Más allá de una visita relámpago para empujar las ventas de un perfume con su nombre, hace rato que por Chile no asoma la menuda figura de Shakira. Desde 2011 para ser exactos, cuando anotó el inusual hito de llenar por tercera vez el Estadio Nacional (ya lo había hecho en 2003 y 2006), a la más pura usanza de monstruos como U2, Soda Stereo o Roger Waters.

Es decir, ya van seis años sin recibir a la colombiana por estos lados, lo que en la cartelera del pop latino equivale a una eternidad. De ahí que los fanáticos recibieran de buena gana la confirmación de una nueva visita, hasta ahora ratificada nada más que por la propia cantante, mediante la presencia de un emoticon chileno en un tuit sobre su próxima gira.

Pero ya hay pistas que han surgido: Se habla de principios de marzo, y por supuesto que el recinto no sería otro que el coliseo de Ñuñoa, acorde con el estatus de figura mundial que hoy ostenta. Porque aunque algunos aún recuerden a la morena de “Estoy aquí” o a la pelirroja de “Ojos así”, lo cierto es que Shakira hace bastante rato es una artista global, y quizás eso —amén de la maternidad— explique en parte su prolongada ausencia.

Hoy Shakira graba singles con Rihanna, comparte escenario con Coldplay en una cumbre del G20, se pasea por Barcelona como una española más, se preocupa de la educación de los niños pobres, y no deja pasar mundial de fútbol sin arreglárselas para que una de sus canciones resuene en el ambiente. Con permiso de la FIFA (Sudáfrica 2010) o sin él (Brasil 2014).

¿Cómo llegamos a esto? Con hambre de conquistar el mundo, primero que todo, pero también con la predisposición que olfateó en éste para abrirse a lo latino, antes una pequeña rendija (gracias, Ricky Martin) que la propia Shakira transformó en forado, para que además de ella entrara todo el que se la pudiera. Hoy Juanes, Maluma, J Balvin, Luis Fonsi, Enrique Iglesias y otros tantos, son número puesto en emisoras de todo el hemisferio norte, algo en lo que sin dudas tuvo incidencia el levantamiento de represas que impulsó la indiscutida reina del pop latino.

Porque, le guste a quien le guste, no menos que ese título merece calzarse la artista hoy, y prueba de ello es el álbum que lanzó a fines de mayo (“El Dorado”). Más allá de la empatía que cada uno tenga con su resultado, o las consideraciones de calidad que se puedan hacer, todo lo que hoy puede entenderse como pop de este lado del globo está reunido en esa placa: Bachata, vallenato y, por cierto, reggaetón, el género más demandado del momento, que Shakira conjuga bajo todas las variantes que abarca el rótulo “urbano”, incluido el lenguaje directo, si es que la situación lo amerita.

No es ni de lejos un dechado de buen gusto, pero vamos, que la receta para reinar en Spotify nunca ha estado en ese lado de la vereda. Y tampoco para triunfar en Viña, Festival al que ya la candidatean por aproximación temporal con su visita, y por las innumerables ocasiones en que la alcaldesa Virginia Reginato la ha solicitado (como si esto de cerrar artistas para el evento fuera sólo cosa de pedir o desear).

¿Será posible que la veamos en febrero en la Ciudad Jardín? De buenas a primeras, parece difícil. Primero, porque las tarifas aparejadas a su estatus suelen estar lejos de los presupuestos festivaleros. Y luego, porque ante la necesidad de vender 60 mil boletos, suena bastante improbable que los organizadores de su visita antepongan un show televisado.

Pero quién sabe. Buena parte de esos hitos se han dado por circunstancias que en un principio ni siquiera estuvieron contempladas. Y si es por recibir a la reina del pop latino en la catedral chilena del mismo, bien valdría la pena agotar todas las opciones.

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