Personajes

¡Mamáaaaaaaa, me caso!

Bitácora de una madre, madrina y mártir

Por: Lily Urdinola

matri

Suena el teléfono. Es la niña (29) desde México. Lo que no resulta tan usual porque ella cuida escrupulosamente sus denarios.

—¡Mamaaá!
Ante el grito sólo atiné a contestar:
—¿Se perdió otra vez el gato?
—Noooo! Se pronunció el hombre: ME CASO.
—¡Noooooooo! Corro a contarle a tu papá y hermanos, que van a estar felices.

Mentira, me quedé muda. A estas alturas del siglo y de la autodeterminación de la prole, nunca se sabe si los noviazgos llegarán a mayores, y menos aún por cuál rito se concretarán.

Segundo llamado:
—Mamá, sólo para comentarte que te voy a necesitar mucho, ya que según la Cocó, la Maca, la Teté y la Anita, expertas en el tema, habrá que hacer ene cosas.
—No te preocupes. Para eso Dios inventó la mamá (con el tiempo he pensado que la maravilla que me tocó se saltó varios acápites del contrato madre-hija).

Mientras la niña aterrizaba me solacé recordando novias históricas, para ver cuál de los vestidos podía inspirarnos. El españolesco de Jackie O, definitivamente no (hasta ella comentó que había sido su pecado mortal en materia de vestuario). Tampoco venía al caso el acinturado de Grace Kelly porque ni Chile es Mónaco ni mi princesa es princesa. El proceso cobró bríos cuando recordé el que le hizo Narciso Rodríguez —ahora modisto de Michelle Obama— a Carolyn Bessette para su matrimonio con John-John. Era la nada y era todo.

Problema: contra mis no formulados deseos, ni la capilla ni la iglesia estaban contempladas…

Tercer llamado:
—Ma, cortito porque te estoy hablando de la casa de los tíos y me da vergüenza hacerlo largo. (Chilena, como es, bautizó tíos a sus estupendos y jóvenes suegros uruguayos que aún no entienden el origen de tal denominación pero ya se resignaron). Era para decirte —en el más dulce y manipulador de los tonos— que tienes que ir pensando ideas para el vestidito… Tiene que ser lindo. ¿No es cierto?
—Cierto. Lindo, lindo…

¿Vestidito? ¿Quién dijo “ito”? A sabiendas de la inutilidad de mi gestión, dado la extrema claridad de la prometida en materia de gustos, me di el placer de sondear qué modistos y/o costureras y/o diseñadores —mucho cuidado con equivocar el término— habían llegado invictos al siglo XXI y cuáles eran las nuevas estrellas. A boca de urna, los más mencionados: Brancoli, Campos, los Click y el Pollo Covarrubias, entre los sobrevivientes. Las novedades, por lo menos para mí, las constituyeron Catalina Musalem y la afamada firma española Pronovias.

matri300Repetí el mismo proceso con banqueteros y lugares posibles para la fiesta. Interesante. En ninguna lista faltaron Juan Pablo Johnson, Amelita Correa, Guillermo Rodríguez, Bagnara y Margozzini, Sofía Jottar, Marta Correa y Pablo Montt. Respecto de los sitios, algunos se inclinaron por las viñas Tarapacá, Undurraga, Casas del Bosque, Matetic y Santa Rita; otros por haciendas.

Luego traté de recordar qué matrimonios me habían fascinado desde mi ‘asentamiento’ en Chile (1975). Creo que el primero fue el de Elnita Barros, en la antigua casona de sus padres en Camino La Viña (cerca de la del presidente electo). Gracias a la belleza de la novia, con vestido hecho por Carmen Rojas y la magia de Luigi —precursor y mago en inventar ambientes—, combinada con el refinamiento europeo de Elna mamá, fue sencillamente un cuento de hadas.

Un poco menos habitual, el matrimonio civil de Pauline Lanz —vestida por Luciano Brancoli— y Cristián Lyon en el misterioso y añejo Bosque de Zapallar. Y ya definitivamente insólito, el de Pilar Jorquera y Carlos Cardoen en un acantilado cerca de Vichuquén, llamado Bolleruca, sólo aproximable en tractor o en helicóptero (nave en que llegaron un 21 de diciembre de 1994). La novia, vestida por Rubén Campos, botas blancas y guantes largos, y el galán de huaso, tuvieron como único testigo el fotógrafo y como máximo sacerdote a un declinante rey sol. Palabras de la señora Cardoen.

Tanto esfuerzo mental para nada. Al final el vestidito fue lo más sencillo de todo. Rodeada como estoy de amigas poseedoras de la verdad, me parece oír cuando a mi regreso del exterior —después de seis años fuera— una de ellas, me llamó para manifestarme:
—En este país, usted no se puede vestir sino con Catalina Musalem Sarquis.

No digamos que obedecí de inmediato, pero cuando divisé unos ‘musalemes’ geniales ondeando por calles y salones, la curiosidad me superó: moderna, original, fina y diferente. Hasta allá nos desplazamos y, ¡milagro!, por una vez no tuvimos que visitar diez sitios para que la niña se decidiera.

—Mamá, no es por afanarte, sé lo ocupada que estás, ¿pero has pensado algo en materia de quién se encargará de la comida? Es que Olivia, que tú sabes que es la reina de los datos, me habló de una amiga de ella y de su socio que tienen un estilo joven y alegre, son flexibles, escuchan sugerencias. No es que no me gusten los que tú tanto celebras, pero…

Entonces, de pero en pero aprendes que si todavía los brindis son con champaña, también puedes hacerlo con caipiroska maracuyá; que si bien las más de las veces aún se baila el tradicional vals, esto obedece a una graciosa concesión de los hijos a sus viejos padres porque inmediatamente después estallan la salsa, el reggaeton y allí es cuando todos, de verdad, saltan a la pista… Comprendes que para vivir juntos, procrear y ser felices las ceremonias pueden ser de distinta índole o no ser. Que la pureza no está en el color del vestido sino en los principios. Que los matrimonios no tienen por qué ser la ocasión en que los padrinos corresponden atenciones, sino un momento de encuentro de los novios con sus amigos. De eso se trata, en el fondo y en la superficie, esta personal reflexión. Actualizarse, de la mano de los que lideran las tendencias actuales para seguir girando en este mundo que no porque cambie es peor o menos interesante. Al contrario, destapemos más champaña para celebrarlo. Total, “la vida es un carnaval, hay que reír, hay que llorar”.

¿Y el amor? De eso ni palabra en esta historia saturada de datos y trajines. Cierto. La única respuesta que se me ocurre es que, una vez metidos en estos trotes, hay que dar por descontado que el amor está. O como en la canción, que existe.

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