Esta semana, vimos con expectación, como un bus de color naranja reabrió el debate en Santiago, sobre temas tan sensibles como la identidad de género y la igualdad.

En momentos en que parece que el mundo avanza en una línea de tolerancia hacia las minorías y hacia quienes por años, fueron marginados por una moral ambigua y muchas veces anacrónica, me sigue generando ruido la forma en que, como sociedad, nos estamos comportando entre hombres y mujeres. Uno podría pensar que la discusión sobre la brecha salarial o la seguridad de las mujeres en sus trabajos, ya no existe en los países desarrollados, pero con asombro nos enteramos que esta semana, los organizadores del festival Bravalla en Suecia, decidieron que para la versión 2018 prohibirán el ingreso de hombres.

La gran cantidad de denuncias de agresiones sexuales e incluso de violaciones durante los últimos dos años, motivaron a prohibir el ingreso de espectadores masculinos el próximo año. “El primer festival de rock de Suecia sin hombres, verá la luz el próximo verano”, reza la promoción que ya se difunde en redes sociales.

La determinación, aunque radical, no sorprende. El exceso de alcohol y sobre todo el pésimo comportamiento de la multitud masculina, generó una ola de repudios en músicos que participaron del evento, en años anteriores, como Zara Larsson o Mumford and Sons.

Lamentablemente este comportamiento de violencia sistemática contra las mujeres se vivió también en Glastonbury, donde se creó la zona The sisterhood, en donde sólo mujeres participan tanto del show, como del público.

El comportamiento de masa descontrolada, se está volviendo costumbre en los grandes eventos, en Lollapalooza Chile, muchos amparados en el frenesí de la música, dejan que sus manos, toquen a destajo a las mujeres a su alrededor, las que muchas veces deben cargar con la vergüenza y las miradas inquisidoras, de otros espectadores, por considerar “exageradas” sus quejas.

Que le da derecho a un hombre cualquier a “manosear” o tocar a una mujer, por el simple hecho de compartir un gusto musical y un lugar físico en común. Tendremos acaso que tener espacios separados en todos los eventos masivos, así como carros de metro o microbuses especiales solo para mujeres. En que fallamos como sociedad, al educar a nuestros hijos, sin explicarles, que la igualdad entre hombres y mujeres, no les da derecho a tratarlas como un objeto de su propiedad.

Estamos a tiempo de evitar males mayores, pero lo de Suecia es una alerta, un llamado de atención para no descuidarnos, porque si dejamos que este cáncer crezca, se puede ramificar por lugares insospechados, y en Sudamérica, tenemos un magister en aprender las malas costumbres. Hagamos de la música y los recitales, un espacio grato de convivencia y no un lugar donde las mujeres se sientan atemorizadas y vulneradas.

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