La 58ª versión de los Grammy estuvo centrada en los homenajes. En un año marcado por las pérdidas, los nombres de David Bowie, Glenn Frey y Lemmy no estuvieron ausentes en el Staples Center y fueron un símbolo para una industria que inevitablemente tiene que hacerle guiños al pasado para revitalizarse.
Si bien la globalización, las redes sociales, Youtube y los servicios de streaming permiten el descubrimiento de nuevos artistas de manera vertiginosa. Con la misma rapidez que se encuentran se pierden con su éxito.

La “industria “ ya no es lo que era, no significa que sea mejor ni peor, sólo es distinta. Y siempre será un buen ejercicio mirar hacia atrás para no repetir los errores en el futuro. Mientras veía los brillos de Taylor Swift, el intento de presentación de Justin Bieber con Jack Ü o el “ taxi “ de Sofía Vergara con Pitbull, pensaba en Richie Finestra el productor estrella, dueño de American Century y protagonista de la serie Vynil que estrenó HBO hace algunos días de la mano de la producción de Martin Scorcese y Mick Jagger.

Finestra era un tipo poderoso, inteligente, con buen oído, pero también prisionero de sus adicciones, como muchos de quienes vivieron los alocados sesenta y setenta. Años en que no se soñaba con likes o itunes sino con vender discos y hacer buenos conciertos, shows con fuerza, con energía con bandas que transitaban entre el delirio y el rock’n roll como Led Zeppelin, The Who, The Doors o los mismos Rolling Stones. Hoy queda poco de eso, hoy se debe escarbar y con harto esfuerzo para encontrar alguna sorpresa agradable como Alabama Shakes.

Ahora que viene el Festival de “La Canción” de Viña del Mar y mientras la mayoría habla de vestidos y alfombra roja, mis ojos estarán puestos en Lionel Richie, creador de otras décadas que fue homenajeado en los Grammy y que parece no envejecer o en el italiano Eros Ramazzotti, siempre garantía de un buen show en vivo y también veterano de mil batallas.

En un mundo de selfies y Snapchat, que lindo sería recuperar algo de esa locura de los setenta, donde las guitarras se sentían en las venas, la batería aceleraba el corazón y tener buena oreja era fundamental para sobrevivir en medio de los sobornos y programadores corruptos. Los Rolling Stones nos demostraron hace unas semanas que el verdadero rock n’ roll no tiene edad y que un buen show se puede hacer con setenta años en la mochila. Sólo hay que envejecer con dignidad y sobre todo aprovechar lo mejor de todas las épocas. Aunque algunos de nosotros, nos declaremos abiertamente nostálgicos.

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