Sting (62) es tan siglo XX. Su camino a la fama ostentó todos los códigos de un mundo que se fue con la digitalización de los discos: el megatriunfo solista luego del trabajo en un trío de prestigio blanco, masculino, anglocéntrico y burgués; lo novedoso que hace treinta años parecía el vínculo entre pop e “intelectualidad” (literatura, jazz, cinearte); el beneficio en credibilidad que entonces suponía prestarle el rostro a las causas sociales correctas; la curiosidad que todavía despertaba asomarse a los rituales de cuidado físico de un millonario aplicado en ejercicios y una dieta aún considerada excéntrica. En el mejor de los casos, Sting fue un visionario. En el peor, un esnob que usó para beneficio personal ideas que merecían un cauce sin protagonismos. A estas alturas, determinarlo da igual: el ex Police cruzó la frontera del artista que está sujeto a promoción y juicios públicos para ubicarse en el limbo apenas poblado de aquellos músicos que pueden hacer lo que mejor estimen, sin ansiedades sobre los efectos que ello tenga. Su relevancia es ya indisputable.

Su disco más reciente, The last ship, apareció hace diez meses. Se explica, sobre todo, como preámbulo: son canciones que sostienen un musical que se ha estrenado este mes en Chicago y pasará en septiembre a Broadway. Hace poco vinimos a saber que se trató, además, de un desafío: en su turno como conferencista TED, Sting habló de los años de bloqueo creativo que padeció antes de poder levantar el álbum. De las canciones que no llegaban, de la frustración por “el enojo de los dioses”. Comprendió entonces que lo mejor que podía contar era aquello que mejor conocía: sus raíces. “Es irónico que aquel paisaje del que me esforcé tanto por escapar, aquella comunidad que abandoné, iban a ser el paisaje y la comunidad a las que iba a tener que regresar para encontrar mi musa perdida”, dijo entonces, en referencia al humilde pueblo en el que creció. Son canciones que amoldan un círculo biográfico que en ocasiones cedió al arribismo. No es que Sting se haya vuelto humilde de golpe. Es, más bien, que ha aceptado asumirse también en aquello que fue antes del estrellato.