responsabilidad de ser hermano del Presidente no es menor.
—A propósito del Presidente, ¿qué te ha parecido lo que va de gobierno?
—Han sido momentos muy duros por el terremoto y por eso enfrenta un tremendo desafío. Hay que darle más tiempo, pero se han sacado los zapatos trabajando. A Sebastián lo admiro.
—¿Hay algo de lo que has visto hasta el momento que no te haya gustado mucho?
—Quisiera que la ayuda al sur fuera un poco más rápida. Viene el invierno y la gente necesita un techo. No ha sido culpa del gobierno o de Sebastián, son muchos los afectados. Pero lo están haciendo y, de que lo van a lograr, no tengo la menor duda.
—El Presidente dijo que en 20 días habían hecho más que en 20 años de la Concertación. ¿Estás de acuerdo?
—Fue malinterpretado, por eso no me atrevo a decir que Sebastián se haya equivocado. ¡No se pueden comparar 20 días con 20 años! No tiene ninguna lógica. Mira, no tengo opinión al respecto. ¡Paso! (y larga una risotada antes de meterse en más problemas con su respuesta).
Piñera termina el ensayo y parte a Este es el show, un programa de televisión de media tarde que mezcla farándula y diversión. Ahí, él aparece entre humo, luces y baila con los animadores. Por supuesto, también aprovecha de entregar un par de copias de su disco a los presentadores.
Su espalda lo tuvo a maltraer e hizo peligrar su participación con Tinelli, pero está de vuelta. El Negro aletargado de los primeros días ha dado paso a un tipo que se acuesta a las 21:00 horas y se levanta a las nueve de la mañana. ¡Insólito!, su día parte con un poco de gimnasio y de ahí ensayo. Tiene de vecino en el hotel a Lorenzo Lamas y sus apariciones en programas y entrevistas en medios trasandinos se han multiplicado. “¡Se acabó la noche para el Negro papá! Me cambió la vida: antes era opus night, y ahora opus day”, lanza renovado y con algunos kilos menos en su barriga.
—¿Parece que es buen negocio estar en el programa de Tinelli?
—No te voy a decir por cuánto negocié, pero sí pagan muy bien. En todo caso, no vine a Argentina por plata. En mi vida he tenido más de 20 boliches y por suerte me ha ido bien. Tengo una situación económica estable.
—A propósito de platas, ¿puedes aclarar de una vez si tu hermano te mantiene?
—Es un mito, totalmente falso.
—¿No te da un peso entonces?
—En absoluto, no tengo necesidad porque siempre he trabajado. La gente me ve carretero, con el pelo largo y arriba de la moto y por eso dicen el Negro es aquí o allá, pero me gano la vida cantando cuatro veces por semana, en mis boliches y en otros locales del país. Gracias a Dios no he tenido que pedirle plata a Sebastián.
—Como sea, tienes claro que muchos creen que eres mantenido…
—He jugado con eso, nunca lo he desmentido. Ahora aprovecho de hacerlo. Algunos lo pueden pensar, pero es cosa de ver que todos mis boliches han tenido éxito. He vendido la franquicia de los locales y a muy buen precio. Me ha ido bien y no he tenido necesidad de recurrir a Sebastián. Con Tinelli, por ejemplo, les cobré caro para que me dijeran que no, pero al final me dijeron que sí.
—Tu relación con el Presidente es especialmente cercana…
—Es un hermano muy protector. Me cuida, me llama, me pregunta cómo estoy con la Belén…
—¿Y tu vínculo con Cecilia Morel?
—La Cecilia es encantadora. Tengo buena onda con ella. Los dos son como mis papás.
—¿Alguna vez se han cabreado de ti?
—Nunca. Ni mi mamá me retaba. Lo que sí hacen es aconsejarme y decirme Negro, cuidado, ándate por acá…
—Raro que nunca se hayan enojado…
—¡Es que nunca me he mandado un cagazo!
—¿Nunca? Extraño, porque se te asocia a carrete duro, alcohol y también drogas…
—Completamente falso. Cuando joven me fumé mis pititos, pero soy súper sano. Me tomo un whisky en la noche y en el día no bebo nada. No tengo vicios. Ni siquiera fumo. Soy mucho más sano de lo que la gente cree.
BELÉN HIDALGO LE APORTA TRANQUILIDAD, reposo e incondicionalidad. Es una suerte de madre-nana-señora que se preocupa de atender a un hombre que después de seis años sigue loco por ella. A veces ni duermen juntos. De hecho, en la pieza del hotel Belén arma una cama en la sala de estar. El Negro, con sus horarios cambiados y manía de no dejar de contestar llamados a cualquier hora, hace que su mujer prefiera descansar a unos metros de distancia. Ella es su tercera mujer. En los setenta estuvo casado con una estadounidense llamada Elena, y a fines de los ’80 con la chilena Ximena Salazar. Belén tenía 21 cuando llegó a Viña de vacaciones. Fue en la discotheque del casino donde conoció a Piñera. Se enamoraron y el 2004 se casaron. Los celos de él casi acabaron con el matrimonio. Fue ella la que se puso firme y no permitió más el fiero cerco que él le imponía. La argentina también se dedicó a ahuyentar a los amigos que no creía apropiados para su marido. Hasta ahora no coinciden en la idea de tener hijos.
En su dormitorio, Miguel toma algunos remedios y se tira vestido sobre la cama. La luz en la habitación es tenue y el aire acondicionado refresca a un hombre que siempre anda acalorado por la vida. Sin boina, quejumbroso, en calma, abre una pequeña puerta que va a dar a su mundo más personal.
—¿Cuáles son tus momentos de intimidad?
—Cuando estoy con mi almohada. Ahí me dedico a pensar. Hablo con mis viejos, a los que extraño mucho. Además, desde mi cama en el departamento en Santiago veo a la Virgen del San Cristóbal, donde están las cenizas de mi mamá. Cada vez que la miro me acuerdo de ella. Ahí le hablo. Soy sentimental.
—No lo parece...
—Lo soy. Y se nota, por ejemplo, cuando veo una película o alguna injusticia en televisión.
—¿Rezas?
—No, pero sí converso con Dios. Tengo buena onda con el jefe.
—¿Tienes miedo de morir, por ejemplo?
—Lo que tengo son ganas de vivir cien años más. Me hago chequeos dos veces al año. Mi único problema son los kilos de más. Te confieso que no tengo miedo a morir. Hay papurri para rato.
—¿Y cuando mueras, te irás para arriba o para abajo?
—Creo que en mi vida he actuado bien, he sido una persona correcta. Me merezco el cielo.
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