Sólo un mes antes de llegar a Chile para su concierto de este 6 de junio, Marisa Monte (47) participaba en Nueva York de un encuentro musical de vanguardia. Samba Noise se tituló el set preparado en el Brooklyn Academy of Music (BAM), y que puso sobre el escenario por un lado a conocidos creadores de avanzada —el japonés Ryuichi Sakamoto, los estadounidenses Arto Lindsay y Robert Lowe— y por el otro a lo que la cantante definió como “un dream team de la samba” (cuatro instrumentistas de largo oficio más la participación especial de Seu Jorge). Era fácil imaginarla a ella ahí como un puente entre ambos mundos. Para ser una figura de tanta fama en Brasil, Monte sorprende como alguien que ha conseguido bordear siempre una cierta sofisticación de búsqueda y propositiva identidad, sin por eso perder su amplio alcance. La propia autora carioca ha definido a la música popular brasileña como un ente complejo, que requiere trabajarse con ingenio y manipularse con delicadeza. Toda su carrera, desde fines de los años ochenta, ha dado prueba de ese cuidado y ese esfuerzo. Su música podrá ser melodiosa, pero jamás banal. De gusto cosmopolita pero raíces reconocibles. Incontables autores se pierden en la búsqueda de ese equilibrio entre éxito y osadía que Marisa Monte balancea hasta hoy con excepcional gracia.

En una discografía de ya diez títulos, el superventas Tribalistas (2002) figura como una parada representativa de esa conjugación. El álbum fue el resultado de la colaboración entre Monte, Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes; y figura como un hito para la reciente música contemporánea del continente. El modo de integrar pop y raíz folclórica, identidad local y globalización desafía a cualquier creador actual, y ese álbum puede ser un manual de consulta. “Cada instrumento es como una lengua”, estima la autora, “y la música trabajada en conjunto es el resultado de muchas conversaciones en muchos idiomas creativos. Esa riqueza es única”. A veces nos viene bien la música austera, quieta, sostenida en una expresión íntima poderosa y poco más. Pero Marisa Monte nos recuerda que también enhebrar ideas, saltar entre géneros y poner a dialogar tradiciones puede nutrir al mejor pop. Su debut —¡al fin!— en Chile coincide con debates interesantes sobre el rumbo identitario de nuestra música. Pues vayamos, escuchemos y tomemos nota.