Amore mio
Patricia Rivadeneira y Andrea Orsini
El ícono contestatario de los ’80, la mujer power que siempre profesó el amor libre y sin ataduras, se rindió en Italia. En Roma se enamoró y se convirtió en la signora Orsini. Una historia de película.

Le bastó verlo cruzar el salón y dirigirse a ella sin dejar en ningún minuto de mirarla a los ojos, para que entre Patricia Rivadeneira y el arquitecto italiano Andrea Orsini surgiera un amor incombustible. “Estábamos en una exposición. Se me acercó y nos pusimos a hablar. Fue como si nos conociéramos de siempre, igual que en una película”, cuenta con la sonrisa amplia.
El balbuceó algo en un primitivo castellano y ella respondió en un improvisado italiano. Pero no necesitaron demasiadas palabras para entender que había conexión y que se estaba gestando algo potente.
Quién la viera y quién la ve: la actriz rebelde e insolente, la misma que en los 80 era sinónimo de transgresión, la que desfiló en pleno Museo de Bellas Artes ataviada únicamente con una bandera chilena (y a media asta), ahora habla de amor como si fuera otra vez adolescente. La pasión con mayúsculas, empezó a escribirse para esta actriz y actual secretaria del Instituto Italo Latinoamericano pasado los 40, recién aterrizando en Roma como agregada cultural del gobierno de Ricardo Lagos.
“Mi amigo Antonio Arévalo, un empresario que vivía en Italia hace rato, me quería presentar a Andrea. La ocasión nunca se daba, hasta que por casualidad nos conocimos en esa muestra. El flechazo fue inmediato. Todavía me acuerdo de su mirada cuando cruzó todo un salón y me habló. Al otro día partimos a Nápoles porque yo tenía que ir a una exhibición y él a una reunión. Fuimos en su auto, todo era muy fluido. Esa noche nos invitaron a una fiesta; era en un castillo sobre un cerro rodeado de olivos. Hablamos mucho, aunque no entiendo cómo, si yo apenas manejaba el idioma y él entendía un poco de español”.
El romance partió manteniendo cada uno sus espacios. “No había presiones ni planes, vivíamos el día a día. Claro que al año y medio me di cuenta de que no todo era tan perfecto… El también tenía su pero: una ex mujer, la madre de su hijo, cuya relación no estaba totalmente resuelta y que quiso volver con él… Decidí aguantarme y dejar que él resolviera sus asuntos”.
Tampoco convivían. Sólo transaron sus territorios cuando decidieron casarse hace tres años. Y hasta por ahí… Porque además de la casa donde viven junto a sus respectivos hijos de 22 y 14 años, arrendaron un pequeño departamento “del que disponemos si alguno está muy cansado, necesita más espacio o simplemente quiere estar solo… Andrea es el que más lo usa… Esta ha sido la fórmula para seguir tan apasionados como la primera vez”.
EN EL PASADO DEJÓ AMORES COJOS, INCOMPLETOS y algunos también felices, que sin embargo terminaban luego de uno o dos años tras un indefectible y lapidario pero… “Todos los hombres que conocí tenían algo: o eran muy jóvenes, o muy irresponsables, o celosos, o salían arrancando por mi carácter… Además, yo buscaba relaciones intensas, perfectas, con fuegos artificiales a cada rato, ¡un agote!”.
Muchos sucumbieron ante su genio insufrible y su personal visión de la pareja. “Aunque estudié en dos colegios tradicionales (Ursulinas y Monjas Inglesas), tenía esta idea de las uniones libres y no me creía los cuentos de que había que llegar virgen al matrimonio. Me gustaban mucho los hombres y no estaba ni ahí con la monogamia. Quería el derecho de hacer lo que quisiera con mi sexualidad, ¡impresentable en mi medio! Además que casi todas mis compañeras eran vírgenes, y yo ¡hace mucho rato que no!”, suelta riendo.
Entre los amores que la marcaron recuerda un tenor armenio, veinte años mayor. “Yo tenía recién 21 y se enamoró. Me ofrecía casarnos… ¿Qué habría hecho enclaustrada en su departamento en Mónaco? Siempre tuve pavor de que un hombre me encerrara en una jaulita de oro… ”.
Al año siguiente conoció al pintor Carlos García. “El era muy simpático y yo quería tener guagua”, resume sobre las razones que convirtieron al artista plástico en el padre de su hijo Adriano. Sólo duraron algunos meses. “Me imaginaba que podía tener un hijo y seguir sola. No pensé mucho en casarme. Creía que podía hacer una familia distinta, criar a mi niño totalmente fuera de lo establecido…”.
Un par de años antes de partir a Roma como agregada cultural, ocurrió su publicitado romance con Marco Enríquez. “Fue una relación muy bonita, importante. Yo era nueve años mayor que él, pero Marco me mostró un poco el mundo de la política, con el cual yo había coqueteado. Era muy chico, tenía 24 años, y le quedaba mucho por recorrer. Al poquito tiempo me fui a Roma y el resto ya lo saben… Hoy con Andrea estamos totalmente idiotizados por el amor. Es la única persona con la que me he sentido contenida, en una comunión muy plena. Es lejos mi gran amor”.






