‘Es que quiero besar otros labios…’
María José Romero y Alessandro Cultrera... hace 25 años
La sola idea de reencontrarse con un pololo de la adolescencia puede aterrorizar a cualquiera y allí radica la gran diferencia. En esta historia, sus protagonistas no son cualquiera.

La escena es la siguiente: una joven escandalosamente bella, de largo pelo rubio y ojos profundos y apasionados decide terminar un eterno y dulce pololeo sin más motivos que la siguiente frase: “Es que quiero besar otros labios”.
El, igualmente guapo, del mismo porte que ella e inscrito en la misma sintonía de intensidad, queda destrozado, no lo puede entender. La ruptura ocurre justo el verano del terremoto de 1985. El la sigue, intenta hacerla razonar, sufre como perro abandonado, la espera a la salida de su edificio en Viña del Mar, se tira por horas agazapado entre las rocas de la Avenida Perú para verla. Ella lo ignora. Mientras tanto, la abuela y la hermana de la chica se apiadan y cruzan la calle con vasos de Coca Cola para que el enamorado no se deshidrate.
Este joven italiano criado en Lima conoció a quien sería el gran amor de su vida en 1980, cinco años antes de estas sufridas escenas, cuando su familia se mudó a Santiago. Pero el desamor era tan grande que tuvo que abandonar Chile. Esa franja de tierra se le hacía demasiado angosta para vivir intentando olvidarla y demasiado larga para estar separados.
Bueno, no se trata de un culebrón televisivo, ni de una telenovela de Moya Grau ni de una idea que cruzó la cabeza de Pedro Camacho, el escribidor de La tía Julia… de Vargas Llosa. Es real, tan cierto como el amor mismo y lo que acaba de leer no es nada, ya que aquí no se acaba…
“Es que quiero besar otros labios”, repite conteniendo una carcajada 25 años después la pintora María José Romero, una plácida tarde veraniega en su casa de Zapallar. “Fue bien siútico lo que le dije pero era cierto. Había pololeado sólo una vez y llevábamos cinco años. Era muy joven y efectivamente quería probar otros labios”.
Cuadros de su madre, Carmen Aldunate, y suyos, cuelgan en las paredes de la hermosa casa familiar que se esconde entre los bosques de Zapallar. Si bien los estilos pictóricos de ambas son completamente distintos, se nota que es una casta de mujeres fuertes e intensas. La pintura de María José, eso sí, tiene un componente fantasioso, casi infantil, el mismo de sus modos, su sonrisa dulce y sus ojos poblados de rayos verdes y grises.
Tiene una voz jovial y alegre, su risa es fácil y pese a que insiste una y otra vez que ya no es la de antes, que ha engordado, que está vieja, pasea por Zapallar con la soltura de una niña alegre o recorre sus calles con grandes anteojos y casco en su moto.
Hoy sí está enamorada de Alessandro Cultrera, aquel joven italiano criado en Lima que la hechizó con su simpatía, su sonrisa y su acento peruano que ella define, no sin sorna, como llamit’s (‘de la llama puis’).
—¿Qué pasó durante estos veinticinco años?
—Me casé, tuve dos hijos y me separé. Luego viví una larga relación de 14 años. Alessandro regresó a Perú, se casó y tuvo un hijo. Nunca más supimos el uno del otro. Ni una señal de vida. El me recordó más tarde que vino a verme cuando tuve mi primera guagua; me trajo un ramo de rosas y pensó para sí: Este hijo debió ser mío.
Un día cualquiera de 2007 ella contesta el teléfono: “¿María José Romero Aldunate?”. “Lo reconocí al tiro… ¡Alejandro, no lo puedo creer!, le dije”.
Por trabajo, Cultrera figuraba en Atacama y al pisar suelo chileno pensó en ella y no pudo contenerse, buscó su número y la llamó. Comenzaron largos meses de correos y telefonazos. Ambos estaban con relaciones establecidas y ninguno reconocía lo bien que les hacía saber del otro. Hasta que aparecieron los mails sinceros. “Empezamos a escribirnos durante meses y en agosto de 2007 lo fui a buscar a la Estación Central. Tenía tanto nervio, pero tanto nervio, que se me puso la lengua azul, de este azul oscuro”, dice apuntando un cenicero rústico que hay sobre la mesa de la terraza. “No tengo idea por qué se me puso así, nunca me había pasado. Quizás alguna hormona…. Traté de lavarme y no se iba con nada. Así que partí con la lengua azul a reencontrarme con un viejo amor a quien no veía hacía más de 25 años. Me preguntaba si lo reconocería. Entonces lo vi por detrás. ¡Pero era un equeco!, lleno de bolsos, bolsitos, con estuches por aquí y por allá, unas cosas colgando, el celular… pensé uy, mejor me doy la media vuelta”.
Pero se contuvo, caminó hacia él entremedio del gentío… “Le toqué el hombro. Me miró, lo miré y la verdad es que estaba igual. Nos abrazamos largamente”.
“NO SABÍAMOS CON QUÉ CHICHITA NOS ESTÁBAMOS CURANDO, y al principio fuimos medio reticentes. Teníamos que reconocernos, conocernos de nuevo. Es toda una vida, vas cambiado y desgraciadamente siempre para mal. Yo estaba acostumbrada a dormir sola, en diagonal…”, dice encogiéndose de hombros.
Pero estaba la certeza del pasado. “Los cinco años que estuvimos juntos fueron como la canción de Julio Iglesias: Lo mejor de mi vida te lo has llevado tú. Fuimos inmensamente felices. Teníamos un montón de fotos pero sólo encuentro estas ahora”, dice mientras extiende unas imágenes donde aparece una joven pareja en la playa de Zapallar. Se ven muy enamorados. Ella es una suerte de Brigitte Bardot con trenzas a quien la abraza un joven atlético y bronceado. Luego enseña otra que es el fondo de su iPhone, son los mismos protagonistas, ya mayores, pero con la misma alegría de hace tres décadas.
“Volver a verlo fue muy fuerte porque venía de Atacama, como de la mina, con muy mal aspecto. Pero luego estaba su olor… lo que sí conserva es su olor. Me acuerdo que él siempre hacía el camino del Inca y yo me quedaba llorando como una Magdalena. Regresaba con el típico sombrero peruano, con regalos para mí y con el mismo olor que tiene ahora que es entre pimienta y llamit’s… es súper rico y confortable”.
Ni los años ni las desilusiones ni las rupturas que ambos tuvieron que enfrentar fueron un escollo. Lo hicieron de a poco, apoyándose, y con la certeza de haber sido grandes compañeros. “No tuve ningún miedo de volver a ilusionarme. Imagínate que en Viña sigue el mismo mayordomo del edificio donde pololeamos de niños… no lo podía creer. Igual pasa con amigos, que la última vez que nos vieron juntos fue hace 30 años”.
Ella es especial y parece no saberlo. Su sensibilidad artística y determinación a no arrepentirse de nada y no dejar pasar oportunidades se unieron al tesón de Cultrera para apostar por un amor que nunca consiguió olvidar del todo.
—¿No le daba miedo volver con un ex de la adolescencia?
—No, ninguno. Me da más miedo dejar pasar el amor. Creo que él llegó en el momento preciso, quizá si hubiera sido antes, no prende nomás. Mis amigas me decían acuérdate por qué terminaron. Pero soy muy romántica, me gustan las historias de amor con sus riesgos. Es lo más bonito, te vuelves más joven. Me canta en italiano Un gato Nel blue, una canción de Roberto Carlos (y comienza a tararearla. Luego mueve la cabeza en un gesto rápido, como reincorporándose y suelta…). El amor virtual es mucho más fácil, no hay ni ropa tirada… Y si te aburres, lo apagai nomás.
—¿Qué saca en limpio de esta historia?
—Creo que siempre fuimos almas gemelas.

