Saltémonos los ubicuos reportajes de tendencias y su ídem a la perogrullada. Para medir el impacto que la música en streaming está teniendo hoy sobre la industria, una vara significativa es la revista Billboard, y el cambio histórico que su famoso ránking experimentó hace un mes. Lo que la tradicional publicación entiende desde diciembre por «mayores ventas» ya no es sólo la transacción de discos en tiendas ni su descarga digital pagada, sino que también la escucha de éstos en servicios de música en continuo, como Spotify, Deezer y Rdio. Mil quinientas escuchas de una canción equivalen ahora a un disco vendido, y se suma como tal a la lista más confiable y antigua de ventas en Estados Unidos. Sube Ariana Grande —tuvimos que googlearla para saber que es el gusto adolescente de moda—, baja Barbra Streisand. Se asoman al fin los Pixies, un grupo por años tildado de «alternativo». Para ocupar jerga en boga: tenemos un punto de inflexión.

El cálculo puede ser discutible (no hay cómo saber si quienes escuchan un disco lo hacen por única vez o son unos pocos que se lo están repitiendo a diario), pero el punto es más bien la validez que incluso a los ojos de un árbitro conservador tiene ya un servicio que no ha dejado de recibir sentencias de muerte desde su nacimiento, en los años noventa. Y ahí sigue, cada vez más firme, pese a los intentos de ejecutivos disqueros, legisladores e incluso algunos músicos por borrarlo del mapa. Asumir que la música no depende del objeto que la registra y reproduce ha cambiado el modo en el que nos enfrentamos a viejos estándares como la compra, el coleccionismo y el apego fetichista hacia el objeto-disco, pero también lo que la industria juzga como relevante. Las canciones duran más tiempo bajo el foco de atención, y son cada vez más autónomas, pues crecen a veces por fuera de los presupuestos de promoción. Bandas antiguas compiten con debutantes (es significativo que en Spotify-Chile, el grupo más escuchado en el primer año de operaciones sean Los Prisioneros). Lo actual ya no es sólo lo último. YouTube exige cuidado, pues no es sólo una plataforma de videos, sino que también algo así como el streaming de los que no saben qué es el streaming. Quién porfíe en enjuiciar o dirigir lo que sucede pierde el tiempo. Una de las cosas fascinantes del pop son sus periódicos golpes de autarquía. No acepta pautas, y no queda otra que seguirlo.