Haciendo un parangón gastronómico, esto debe haber sido como cuando al primer cocinero se le ocurrió meter una manzana en una ensalada, o un ají dentro de un pisco sour. Leídas en el menú, las combinaciones aún pueden sonar improbables, pero una vez en contacto con el paladar, las dudas se disipan: Incluso para sorpresa de los descreídos, esto funciona.

Algo similar es lo que sucede con la dupla amarrada por el británico Sting y el jamaiquino Shaggy, dos que ya dieron una primera sorpresa en abril de este año al editar el disco conjunto “44/876″, y que luego despejaron los prejuicios de los que olían en ello un simple divertimento, al programar toda una gira.

En el papel hablamos de un tour en sociedad, pero en la práctica es Shaggy quien parece subido a la maquinaria de Sting, el encargado de dictar las reglas, dominar el repertorio, echarse buena parte del peso sobre los hombros, y convocar a la inmensa mayoría de los presentes. Diez mil, si queremos ejemplificar con lo ocurrido la noche del martes 23 de octubre en Movistar Arena, la estación chilena en el recorrido de la dupla.

Pero el jamaiquino, de todos modos, se las arregla para encontrar su lugar en este entramado, con la ayuda de un Sting que refuerza la cuota reggae presente en buena parte de su repertorio, desde los años en The Police. La apertura ya es una primera muestra al respecto, con el clásico “Englishman in New York” abriendo espacios a la colaboración genuina del hombre de “Bombastic”, quien se apropia de pasajes fraseando con su inconfundible sonsonete, hasta rematar con el coro “I’m a jamaican in New York”.

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Las piezas del disco que justifica la gira entran luego en acción con “44/876″ y “Morning is coming”, y aunque son recibidas cálidamente por el público, son las del británico las que a todas luces despiertan mayor entusiasmo. Ya en el cuarto turno, “Every little thing she does is magic” levanta a todos de la silla con exacerbado halo optimista, y aunque en el recinto de Parque O’Higgins abundan los que llevan décadas de adultez, serán pocos los que en adelante volverán a sentarse.

Pasa luego uno de los hits de Shaggy, “Oh Carolina”, en versión digna de un tributo a Robert Palmer, y luego de otra cita al disco de rigor, “Message in a bottle” suena algo más tosca que en las presentaciones del británico, con terminaciones bastante más gruesas que las de costumbre.

En ese clásico de The Police, Shaggy es más comparsa que nunca, apenas una suerte de animador, mientras que en “Fields of Gold” se transforma en una presencia derechamente sobrante, un intruso que ni buscó ni recibió responsabilidades, y que sólo terminó por ocupar espacio en el escenario.

Por fortuna, aquello fue una excepción dentro de una velada energética y amena, liderada por un Sting dispuesto a cambiar ropajes en piezas que varias veces ha interpretado aquí en versiones originales, pero sobre todo con ganas de jugar y divertirse.

Prueba de ello es su participación en dos temas de Shaggy algo extraviados en el tiempo, pero hoy revitalizados gracias al paso por este cedazo: “Hey Sexy Lady”, en tono marcial, e “It wasn’t me”, en claves raggamuffin. Dos de los momentos más encendidos de la noche, que tuvieron su contracara en el fallido pegoteo con chicle de “Roxanne” y “Boombastic”.

Algo de efecto matrimonio hay en todo esto, con un público entregado gustoso al azar de lo que pueda sonar, y abierto a entregarse sin reparos a la alternancia de un setlist que, en otro momento, incluso hubieran resistido. Todo es bienvenido.

Punto para el fundador de The Police, entonces, que luego de haber hecho prácticamente todo en su extensa carrera, a los 67 años se anima a ampliar el mapa musical de su propio público, gracias a un show que funciona como un tren de doble estructura: Shaggy pone el vagón; Sting, la locomotora.

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