Personajes

Sapito pa´rato

Personajes

Por: Rodrigo Barría

Ahí está, casi en los 90 y vigente, como siempre. Su vida ha sido dura: le faltó mamá, papá, hogar y fracasó en el amor… El padre Hurtado le hizo clases, estudió Derecho, quiso ser cura y truncó su carrera en el fútbol por una mujer.

Fotos José Manuel Domínguez
Sapo-y-Sapito
Sergio Roberto Livingstone Pohlhammer comparte una pequeña oficina con otras personas en el piso menos uno de TVN. Hace calor, es mediodía y el Sapito está sentado en una silla observando de cerca un televisor.

Con su mirada de abuelo bonachón se levanta con cierta dificultad, mira a los ojos, saluda con afecto y pide que alguien le preste un lugar para conversar tranquilo… casi como si se tratara de un favor a un neófito que acaba de entrar al área deportiva del canal.

Livingstone será un patriarca, llevará 40 años en TVN, pero su humildad y timidez resultan casi una rareza que choca con el aura mítica que lo acompaña y que hace que todos con quienes se tope expresen reverencia hacia este descendiente de escoceses.

En un medio que suele ser despiadado cuando las canas invaden a sus figuras, Livingstone es una excepción: el ex futbolista es una de las figuras anclas del canal. Sí, camina lento, pero vista, oído y mente están intactos.

Se nota que no le gusta dar entrevistas. No tanto por el tiempo que implica, sino porque le incomoda hablar de sí mismo, un terreno que trata de mantener cerrado a extraños.

Este es el hombre al que le habría gustado ser pianista, que lee la prensa de atrás para adelante, que le encantan los chocolates, que tiene la manía de sacarse los zapatos, que duerme en invierno con la ventana abierta y que mata el tiempo haciendo crucigramas.

—¿Por qué no le gusta decir su edad?
—Porque me pone exactamente en los años que tengo y en la vida que he llevado. Me demuestra que llevo un mundo de diferencia con el resto.

—Veamos algunas cosas de su vida. Su padre, por ejemplo, era un tipo bohemio. ¿Estuvo ausente?
—Fue un hombre muy versátil: periodista, árbitro de boxeo, jugador de fútbol, dueño del diario El Mundo. Y sí, hubo un tema de ausencia. Terminaba de trabajar como a las cuatro de la mañana y después se iba a bares para conversar y vivir la vida. Eso desarticuló absolutamente nuestra vida familiar… Yo era muy chico; mis padres se separaron cuando tenía cinco años.

—En su etapa de colegio pasó años en internados. ¿Por qué?
—Lo que sucede es que mi madre murió cuando yo tenía diez años. Estábamos viviendo en Quilpué… Entonces, mi padre dijo que nos viniéramos con mi hermano a estudiar a Santiago. Y estuve internado desde los nueve años. La verdad es que tuve una vida complicada… Me faltó la madre, el padre, el hogar, la comida familiar de los domingos… Pero tuve a mi hermano Mario, con él nos apoyábamos.

sapito300—Luego, en el San Ignacio, tuvo como profesor al padre Alberto Hurtado. ¿Qué fue más fuerte como herencia: el compromiso social o el tema espiritual?
—Ambas cosas. Ibamos a misa todos los días, había retiros, a él le interesaba mucho la cuestión espiritual. Me hacía clases de apologética. Sus prédicas eran tan fuertes que, en ocasiones, hasta me daba por dormir en el suelo y no en la cama. Era una forma de sacrificio personal. Sigo siendo creyente y tengo al padre Hurtado como santo preferente.

—¿Nunca se le ocurrió ser sacerdote?
—Sí, quise ser cura. Tenía 16 años y fui a hablar con él. Pero, sabio, me dijo que era mejor esperar.

—¿Y cómo le decían en el colegio?
—Guatón. Era gordo, así es que me conocían como el guatón Livingstone.

—Después estudió dos años Derecho en la Universidad Católica. ¿Por qué no terminó?
—No tenía vocación ni me gustó. Le dije a mi papá que no quería seguir. Usted sabrá, contestó. ¡Qué iba a saber yo a esa edad! Así es que tomé una decisión peligrosa: me dediqué al fútbol.

—Lo que no debe haber sido muy bien visto…
—Para nada. En esa época llegaba al fútbol gente de extracción baja. Eran buenos para el trago. Pero en la UC y en la Chile ingresaban jugadores que habían estado en la universidad. Varios eran profesionales. Igual tuve complicaciones. Me acuerdo que estaba pololeando y la mamá de la niña me dijo: ¿Usted es futbolista? ¿Qué es eso? Si no trabaja, no entra más a esta casa. Entonces busqué trabajo y conseguí uno en la Dirección General de Pavimentación. Era jugador de fútbol y empleado a la vez.

—A propósito: ¿cómo le fue con las mujeres?
—Igual que a todo el mundo: bien y mal. Patié y me patearon. Sufrí y disfruté…

LIVINGSTONE SERÁ UN HOMBRE identificado con la UC, pero comenzó en Unión Española a los 15 años y alguna vez hasta jugó en Colo Colo. Raro, mientras el resto de los niños soñaban con hacer goles, él prefería evitarlos en la soledad del arco. De la UE pasó a la Católica, donde entrenaba tres veces a la semana sin usar guantes. Pocos años después se fue al poderoso Racing de Argentina, donde ganó rápido chapa de ídolo. Tenía 23 años, era el tercer chileno que jugaba allá y el pase costó 24 mil dólares. Claro que al comienzo…

—En Racing debutó de manera desastrosa con cuatro goles en contra. Uno, hasta fue gol olímpico. Debe haber sido muy duro…
—Sí, fue una semana muy complicada. Empecé mal, pero fui progresando. La gente allá era muy modesta y yo era más preparado, joven, buena pinta… eso ayudó. Y jugaba bien, aunque usted no lo crea.

—Y se vino por amor desde Argentina…
Mira fijo y lanza una frase mezcla de reto y cierto hastío:
—¿Para qué me pregunta si sabe toda mi vida? Sí, me vine por amor. Ella era la polola de un amigo mío. El diablo metió la cola…

—¿Y ella no lo debería haber acompañado en una carrera que pudo ser más brillante?
—Bueno, me vine por la que fue la madre de mis hijos y ellos son la razón de mi existir. Pero también es cierto que estaba comenzando una carrera y podría haber llegado a cualquier parte.

—¿Se arrepiente?
—Sí y no. Lamentablemente me fue mal en el matrimonio y duré muy poco.

LIVINGSTONE SE RETIRÓ EN 1959 del fútbol. Fue en un partido de Chile contra Argentina mientras el dúo Sonia y Myriam le cantaba la Canción del adiós. Como huella de una carrera inmensa en el arco de la selección, Sapito anota un Mundial (1950) y seis copas América. Ya fuera de las canchas, tuvo un negocio de artículos electrónicos en el centro y una sociedad de camiones con los que repartía cemento. También pasó casi de inmediato a las comunicaciones, primero a la radio (tras un largo recorrido hoy está en Agricultura) y a la televisión.

—Usted es como Don Francisco, no dice su posición política. ¿Por qué?
—Cuando uno es una figura más o menos pública creo que se cercena si es que expresa sus preferencias. Además, soy gringo y me carga hablar de las cosas personales. Mire, presidentes por los que he votado han hecho cosas buenas y malas y, por los que no he votado, igual.

—¿Hubo intervención de algún tipo en el área deportiva de TVN durante el gobierno militar?
—Sólo una vez, cuando nos invitaron a un acto en La Moneda. Nada más que eso. Nunca nos dijeron habla de esto o de esto otro.

sapito200—¿Es cierto que el éxito de su dupla con Pedro Carcuro consiste en que son compañeros de trabajo y no amigos?
—Tenemos buena onda, pero no convivimos. No voy a la casa de él ni él a la mía. Quizás al comienzo hubo tensiones porque yo estaba muy alto cuando Pedro llegó a trabajar. Ahora las cosas se han dado vuelta y el importante es él y yo estoy acá abajo. Pero fíjese que nunca hemos tenido una pelea seria ni hemos dejado de saludarnos. Jamás.

—A propósito: ¿cómo ha visto a Pedro después de la muerte de su hijo?
—Trabajar lo saca de su pesadilla. La gente ha sido de una solidaridad tremenda. Pero es claro que tiene eso inolvidable metido ahí en su corazón.

—¿Con quién se queda: Salas o Zamorano?
—Teniendo una admiración loca por Zamorano, pienso que Marcelo fue más completo. Salas fue un poco más.

—¿Y el mejor gol que vio en su vida?
—El de Fabián Orellana contra Argentina. Es tan buena toda la jugada… ¡Fantástica! Se lo digo yo que jugué tantos partidos contra los argentinos.

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