El curioso mundo de Federico
El arquitecto estrella de la TV
Federico Sánchez admira y se burla de Santiago en el programa City tour. Ondero caballero, maneja un Smart, demora una hora en vestirse y combina pluma y reloj según la ropa que se pone. No le gusta La Dehesa, las casas Georgian y duda de las mediaguas como mejor opción tras el terremoto.
Fotos Diego Bernales

Aparece en una atiborrada pizzería pasadas las 14 horas y los comensales, por un momento, prestan más atención a esta especie de doctor chapatín estiloso que a sus platos y copas.
Esa tarde lleva unos zapatos como de golfista, pantalón blanco, cinturón multicolor, camisa a cuadros, corbata y una chaqueta escocesa de colores chillones. La fisonomía se complementa con un bastón que ayuda a su cojera —después de un accidente en moto hace unos años—, unos grandes anteojos de marco transparente y una melena larga y canosa. Colgado de su hombro derecho un bolso amarillo fuerte completa el cuadro de un personaje cuya intención, al menos visual, es no pasar por la vida como uno más de la multitud.
Sánchez —45 años, casado, dos hijos y un perro llamado Laucha— es arquitecto, director de la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales, socio director de Idem —empresa de arquitectura, interiorismo y branding—, protagonista del exitoso programa City tour de Canal 13 cable y ahora conductor de Safari urbano en Radio 95.3 FM.
Lo de City tour ha sido sorprendente. Apenas empezó el año pasado y el espacio es seguido por un grupo creciente de fieles que lo han terminado por convertir casi en un producto de culto televisivo. Buena parte del éxito tiene que ver con el propio Federico, un tipo con apariencia de señor antiguo, divertido, sencillo y dicharachero que se encarga de recorrer la ciudad y mostrarla en sus aciertos y fatalidades de manera amena y cercana. Puede admirarse de lo bien logrado del centro cívico o pararse asustado frente a una casa en La Dehesa y decir nunca había estado tan cerca de un monstruo.
Su padre fue ingeniero agrónomo y su mamá dueña de casa. Nació en el campo y siendo niño la familia se autoexilió en Mendoza durante la UP. Allá se fascinó con el gusto trasandino por el automovilismo, el rugby y la costumbre de sentarse en las calles a conversar.
En Sánchez la emoción domina la razón. Más cuando habla de su mujer, Ximena Torres, con la que asegura todavía estar pololeando. Hay admiración, casi devoción por ella. Enamorado y sin saber dónde estaba, partió a Europa a buscarla. Se toparon de milagro en una calle de Florencia. La siguió por Grecia, España, hasta que en Barcelona, se animó a pedirle matrimonio.
—¿Cómo es pasar del anonimato a convertirse en una emergente celebridad?
—Es que sigo convencido que no soy conocido. De hecho, aún me sorprendo cuando alguien me saluda. Igual mi señora dice que es una lata salir conmigo porque siempre me las arreglo para conversar con todo el mundo. Cuando vamos a la playa en Cachagua, me demoro como 40 minutos en llegar a la toalla. Hablo con todos.
—Raro, ya que uno pensaría que le gusta más observar que hablar…
—Sí, es bien loco. Pero me gusta conversar. Aprendo mucho al comunicarme. Además, verbalizando se aclara todo. Siento que si las cosas no se ponen en palabras, casi no existen. De hecho, cuando debo hacer una carta, primero la digo en voz alta y después la escribo.
—Visualmente usted resulta un personaje. ¿Se parece el Federico de hoy al Federico niño?
—Se parecen hasta en lo físico. Siento que no he cambiado, lo que me produce cierta incomodidad, ya que se podría decir que no evolucioné o que desde chico era muy agrandado. Nací en el campo, pero lo único que me interesaba era hacer dibujos, mis autitos, no ensuciarme los zapatos, estar siempre cerca de la casa y cortarme el pelo como Paul McCartney.
—Tiene un auto Smart, veranea en Zapallar, usa ropa con estilo, es canoso pero usa el pelo largo. ¿Siempre fue un tipo ondero?
—¿Ondero…? Me gusta esa palabra. Mira, te voy a decir algo que la gente intenta evitar: Soy ¡enfermo! de pretencioso. Fui lana, pero súper preocupado de las tenidas, después pasé por el new wave…
—¿Y ahora qué es?
—No sé, creo que juego un poco a ser caballero antiguo. Hay gente que cree que mi
pelo es una peluca y que el bastón no es más que un caché. Pero lo aclaro: soy completamente cojo y canoso.
—Parece que la superficie le importa mucho…
—Absolutamente. Te confieso que muchas veces me cuestioné esto de dedicar tanta energía a la apariencia o al fashion. Estoy en desacuerdo con eso de que lo importante es el alma o el espíritu y que lo demás es un envoltorio desechable. La ropa, al final, es un tipo de arquitectura, pero a otra escala: la del cuerpo. La casa y la ropa te hacen persona. Soy a partir del modo que aparezco. ¿Cachai qué volado…? vitacura se ha convertido en una gran compraventa de autos. Y la Dehesa, el palacio de la siutiquería…
—Y usted, ¿cómo quiere aparecer?
—¡Me cagaste! (Y lanza una risotada enorme). Diría que ahora estoy en una postura en que quiero estar en el centro del huracán y desde ahí ejercer transgresión. No creo que los cambios o la innovación deban hacerse desde afuera, sino que desde el establishment.
—Me imagino que su clóset es más grande que el de su señora…
—Fíjate que tenemos exactamente el mismo espacio y cajones. Pero sí: el interesado en la ropa soy yo, no ella. De hecho, yo compro para ella. ¡Y me demoro más en vestirme! Ximena puede estar lista en 36 segundos, yo como en una hora.
—¡¿Una hora?!
—Bueno, todos los días lustro los zapatos que me voy a poner. Me gusta hacer el nudo de la corbata con calma. Me gusta demorarme…
—¿Qué objeto de diseño le atrae?
—Las plumas. Todos los días, dependiendo de la ropa y los zapatos, la cambio. Lo que pasa es que mi señora me regaló una cuando yo le di el anillo de compromiso. Para mí la pluma es mi anillo y por eso siempre las ocupo en el bolsillo de afuera de la chaqueta.
—¿Por qué odia tanto las casas Georgian o las chilenas tipo colonial?
—(Ríe fuerte mientras corta un pedazo de pizza). No las odio, para nada. Son maravillosas siempre que sean genuinamente Georgian o coloniales. Si las ubican en su contexto físico, temporal e histórico son magníficas. Pero puestas en La Dehesa en un sitio de 1.500 metros son una vergüenza. Lo que detesto es la falsedad. ¿Por qué sabemos lo que es un disfraz en vestuario y no podemos hacer la misma distinción cuando se trata de arquitectura?
—¿Le pasa lo mismo con los edificios que se repiten como fotocopias por la ciudad?
—Es interesante que te refieras a ellos como edificios y no como arquitectura. ¿Es arquitectura lo que hacen las inmobiliarias o simplemente construcciones que reproducen una fórmula? La maravilla de la arquitectura y el diseño es la capacidad de vincularse con un contexto, el lugar, los habitantes y las costumbres.
—En resumen…
—¡Son despreciables! (Lanza una carcajada grandota mientras echa para atrás su cuerpo).
—¿Qué le pasa cuando compara Santiago con ciudades como Buenos Aires, Lima o Sao Paulo?
—Santiago está lleno de virtudes: es una urbe limpia, ordenada y bien organizada. El problema es que debemos disponernos positivamente con ella, como cuando caminamos por Buenos Aires y lo hacemos con la cabeza erguida. ¿Cuántas veces uno está dispuesto a ver con detención el trayecto de la casa al trabajo?
—Y en Santiago, ¿qué zonas le preocupan?
—Vitacura, que se ha convertido en una gran compraventa de autos. Y La Dehesa, el palacio de la siutiquería, que grita a los cuatro vientos: ¡Quiero ser Estados Unidos! Lo loco es que lo logra, pero en su peor dimensión, donde para ir a comprar el pan hay que agarrar el auto y manejar 15 kilómetros.
—¿Qué oportunidad arquitectónica de reconstrucción entrega el terremoto?
—Mira, lo que está claro es que las construcciones de adobe y albañilería, aunque nos duela, no tienen ninguna alternativa en un país sísmico como éste. Lo otro: si hay un patrimonio que de verdad nos interesa hay que ver qué se hace con él. Hay que dejarse de romanticismos y preguntarnos ¿nos interesa realmente esta iglesia? Si es así, entonces hagamos malos negocios para el bolsillo, pero buenos para el alma. Sé que el momento es complicado por la inmediatez, pero procedería de otro modo.
—¿De qué forma?
—Antes de entregar mediaguas, que las entiendo por la urgencia, pero que son una carpa de madera, creo que una buena idea sería centralizar todo en pocos, buenos y grandes albergues. Que los niños puedan estudiar ahí mismo, que los padres salgan tranquilos a trabajar y que se garantice el abastecimiento. A partir de eso iniciaría un proceso de reconstrucción bien planificado. ¿Por qué gastar la plata de la Teletón en miles de mediaguas? ¿No será mejor hacer 50 albergues espectaculares? Okey, resolvamos la emergencia, pero también pensemos qué haremos la próxima vez en que esto nos vuelva a pasar.

