El hito que se marcará el próximo 12 de diciembre ha echado a andar un predecible carril comercial (cajas de CD, reediciones, libros varios para la mesa del café; infinidad de conciertos-tributo, incluso en Santiago), pero también proyectos de investigación (muestras, biografías, documentales) dispuestos a responder el desafío implícito en el título de un muy recomendable ensayo que el periodista Pete Hamill publicó hace unos años: Por qué Sinatra importa.

Importa, primero, como marca cultural, que fue la de una impronta que a lo largo del siglo XX consiguió definir rasgos de la vida urbana y el negocio del espectáculo muy por fuera de lo estrictamente musical. Sinatra fue el símbolo de un tipo de masculinidad que combinó a la vez el remanso de una asumida soledad sentimental y el orgullo de un inmigrante que no estuvo dispuesto a esconder su distancia de los círculos de poder (a los que terminó por cautivar, por cierto).

Una rara mezcla de autoflagelación y pachorra, de mundo interior y don de gentes. Las críticas al nuevo y extenso documental Sinatra: All or nothing at all (estrenado este mes por HBO) resaltan precisamente la riqueza de esas contradicciones: el colaborador de jazzistas negros al cual podían escuchársele chistes racistas; el músico arriesgado que se asustó con el rocanrol; el seductor de masas que quería a Ava Gardner sólo para él. La leyenda puede haber congelado a Sinatra como el cantante de éxito con el mundo a sus pies, pero se trata de una de las figuras más complejas que ha dado la música popular. “Un maníaco-depresivo de dieciocho quilates”, era como él se autodescribía, “protagonista de una vida de contradicciones emocionales violentas. Quizá por eso tengo una capacidad agudizada para la tristeza y la soberbia”. Sinatra importa precisamente porque de un cantante romántico no se espera tanta severidad consigo mismo.