“No hay más que vínculos familiares”, dijo Tina cuando la prensa europea se lanzó sobre ella para saber por qué renunciaba a su nacionalidad y, desde ese momento, se convertía por derecho conyugal en ciudadana suiza. Una noticia que casi dejó en segundo plano la celebración de sus 74 años a fines de noviembre y también un balde de agua helada para el actual gobierno de Barack Obama: una administración que observa incómoda cómo se afianza una inaudita fuga de capitales que quieren escapar de las altas tasas de impuestos.

Para la cantante ya es suficiente. Ser ciudadana americana y vivir en el extranjero es un mal negocio, porque la ley obliga a tributar en ambos lados. La leyenda del ‘soul’, cuya opinión ha sido por décadas el dictamen del ‘black power’ americano, parece haber estado hilvanando este cambio con prudencia y discreción. Fue a principios de año cuando se casó lejos de los flashes y bajo el rito budista con Erwin Bach, el productor alemán que es su compañero desde hace 27 años. La pareja se atrevió además a un contrato civil en julio que cambió el curso de las cosas… Para Tina, la libertad absoluta estaba cerca.

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En el ayuntamiento de Küsnacht, una villa cercana a Zurich, los vecinos estaban tan felices con la llegada de la cantante que permitieron que la fiesta fuera al antojo de la diva. En el lujoso distrito se estableció una zona de exclusión a la orilla del lago para evitar que se acercaran los paparazzis. Entre los invitados que llegaron vestidos de algodón y lino blanco por petición de la novia: David Bowie, Giorgio Armani, Oprah Winfrey y Eros Ramazzotti.

Nunca se la había visto tan feliz. Atrás quedaba la dura historia de una mujer que nació bajo el nombre de Anna Mae Bullock y creció en los suburbios de Nutbush, en Tennessee. Sus padres eran Zelma Priscilla y Floyd Richard Bullock, una familia afroamericana con ancestros nativos americanos, específicamente cheroqui y navajo. Con su hermana mayor, Ruby Aillene, no pudieron guardar buenos recuerdos. El papá fue alistado para la Segunda Guerra Mundial y la mamá dejó solas a las niñas cuando recién cumplían once años. “Nunca nos dijo por qué. La verdad es que nunca nos quiso como hijas”, escribió Tina en sus memorias. Y agregó que el plan de abandono era algo que su madre estaba preparando desde que estaba embarazada de ella. “Era una mujer muy joven que no quería tener más hijos”. Mientras vivía con los abuelos paternos,  se sentía un ‘mamarracho’ y aprendió a buscar refugio en la iglesia Bautista, donde tuvo su primera experiencia musical.

Sin estar segura de que lo suyo era el blues, se inscribió en el Sumner High School. Para pagar sus gastos, actuaba en bares nocturnos y fue en el Club Imperial donde conoció, a los 18 años,  a Ike Turner. Ella lo miraba con admiración y él le pasó un micrófono. Cantaron toda la noche y la invitó a participar de su banda Kings of Rhythm. Era un hombre casado y, si bien se potenciaban en lo artístico, no había atracción. Cuando pasaron los años e Ike se divorció de su mujer, Lorraine Taylor, todo pareció confabularse. Tina había sido abandonada por un músico de Saint Louis y apenas podía costear la vida de su primogénito.  En 1962, y sin que nadie pudiera sospecharlo, se casaron en Tijuana. Ike le dio su apellido al hijo de Tina y después fueron padres de Ronald.

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Parecían una familia feliz, pero no era más que un montaje: cuando Tina esperaba un tercer hijo, descubrió que él tenía a otra mujer embarazada. No pudo soportarlo y abortó en secreto. A esas alturas, eran una pareja que llenaba clubes y vendía discos como ninguna otra banda de color. Era 1971 y la canción Proud Mary era un éxito indestructible. Pero en la vida privada la violencia y los golpes eran pan de cada día. Las palizas de Ike dejaban inconsciente a Tina y ella tuvo que aprender a maquillarse y usar grandes anteojos para esconder labios rotos y hematomas en la cara.

“Yo no le pego más de lo que el hombre promedio le pega a su mujer… Si ella dice que abusé, a lo mejor lo hice”, dijo acorralado por la prensa. Y en sus propias memorias, que fueron publicadas a fines de los noventa, añadía: “Claro, he abofeteado a Tina. Hubo momentos en que le di un puñetazo en el suelo sin pensar… Eso fue todo”. El mismo Ike abrió después los fuegos y en un acto inexcrupuloso, comentó: “Como Dios es mi juez, de todas mis mujeres Tina es la única con la que no me casé legalmente”. Antes de un show en Los Angeles en 1969, Tina trató de suicidarse ingiriendo valium y estuvo hospitalizada por más de una semana. Recién en julio de 1976, después de años de abusos, humillaciones y una escandalosa golpiza a la salida de un club en Dallas, la cantante decidió separarse y exigió medidas de protección. Los celos de Ike, sumado a una vida de excesos y vicios, la hicieron sentirse un estropajo.  Lo peor de todo: se abrió un juicio que tardó más de una década para que pudiera usar el nombre de Tina Turner, porque según Ike era una marca registrada que le pertenecía por derechos de autor.

Rehabilitada, los ’80 fueron de gloria. Canciones como Private dancer, la llevaron al Olimpo y Michael Jackson fue uno de sus máximos protectores. Regresó a las lentejuelas, a las polleras cortas y ceñidas. Llenaba estadios y sus giras por el mundo no se detenían. Su fama llegó a Hollywood y protagonizó un personaje futurista en Mad Max. La crítica la alabó. Era una gran actriz sin haber pasado nunca por un taller de teatro. Fue un ejemplo de cómo una mujer puede hacer frente al abuso. “Quiero que mi historia le sirva a muchas personas. No solamente a ellas. A veces, una tontamente se deja atropellar y pierdes tu dignidad”.

En 2009, cuando cerró su gira del 50º aniversario  de su estreno en un escenario, dijo que colgaría el micrófono. Nadie la juzgó: había sido una carrera tan deslumbrante que dejó años de dolor en segundo plano. Lo tomó con humor. “Puedo tener la misma voz, pero ya no puedo lucir vestidos diminutos”, decía la mujer que se había ganado el título de ser la dueña de las piernas más bonitas del rock.

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Cada vez más europea, el Vogue alemán la publicó en portada para celebrar sus 73 años. Un hito del couché: era la primera persona de su edad que ocupaba ese lugar.  Una vez más dijo que su salvación había sido la música y cantar: el soul y el blues. “Ahí está todo. Los viejos y malos tiempos, también los momentos de felicidad”.

Ahora quiere concentrarse en ella. Estudia gramática alemana y habla el idioma con soltura. En el mismo Vogue explica que mantiene pocos lazos con su tierra natal y sigue vía internet la campaña de algunos fans locales para preservar la modesta cabaña que fue la escuela en su pueblo natal, Nutbush. Por su cambio de nacionalidad, parece improbable que Tina vuelva a visitar esas tierras que le recuerdan pobreza. Si hasta fue fuera de su país donde conoció en 1985 a su actual marido: el productor musical Erwin Bach…  Coincidieron en una fiesta que organizaba el sello de Tina en Londres y nunca más se separaron.

Viven juntos en una casa de estilo provenzal, con estudios de grabación y embarcadero en los alrededores de Zurich. El lugar, llamado Chateau Algonquin, es su residencia desde 1994. ¿Se siente completamente suiza? Quienes la conocen de cerca dicen que tiene su corazón dividido. Mantiene su propiedad en Los Angeles, otra en Londres, además de una masía en Colonia y una villa en la ribera francesa llamada Anna Fleur.

En el 2012, después de haber vivido en territorio suizo durante 20 años y de pagar altos impuestos en su país y en Europa, solicitó la ciudadanía. Estaba cansada de la doble tributación: algo que es considerado como un ‘castigo’ para los estadounidenses que, por razones de trabajo, tienen los pies a ambos lados de la frontera. Tina, sencillamente, quiso simplificar las cosas. Y, como repite siempre, ser feliz.