Viña 2018 ya es historia, y el paso de las horas nos permite hacer un análisis más reposado de lo que fue esta edición del evento más resonante de nuestro espectáculo local. La ofuscación por las tomas al público durante el show de Jamiroquai, seguramente ya se ha enfriado; la sorna despertada por el premio a Miguel Bosé, ya engrosa el generoso anecdotario histórico del certamen.

¿Y entonces? ¿Fue una buena o una mala edición? La respuesta a esa pregunta cambia de espectador a espectador, pero es necesario considerar algunas variables, partiendo por la diferencia entre el papel y la experiencia.

Por ejemplo, ¿qué rol estaba llamado a desempeñar el dúo Gente de Zona? Tal vez el de hacer la fiesta con un par de éxitos de temporada, similar al que antaño desempeñaron decenas de one hit wonders con pasos más que olvidados. Sin embargo, los cubanos sorprendieron no sólo con un show de amplio colorido caribeño, sino además con una presencia en la fila del jurado que finalmente se pagó sola. Su simpatía y sus risotadas, terminaron transformándose en condimento irrenunciable de esta edición, y los memes que celebraron cada una de sus tomas fueron la prueba más evidente al respecto.

Con o sin playback, Miguel Bosé es Miguel Bosé, y al peso de su décima ocasión en Viña sumó un generoso repertorio de éxitos, pasados por un filtro de arreglos que los catapultaron al presente. Illapu dotó de emotividad a la primera noche, tanto en la apertura (con una de las mejores oberturas del último tiempo) como en el cierre, mientras que lo de Luis Fonsi no merece cuestionamientos: Es el latino del momento, y el solo hecho de haber contado con él ya constituye una medalla.

La tercera noche resultó redonda: Jamiroquai, Stefan Kramer y Europe mostraron altísimo nivel y un oficio sin parangón, tal como hizo Carlos Vives en la penúltima jornada, de la mano de un show que pareció aunar el carácter sudamericano, y que reforzó con tres invitados que corrieron por cuenta propia (Wisin, Sebastián Yatra y Chocquibtown). Jesse & Joy, en tanto, dieron cuenta de una mancomunión única con el público, mientras Zion & Lennox cerraron todo con una fiesta reggaetonera a la antigua: Perreo incesante, puro y duro, sin las mezclas que lo reblandecieron en el marco de la hoy llamada “música urbana”.

Como punto más débil puede asomar un Schuster en quien se extraña algo más de actitud en escena y de firmeza en la voz, aunque sin olvidar que se trata de un artista aún en fases de desarrollo. Lo mismo ocurre con CNCO, un grupo que todavía tiene poco que mostrar, pero que suple la debilidad de esa oferta con un avasallador impacto generacional y temporal. Así, lo que puede faltar en ellos, termina sobrando en su entorno.

Punto aparte el humor. El golazo que parecían ser los retornos de Bombo Fica y Stefan Kramer, sólo el segundo lo ratificó en escena, mientras que en el resto del cartel fue Sergio Freire el que terminó destacando, tras solidificar en el momento preciso un estilo que en otros festivales no terminaba de convencer.

El saldo, entonces, asoma positivo para esta edición, aunque todo eso parezca entrar ahora en un relativo suspenso, a la espera de que la Municipalidad decida el destino de su evento estrella a partir de 2019. En mayo sabremos si la mano de los últimos cuatro años se mantiene hasta 2022, o si los montos sobre la mesa terminan por desviar el barco hacia otro destino. Mientras, lo comido y lo bailado entre el 20 y el 25 de febrero, se mantendrán durante un tiempo como un grato recuerdo de este verano que se va…

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