Sinéad O’Connor, a sus 47, cambió. Prefiere dejar en el baúl de los recuerdos, bajo siete llaves, episodios controversiales que afectaron su imagen pública y hasta su integridad síquica. Ya no habla de sus pensamientos suicidas, ni de sus cuatro matrimonios fracasados, ni de la Iglesia Católica, ni de su obsesiva fascinación por Bob Dylan, ni de su ambivalente sexualidad, ni de su bullada pugna con Miley Cyrus.

Tras dos años de ausencia musical, la rapada cantante irlandesa acaba de lanzar su décimo álbum, I’m not bossy, I’m the boss (No soy mandona, soy la jefa), en cuya carátula aparece como una dominatrix rockera, con un estilizado vestido de látex negro, peluca de melena y maquillaje sugerente. El título original del disco era The Vishnu Room, pero se inclinó por el actual nombre después de conocer la campaña #BanBossy, de la organización estadounidense Lean In. “Vi una fotografía de Beyoncé con la frase I’m not bossy, I’m the boss. Encontré que era increíble que una mujer dijera eso, porque, en el negocio de la música, los artistas trabajan para la gente, pero no para nosotros. Cuando eres una mujer, es bastante difícil que te llamen jefa”, comenta la intérprete a CARAS desde Londres. 

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En esta placa, O’ Connor sólo compuso tres temas autobiográficos: “How About I Be Me”, “Dense Water Deeper Down” y “8 Good Reasons”. En este último, advierte: “Todo el mundo quiere algo de mí, ellos rara vez quieren saber de mí / Me convertí en la extraña que nadie ve, en el cristal tallado que he arrastrado sobre mis rodillas”. Inspirada por el Chicago blues y los tópicos del amor, decidió narrar la historia (supuestamente ficticia) de una mujer que adora y que sufre por un hombre, lo cual se refleja en “Your Green Jacket”, “The Vishnu Room”, “The Voice Of My Doctor”, “Harbour”, “Where Have You Been?”, “Take Me To Church” y “Streetcars”. Luego, llega a la difícil pero necesaria conclusión de abandonar aquellos fantasmas románticos: “Escribí estas canciones en distintos momentos. Todo dependía si la letra o la música me convencían, o si había guitarras”.

—¿Cómo fue el proceso de crear esta historia? 

—El proceso fue divertido. ¡Realmente muy divertido! Antes de que hiciera mi último disco, varias personas me reenviaron un montón de guiones cinematográficos, lo que me ayudó a mejorar el punto de vista para los personajes de mis canciones. Y de verdad me entretuve con el proceso de escritura. Sentí mucha libertad, porque aprendí a contar historias con simbolismos y hasta con un poco de sarcasmo. 

—¿Es bueno no escribir sobre tus propias vivencias?

—¡Es genial! Porque es muy liberador. Es brillante… pero no es más entretenido, de hecho. Fue un proceso interesante, porque fue como si hubiese vuelto a nacer.

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—Todas las canciones del disco son un mundo en sí mismo. Es imposible escuchar los temas de forma separada. Este disco parece ser una unidad. ¿Buscabas eso?

—Los temas no pueden escucharse separadamente, porque existe un personaje central que está hablando en siete canciones. Hay una especie de viaje lógico. De hecho, es una sola conversación que ella mantiene con un hombre. Es muy bueno escuchar todas las canciones en orden, para así entender las conversaciones. 

—¿Y el tema “James Brown” es un tributo al padrino del soul?

—No, no es un tributo. Fue sólo algo divertido. Para ser honesta, “James Brown” era un título de trabajo y olvidé cambiarlo. Es más como el personaje de la canción, que toma como referencia a James Brown y hace algo de ruido. 

—¿Cuál es tu opinión acerca de la industria musical? En “8 Good Reasons” señalas: “Tú sabes que amo hacer música/Pero mi cabeza fue destrozada por el negocio”. 

—Bueno, la industria musical sólo intenta vender. Y está bien. Uno ama la música, pero, honestamente, hay que alejarse de las personas del negocio. Ellos están más preocupados del dinero que de los artistas o de la misma música.

—Has explorado varios géneros: reggae, folclore irlandés y reversiones de clásicos del jazz. ¿Has escuchado música popular latinoamericana?

—No, en realidad (se ríe).

—¿Y te gustaría profundizar en la bossa nova, el bolero, el folclore de nuestra tierra?

—Sí. Existe una grandiosa música en Latinoamérica, así que tengo que acercarme más.

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—Viniste a Chile en octubre de 1990, para el concierto de Amnistía Internacional (en el Estadio Nacional). ¿Cómo fue percibir el retorno a la democracia?

—Eso me hizo llorar un montón… ¡Fue una experiencia muy impactante! Yo estaba muy triste por la denegación del primer concierto (en 1988). 

—¿Y cuándo volverás a Chile?

—Creo que ha pasado mucho tiempo sin ir para allá, así que tal vez vaya en abril de 2015… No estoy tan segura. Hemos discutido suficiente sobre realizar un show en Chile.

—En 2013, acompañando a John Grant en un programa de la TV islandesa, cantaste junto a tu hija Róisín. ¿Ella quiere seguir tus pasos en la música?

—No. ¡Gracias a Dios! Toma la música sólo como un hobby.

—¿Y cómo fue cantar con ella en ese momento?

—Ella es genial… Pero la música no es algo de lo que le gustaría vivir.

Si tuvieras que elegir el soundtrack de tu vida, ¿cuáles serían los discos más importantes para ti?

—¡Gosh! (respira hondo). Slow Train Coming ; Desire e Infidels de Bob Dylan; The same Song” (1978), de Israel Vibration… ¿Quién más? Elmore James y Magic Sam.

Regresando a I’m not bossy, I’m the boss, ¿qué sentiría la mujer de tu historia si escuchara “Nothing compares 2 U” en la radio?

—No lo sé. Quizá… ¿le guste? (risas). ¡Espero que le guste!

¿Y qué sientes tú cuando oyes ese hit?

—Es genial escucharla de vez en cuando. Pero, para ser honesta, no escucho mis canciones muy frecuentemente.

—¿No te gusta escuchar tus viejas canciones?

—Nunca, nunca escucho mis canciones.

—En julio participaste en un webchat organizado por el diario The Guardian. ¿Te gusta conversar con tus admiradores?

—Esa fue una idea del sello discográfico (se ríe). Ellos me pidieron que hiciera eso. ¡Es divertido! Sólo es cosa de ignorar a las personas desagradables y despreciables.