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Personajes

Estoy un poco sola pero amé, lloré y enloquecí

Los ’80 de Anita Ekberg

Por: Alfredo López

La Fontana de Trevi sigue igual, en el mismo sitio, pero Anita Ekberg —la musa de La dolce vita— ya no parece una gacela entre sus aguas. Va en silla de ruedas, recuperándose de una fractura… “Ninguna hubiera podido caminar como yo en esa secuencia”, afirma la actriz. Después de medio siglo de esa obra cumbre de Fellini, imágenes y revelaciones de una sueca que en Italia se levantó como símbolo sexual.

Wp-Anita-600Fue la más deseada, la muchacha exótica que nació en un bucólico campo en Malmö, donde el mar Báltico tiñe todo de historias de piratas y amazonas doradas. Sus padres la llevaron un día para que se presentara a un concurso de belleza y, en menos de un mes, era la nueva Miss Suecia: una adorable muñeca de trenzas casi blancas, formas voluptuosas y misteriosos ojos celestes. El mismo Federico Fellini lo dictaminó: “El problema de Anita es que cree que todos los hombres quieren dormir con ella. Y lo peor de todo: ¡es tan cierto!”.
El 29 de septiembre, Anita Ekberg cumplió 80 años y lo celebró con un grupo de monjas en una clínica de Nemi, cerca de Roma. Sin visitas, sólo le pidió a las religiosas que le prepararan una gran comida, en una mesa espléndida. Sabe que no puede estar de pie. Primero, porque en agosto sufrió una caída en su departamento de la capital italiana y se rompió el fémur de la pierna derecha. Meses antes, otro accidente en su mansión en Genzano provocó una lesión igual, pero en la pierna izquierda. Ahora se lamenta y piensa que debiera pedir ayuda, no más vivir sola, sólo rodeada de una veintena de películas y cartas de amor.

“LA OPERACIÓN SALIÓ BIEN, LOS MÉDICOS INTENTAN QUE ME PARE DE NUEVO”, dijo al diario Corriere della Sera. Y se ríe al imaginar que hace cincuenta años era casi una sirena que se desplazaba, libre y majestuosa, por las frías aguas de La Fontana di Trevi. “A Fellini le encantaba como caminaba. Durante el rodaje di varias vueltas por la fuente sin tropezarme jamás. En cambio, Marcello Mastroianni estaba entumido y debió beber una botella entera de whisky”, revela. En ese entonces era una mujer coqueta, seductora, ocasionalmente infiel, aunque la mayoría de las veces, leal. “Fui compulsiva, egoísta, enamorada del cine y de los hombres”.
Con su 1.69 centímetros de estatura, la cabellera larga, encendida, y esas piernas rompiendo las aguas de la fuente… ¡se inmortalizó! “Y pensar que ahora estoy un poco sola. Aun así, no lo lamento. Amé, lloré y enloquecí. He vencido y perdido”.

Pese a que La Dolce Vita es una de las obras cumbre del neorrealismo italiano, para Ekberg no se trata precisamente de una buena película. “Creo que sólo existe por esa escena alocada que compartíamos con Mastroianni. Más yo, en verdad, que él”. De todas formas considera que Fellini era un genio absoluto: “Nunca entendí el motivo real que lo impulsó a escogerme como protagonista de ese filme. Pienso que leía el corazón de los intérpretes y los dirigía como si fueran mariposas”.
‘¡Eres una rompecorazones!’. Se lo gritaban mujeres envidiosas en la calle. Y los hombres la miraban con despecho en las galas y fastuosas fiestas de Cannes y Hollywood de los ’60, todo porque ella prácticamente no aceptaba invitaciones de nadie, “menos en esta industria”. Por lo mismo, se sintió abandonada y traicionada.
Fue un desconocido actor inglés, tímido, de gestos gentiles, quien logró conquistarla: Anthony Steel. Entre 1956 y 1959 mantuvieron un matrimonio aparentemente feliz que, sin embargo, los celos terminaron por noquear. Ekberg pensó que nunca más creería en algo estable… Hasta que el estadounidense Rick van Nutter, otro intérprete de películas románticas, la abordó insistentemente con flores. Esta vez resultó, milagrosamente por doce años.
Anita, requerida en los estudios, amada por los diseñadores de moda, era codiciada y encendía pasiones. Casada, los pretendientes seguían acosándola, como el director Dini Risi. “Siempre lo rechacé. Sé que hubiera querido tener algo conmigo, pero juro que nunca hubo nada. Nadie fue más insistente que él. Para que me dejara en paz le escribí. ‘Eres pequeño hombre y un gran b…’. Al parecer, funcionó”.

Wp-Anita-300TUVO UN “SECRETO BELLÍSIMO”. Un affaire que ocultó por largo tiempo y que se hizo público “por culpa de un periodista mal educado”: fue amante del industrial Gianni Agnelli, el famoso propietario del grupo automovilístico Fiat. Pese a que el magnate nunca dejó de lado su matrimonio, muchas veces admitió en su círculo más cercano que tenía “algo pendiente” con ella, un amor que estaba más allá de las reglas. “Con Gianni compartimos por muchos años un secreto hermosísimo, hasta que ese reportero lo arruinó todo al publicarlo”.
Ahora, la Ekberg se consuela con recuerdos y con las fotos del hombre que la trató como una musa intocable: Fellini. Conserva el magnífico pelo rubio y la mirada potente. Sabe que una, dos y hasta tres generaciones la recuerdan como la mujer de piel blanquísima bajo un vestido negro, mojado y un generoso escote. Como si fuera una efigie de la gran Roma, una Loba Capitolina del deseo, un maravilla del séptimo arte.
Y sabe que volverá. No a la gran pantalla, pero sí a la alfombra roja. Como lo hizo hace un año en el Festival de Cine de Roma. Apoyada en un bastón, pero con el mismo garbo. “Pese a todo, he sido una mujer que ha enloquecido de felicidad. Es cierto: no tengo marido, no tengo hijos y esa monjita que acaba de entrar ahora es una de mis mejores amigas”.
A 50 años del estreno de la película La Dolce Vita desclasifica archivos y cuenta intimidades.
“Mastroianni era torpe. Se cayó tres veces en el agua, había que auxiliarlo y después secarlo. Yo estaba a pies descalzos, en cambio a él tuvieron que ponerle botas altas de pescador debajo del pantalón para que no se resbalara”, dice recordando la mítica escena en la fuente. “Estaba bellísima, lo sé”. Después que se exhibió en todo el mundo, Frank Sinatra quiso conocerla, le ofreció matrimonio y pareció enloquecer. Sólo le pidió que le cantara un par de canciones y que después la olvidara. No era su tipo.
El comienzo no había sido fácil. Después de ganar el concurso de belleza en Suecia, únicamente le ofrecían roles de vampiresa exuberante. La prensa la describía como “inmensa en sus atributos físicos, el icono erótico que más ha perdurado”. Además, estaba lejos de parecer fría o distante, algo que había legado otra sueca —Greta Garbo— como si fuera casi una condición genética. Anita, en cambio, era una ragazza tan italiana como Sofía Loren o Gina Lollobrigida.

Su primer filme fue Abbot and Costello gota to mars, donde compartió con Rock Hudson y Piper Laurie. Después, el musical Artistas y modelos, con Dean Martin, Jerry Lewis, Shirley MacLaine y Dorothy Malone. Rápidamente la llamaron para Callejón Sangriento, donde trabajó con John Wayne y Lauren Bacall. Pero el gran golpe fue en 1956, integró el elenco de La Guerra y la paz, con consagrados como Audrey Hepburn, Henry Fonda y Mel Ferrer. El camino para llegar a La Dolce Vita ya estaba trazado.

FELLINI SE TOMABA LA CABEZA A DOS MANOS. La historia cuenta que no daba con la actriz apropiada… Hasta que, casualmente, miró unas fotos publicadas en un diario. “La vi y fue como si uno de mis dibujos hubiera cobrado vida. No sabía a quién confiar el papel de Sylvia… de inmediato supe que tenía que contratarla. Cuando estuve, al fin, frente a ella constaté que no me había equivocado. Representaba al personaje más de lo que nunca hubiera imaginado”, contó el director décadas después.
Con Mastroianni, sin embargo, no se dio la misma química. En bambalinas, todos sabían que Marcello simplemente esperaba que Anita cayera rendida a sus pies, pero ella le confesó a Fellini que lo encontraba muy poco atractivo. El ego del italiano no resistió y dijo que él las prefería más delgadas. La actriz lanzó una carcajada y afirmó: “No nos queda más que trabajar”.

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