Existen dos dimensiones a partir de las cuales podría tomarse el título de esta reseña.

Uno: Desde hace un tiempo, el concepto de reggaetón se ha venido expandiendo bastante más allá de lo que en su origen significaba. En principio, lo utilizábamos únicamente para referirnos al machaqueo incesante del dembow, ese ritmo deudor del raggamuffin presente en viejos himnos del género, como “La gasolina” et al. Pero como la expansión estilística hacia ese hoyo negro que hoy llamamos “música urbana” fue liderada prácticamente por los mismos reggaetoneros de siempre, no nos molestamos en hacer demasiadas precisiones. Si suena latino, es bailable y apunta a un público juvenil, qué más da. Digámosle reggaetón.

Desde luego, la altura artística no ha sido ni de cerca lo que ha caracterizado a esta acepción amplia del género (bueno, a la reducida tampoco). En la lógica de YouTube y Spotify, cuando la huella se marca más que nunca en cifras verificables e indesmentibles, el impacto se ha transformado en la única meta posible, objetivo que nunca se ha llevado muy bien con búsquedas algo más elaboradas.

Dentro de los márgenes que esta esfera permite (no olvidemos que hablamos de música urbana, no de rock progresivo), J Balvin ha intentado instalarse en un sitial distinto, erigiéndose como el encargado de marcar las diferencias y estirar los límites superiores. ¿Es tan así? Sin dudas que hay mucho de marketing y buena prensa en esa premisa, pero no hay que desconocer que el colombiano efectivamente se ha mostrado como uno de los más propositivos e inquietos de su camarilla.

Una mitad del reciente disco Vibras, estrenado el viernes 25 de mayo, intenta reforzar esa idea. La sola apertura ya da cuenta de ello, con una bienvenida dada por la voz de Carla Morrison, una de las musas del indie mexicano y antecedente directo de sucesos como los protagonizados por Natalia Lafourcade y Mon Laferte. Aunque figura como track, la etérea “Vibras” (la canción, no el disco) es apenas una cortina, una intro, pero en este marco es quizás también una declaración de principios por parte del anfitrión.

Aunque el enorme éxito de “Mi gente”, el segundo corte, transforma a los análisis en algo sobrante a estas alturas, valga decir que su apuesta extrema por la concreción y la reiteración, su intento por llegar al origen del goce rítmico, su ataque directo al sistema nervioso central, también lo hacen merecedor de un lugar en este apartado. La presencia de un colaborador francés, Willy William, sólo vino a poner la guinda en este postre primitivo de efecto global.

En tanto, “Cuando tú quieras”, “En mí” y “Brillo”, se instalan como nuevos capítulos en los intentos de Balvin por demostrar que el espectro urbano puede entenderse más allá de la pista de baile, e incluso servir como tubo de ensayo para la incorporación de sonoridades, tal como pasara hace un par de temporadas con “Safari”, tema que bien parece un progenitor de los mencionados.

Pero dijimos que esto del reggaetón sin culpas es un asunto bidimensional. Y si en la primera acepción el colombiano apela al auditor, como buscando que hasta los detractores del género se permitan escuchar sin remordimientos a uno de sus exponentes, en la segunda el aludido parece ser el propio artista.

Porque entre los viejos y nuevos intérpretes urbanos, el reggaetón hacía rato había pasado a una segunda línea, en beneficio de menjunjes tropicales de la más diversa índole. Aunque la etiqueta siguiera presente, los últimos éxitos del género filtraban más sabor a dance, salsa, merengue y otros ritmos bailables, antes que al originario de Puerto Rico.

En Vibras, en cambio, J Balvin despliega todo un continuo de retorno, en modalidades algo más tangenciales (“Ambiente”), de vibración romántica (“No es justo”) o con reggaetón en estado puro (“Ahora”, “Peligrosa”).

La pregunta parece quedar en el aire: ¿Cómo ser más alternativo dentro de una escena que venía explorando por fuera de un estilo? Simple, volviendo a él.

Pero incluso con ese antecedente la etiqueta de “reggaetonero” termina siendo inexacta al hablar de este artista. La propuesta general, amén del efecto y la estampa, transforman hoy por hoy a J Balvin en un auténtico popstar de sello latino. Uno para el cual el nicho de la música urbana sigue resultando natural y seguro, aunque cada vez más estrecho.

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