Cuca de tomo y lomo
Gladys González
Fotos Pía Vergara
Su padre la abandonó en un orfanato. Su marido la dejó por ‘‘una de 17’’… Y Gladys González, lejos de su madre, no sólo se hizo cargo de su vida y la de sus dos hijos: levantó su propio ‘imperio’, tiene 600 empleados y un olfato innato para los negocios.

Son las cuatro de la tarde y la parrillada Donde la Cuca de avenida Departamental, ese enorme local para dos mil 500 clientes, despide los últimos comensales. Las brasas del enorme fogón se van apagando y el personal comienza a prepararlo todo para la avalancha que caerá por la noche…
En una sala privada del restorán —con una mesa redonda para seis, pantalla grandota de LCD, aire acondicionado y unas fotos familiares en las paredes—, Gladys González recibe y hace llamadas con sus dos celulares: uno que la ha acompañado por largo rato y un ondero iPhone que recién empieza a descubrir con cierto recelo.
Dueña de cinco parrilladas, cinco discotheques, tres colegios, una constructora, un hotel, un edificio de departamentos, la Cuca comanda un escuadrón de 600 empleados. Y a su ‘imperio’ agregará pronto la venta de autos chinos.
La mujer de 63 años y dos hijos duerme poco y trabaja mucho. Ha sido así desde siempre, desde que su madre, separada, no se la pudo con sus críos, buscó ayuda con la familia y terminó dejando a Gladys y a su hermana en la casa del ex marido, un hombre acomodado que, finalmente, se desentendió llevando las niñas a un orfanato.
Y —como siguiendo ese dicho de que todo lo que no te mata, te fortalece— ella creció fuerte, dura, independiente, emprendedora y esforzada al tope. Puro ñeque. Tanto así, que hoy, cuando ya podría pensar en el descanso, sigue creando negocios, acortando las vacaciones y durmiendo poco. ‘‘Soy buena para trasnochar, nunca me desocupo antes de las 12. Como no tengo gerentes, todos los queques los corto yo”.
Por lo diabla le dicen La Cuca. No es apodo nuevo, sino de niña, cuando jugaba a las bolitas y combatía en guerra de piedras donde solía romperle el mate a más de alguien.
Es una mujer grandota, de sonrisa diáfana y dedos gruesos, plagados de anillos. En su cartera siempre hay un montón de papeles. Dos días se demora en ir descartando los temas que le interesan de los intrascendentes. Cuando termina, vuelve a cargarla con más documentos de todo tipo. Anota precios y datos en servilletas. Estaba dispuesta a desembolsar 355 millones de pesos para comprar el club Rangers de Talca, pero la operación falló. ¿Amargada? Para nada. Sólo era una apuesta más en su fértil mente copada de ideas comerciales.
—¿Ha fracasado rotundamente en algun negocio?
—Si po’h, aunque para mí no son fracasos, sino equivocaciones. Lo bueno es que uno aprende para no volver a fallar en lo mismo.
—¿Cuáles son los que más le gustan?
—La construcción. Partí diseñando mi primera carnicería. Tenía 80 metros cuadrados y se me ocurrió ponerle un palo al medio para que pareciera restorán. La primera casa que hice me llega a dar risa, porque quería hacerle un porche y resulta que al final me quedó más grande que el living y el comedor juntos.
—¿Cómo se da cuenta que está frente a una buena oportunidad? ¿Pide informes?
—No. Puro olfato. Y como me gusta la construccón, por ejemplo, si estoy conversando con alguien pongo atención en el lugar y, si me gusta, agarro lápiz, cuaderno y lo dibujo para que no se me olvide. Y si veo un terreno, me fijo en las necesidades a su alrededor.
—Hay distintas versiones sobre donde vive…
—Ni yo sé. Se supone que en Viña, pero no estoy casi nunca. Tengo casa allá, en la Panamericana, un departamento en Santiago, en Rancagua… En todas partes hay ropa. O me quedo en la casa de mi hijo o hija para poder verlos. En otra vida debo haber sido gitana o camionero. Me fascina manejar. Por ejemplo, voy a La Serena y vuelvo en el día. Y llego de lo más bien.
Su padre fue un ferrocarrilero de izquierda que dejó la familia por una mujer menor.
—El fue dirigente comunista y usted adoraba a Pinochet. ¿Cuál es su relación con la política?
—SOY SOCIALISTA DE DERECHA. Defiendo a la gente de mi clase, la clase trabajadora, los C3 y C4 como dicen ahora. Son los que levantan un país.
—¿Y por quién votó en enero?
—Ahhh, eso es secreto (responde con una sonrisa grandota). Si hubiese salido Frei habría estado feliz. Salió Piñera y también estoy contenta. Total, yo tengo que trabajar y ganármela igual, ¿cachai?
—¿Fue muy dura esa historia de abandono infantil?
—Mi papá era un hombre de buena situación, pero igual me fue a dejar a mí y mi hermana a una casa de huérfanos. Si hubiese sido pobre lo habría entendido…
—¿Se reconcilió con él?
—No, nunca. Y menos mal que no está vivo. Tampoco he ido a su tumba.
—Usted ha tenido una vida de sacrificios y carencias, muy distinta a la de sus dos hijos…
—Ellos trabajan conmigo, pero no viven de mí. Ganan un sueldo, no les doy más. Desde chicos los eduqué así. Al Jaime, cuando tenía siete años, lo hacía cuidar autos en la parrillada de Buin. A la Paola la puse de cajera en un supermercado y no la dejaba que fuera a jugar básquetbol, pese a que era seleccionada. Uno no puede criar a los hijos en una burbuja ni enseñarles una vida fácil, porque no es nada de sencilla. Esa es la pelea que tengo por la forma en que están educando a mis nietos… Por ejemplo, al que tiene 12, el otro día lo dejé en la carretera para que cruzara por la pasarela. Pero Cuca, ¿cómo me vas a dejar acá?, me dijo sorprendido. A esa edad yo me ganaba la vida ¡y él no quiere atravesar la calle…!
—¿Es cierto que es tan trabajólica que hasta le da alergia cuando sale de vacaciones?
—Claro. A veces planeo irme por un mes y no duro ni 15 días. Me siento mal.
—¿Sus vacaciones más largas?
—Un mes, el año pasado, en Australia, claro que iba por dos.
—ESTUVO 31 AÑOS CASADA. ¿Fracasó por su manía al trabajo?
—Creo que sí. Lo que pasa es que los hombres quieren atención, son machistas. Pero a veces también me dan pena, se sacan la mugre mientras las mujeres están en el gimnasio, en la peluquería y hablando estupideces.
—¿Valió la pena sacrificar su relación?
—Tuve un matrimonio normal, tranquilo. Pero después me cambiaron por una de 17.
—¿En serio? ¿Y qué hizo?
—Fui a la casa y le pegué un combo.
—A él.
—No, a ella.
—¿Es cierto que le entrega a su ex marido una pensión mensual?
—Exacto. Lo que pasa es que él tenía el diez por ciento de todas las empresas. Debía vender parte de mis negocios para pasarle ese porcentaje. No quise. Preferí una manutención.
—¿Y se da tiempo para pololear o el amor es una cuestión terminada?
—He tenido pinches. El problema es que me gusta ser independiente… Y ellos salen arrancando. Se cansan. ¿Sabe qué pasa? Yo mando y el hombre eso no lo aguanta.
NO LEE NI VE TELEVISIÓN, aunque no se pierde los avisos económicos de El Mercurio, los remates, precios de casas y terrenos. ‘‘La tele me carga. Está llena de puros don nadie que trabajan con su físico. ¿Cuánto dura eso?’’. Tampoco le gustan los autos, pero igual maneja una estupenda camioneta BMW X5 blanca, con la radio invariablemente sintonizada en melodías románticas. ¿Cantantes preferidos? Raphael y Julio Iglesias.
—¿En qué se entretiene, entonces?
—En el casino, jugando cartas: punta y banca, póquer, brisca…
—¿Cuál es su relación con el dinero? ¿Tiene plata para comprarse cosas, para sentir que ha sido capaz de surgir o qué…?
—No te sabría decir. El dinero me sirve para seguir haciendo más cosas. Si quiero hacer un edificio… si se me ocurre hacer una parrilla… Pero soy súper austera… Viajo en clase turista nomás, ¿para qué pagar el triple?
—¿No le gustan las joyas?
—Ah, sí, desde chica me gustaron. Y siempre he tenido las que he querido. El problema es que ahora uno ya no se las puede ni poner.
—¿Vive con una cantidad fija mensual?
—Gasto la plata que quiero nomás, según necesito. Puede que un mes no llegue ni a un millón, pero al otro me gasto diez.
—Con la situación que tiene, ¿le gustaría vivir en La Dehesa?
—No me interesa… Estoy feliz donde estoy, con unos hijos maravillosos y nietos lindos. ¿Qué más le puede pedir uno a la vida?
Envíe su opinión a actualidadcaras@televisa.cl

