Personajes

De Amor y terremotos

Isabel Allende, entrevista exclusiva desde California

Por: Angela Precht

Aterrizó sin pompas ni fanfarrias y donó medio millón de dólares para la reconstrucción del país. Desde su casa en San Francisco, habló con CARAS sobre Chile y su terremoteada existencia.

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En medio de la Teletón, las canciones, los bailes, despachos en directo, discursos emotivos y el desfile de sindicatos y empresarios que hacían donaciones de distintos calibres, una mujer bajita, muy erguida y vestida con esos colores tan vívidos que la distinguen, entró al escenario presentada por Don Francisco. Era la chilena Isabel Allende, la escritora hispanoamericana más leída del planeta que no vaciló un segundo en venir apenas supo de la catástrofe natural que había sacudido a su país. Dejó su casa de San Francisco en invierno, tomó un avión que tardó veinte horas y aterrizó en un aeropuerto devastado. Se comunicó con el padre Felipe Berríos para avisarle que iba a la Teletón, ya que a nadie se le había ocurrido invitarla. En medio de la locura consiguió una credencial para entrar. Y fue así como nuestra chilena viva más universal caminó con una sonrisa y entregó una donación de doscientos cincuenta millones de pesos.

Este 2010 no ha podido cumplir el ritual —empezar a escribir un nuevo libro cada 8 de enero— que comenzó con La casa de los espíritus, hace veintiocho años. En esa fecha estaba en Chile mientras su padrastro, de 94 años, era operado. Luego, de regreso en Estados Unidos y haciendo una conexión en Dallas, le avisaron que había muerto el papá de Lorie, su nuera. “Así que para Brooklyn los boletos. El día 8, que era cuando debía partir escribiendo, estaba en un cementerio, pero esa noche alcancé a armar el primer párrafo. Ya en casa traté de seguir y vino el terremoto de Haití”, recuerda. Un golpe duro para ella, ya que su última novela, La isla bajo el mar, está ambientada en la isla caribeña. Por primera vez su fundación hizo una salvedad y donó dinero para la reconstrucción de ese país. “Otra vez intentaba retomar mi trabajo y viene el terremoto de Chile… En fin, estoy tratando de escribir ¡pero el universo conspira contra mí!”, bromea.

Supo de la catástrofe por televisión y tras los infructuosos intentos de comunicarse con su familia, logró saber que estaban bien y que esa misma semana se celebraría una Teletón.

—¿Qué la motivó a venir personalmente?
—Pensé que la gente tenía que estar con el ánimo por el suelo, desesperados y que la Teletón podía ayudar y eso fue lo que pasó. Cuando llegué el ánimo era de depresión, cuando me fui era de solidaridad.

—¿Estaba nerviosa por lo que encontraría?
—Aterrizar en una carpa fue impactante, tú piensas cómo estará la ciudad… Estaba muy bien organizado, la gente muy amable, pero fue muy lento todo. Afortunadamente Santiago se veía mejor que el aeropuerto.

—¿Tiene familiares cercanos afectados?
—La señora que trabaja en la casa de mi mamá, Berta Beltrán —que la amo, ha estado con mis padres 34 años y es mucho más hija de mis padres que todos nosotros— es de Iloca y su familia lo perdió todo. Hasta salieron en la televisión, en ese peladero que dejó la ola. ¡Y estaban tan contentos de que nadie de sus cercanos hubiese muerto! Todo lo demás se puede recuperar, decían. Una verdadera lección.

La donación la hizo a través de The Isabel Allende Foundation. “La misión de la organización es ayudar a mujeres y niñas a través de programas de salud, educación y protección. Pero hicimos una salvedad, ya que esto pasa muy rara vez. Cooperamos regularmente con el Hogar de Cristo y Un techo para Chile, pero ahora no bastaba con aumentar la cifra”.

—¿Ha vivido terremotos en Estados Unidos?
—El ’88, cuando recién llegué a California. Aquí en San Francisco cayó el puente justo cuando venían los autos, así que la gente se asustó mucho, además volaron los vidrios de los rascacielos. Pero esta ciudad, como Chile, tiene un código de construcción muy estricto porque se sabe que hay temblores fuertes. En todo caso nada parecido a los nuestros. Viví el de 1960, uno de los más grandes de la historia, que barrió con medio Chiloé, puso barcos en la mitad de las plazas…

—¿Algo de eso marca nuestra idiosincrasia?

—Es un país terremoteado, le pasan toda clase de catástrofes, y sobrevive. Es el más bello del mundo, pero estamos parados en una cosa que se mueve. En Mi País inventado escribí un capítulo sobre cómo somos los mejores para enfrentar una debacle. Ahí se nos olvida la mezquindad, la arrogancia, las diferencias de clase, todos nos damos la mano.

—El sismo llegó además en un momento político histórico.

—Curiosa esa transmisión del mando con el edificio temblando y los dignatarios mirando al techo… (Y estalla en carcajadas). Yo espero que esto le dé un tono de sobriedad a lo que viene. Hay que tener en cuenta que Piñera y su equipo son los dueños de Chile, los empresarios, es un cambio muy brutal. Esto es un llamado al orden, un mensaje de que tenemos que cuidar a la gente, no se trata de ganar más y más dinero. Eso no marca el desarrollo de un país.

—Viviendo afuera tanto tiempo, ¿qué le parece el Chile de los últimos 20 años?
—Fantástico. Antes el país tenía un 36 por ciento de pobreza —en la época en que yo me fui era mucho más—, ahora está cerca del 12 por ciento o algo por el estilo. La Concertación hizo un trabajo extraordinario y han tenido buenos gobiernos, pero no se puede perpetuar un sistema en el poder porque se gasta. Creo que haber perdido le hará bien a la Concertación, no es que hubiese querido que así fuera, pero podrán echar las barbas en remojo, ver qué no estaba funcionando. Hay que sacudir las cosas para que la gente piense y se renueve.

De regreso en EE.UU. un periodista le preguntó: ¿Qué les puede decir a los americanos? “Que no hay seguridad en ninguna parte”, respondió.

“La lección es que siempre se puede volver a empezar”, explica. “Más importante que lo que se tiene, es lo que se comparte. La solidaridad es la que te saca adelante al final. Y no sólo en una catástrofe como ésta, sino en la vida”.

—¿Cómo así?
— En Estados Unidos hay muchos que han ahorrado toda su vida y creen que están seguros. Pero de pronto viene un remezón en la bolsa y se quedan sin nada porque tampoco han cultivado la familia o los amigos. Esos sí que se quedan pelados. Nosotros en Chile, por lo menos, cuidamos las relaciones y eso no hay que olvidarlo. La gente acá tiene seguro para todo: si te resbalas con una cáscara de plátano puedes denunciar a la ciudad o a McDonalds si tu café está muy caliente. La mentalidad es que te proteges contra todos los inconvenientes de la existencia y eso es imposible. Lo que hay que hacer es olvidarse de esas leseras. ¡A soltarse la faja y el moño, para vivir relajadamente, sí se puede puede volver a empezar! Y perder el miedo.

—¿Cree que saldremos adelante pronto?
—Tengo una tremenda fe en Chile. Es un país fantástico, con gente increíble. Ahora hay que levantarles el ánimo. Resaltar lo bueno que pasa como la solidaridad, la generosidad, el humor… Ocurren unas cosas horrorosas y alguien saca un chiste, eso es fantástico. No nos quedemos con todo lo negativo.

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