Es lindo que las grandes estrellas del pop nos cuenten de pronto que son feministas. Es mejor que verlas ocupadas en defender la tenencia de armas, las prótesis mamarias o los abrigos de piel, por decir algo. Pero es sospechoso, y sobre todo ahora, justo al medio de “el extenso campo de glúteos en que se ha convertido la música”, como describió hace poco El País. Pese a que ciertas reivindicaciones de género se asoman hoy con asombrosa frecuencia en el discurso de varias cantantes jóvenes, el escenario en el que éstas se mueven parece hace un par de años particularmente sexualizado, y no en el buen sentido. Es el pulso de un erotismo calculado, lucroso, dócil a la fantasía masculina y, muchas veces, riesgosamente adolescente. No es que el terreno pop haya sido alguna vez un oasis antipatriarcal ni mucho menos, pero por momentos da la impresión de que gente como Sinead O’Connor, Kate Bush o Chrissie Hynde nunca existieron; por nombrar a tres mujeres que permitieron pensar el canto femenino como una expresión valiosa en su particularidad, al fin emancipada de la obligación de complacer o erotizar.

Posicionar en el pop a una figura femenina pensante se ha vuelto un ejercicio exigente, rodeado de trampas, y del cual casi nadie zafa sin contradicciones (tampoco en Chile). Beyoncé de pronto se ocupa en la vocería de una agenda “de igualdad” y se da bombo como una autodefinida “feminista moderna”, pero olvida que en su repertorio hay al menos un par de hits que presentan al matrimonio como el objetivo natural de una mujer. Para Lady Gaga vestirse con globos es más llevadero a que le hagan ver que ha engordado. Varias nuevas cantantes quieren apoyar un cierto activismo de género que les parece urgente, pero no está en sus manos derribar imposiciones atávicas de la industria del espectáculo, y cómo se van a descuidar si unos metros más allá Nicki Minaj por poco hace que se caiga YouTube meneando un trasero del tamaño de un barco, Rihanna no para de compartir selfies con cara de “aquí te mato”, y Myley Cyrus hace caja lamiendo un pene de plástico. Annie Lennox llamó hace poco a la renovada inquietud feminista “apenas un saludo a la bandera” y advirtió que hablar de género como de una tendencia es “una movida barata”. Son las palabras de una mujer que aportó lo suyo hace treinta años acallando su belleza en traje masculino y pelo al rape. Para la firmeza de ese manifiesto, hoy no habría cabida.