En el último lustro, Rokia Traoré ha conseguido que incluso aquellos oídos reacios hasta ahora a la música africana se dejen seducir por su voz sinuosa y los arreglos limpios de sus grabaciones, lejanas éstas al pop radial aunque amables con los oídos educados por ránkings y videoclips. En momentos en que la vivísima música de Mali se ve amenazada por un conflicto político interno violento y fundamentalista, el nombre de Rokia Traoré confirma que la tradición cultural de ese país del noroeste africano es capaz de levantar la voz incluso por sobre las peores dificultades.

Pero asomarse a sus discos desde Chile —hace unos meses publicó Beautiful Africa— es tan aventurado como emprender un viaje exótico a solas y sin mochila de alto diseño. La diversidad de intereses musicales se ha vuelto la lógica esperable entre melómanos curiosos, pero la oferta africana sigue siendo aquí un misterio lejano y casi sin claves locales —ni de radios, prensa o recomendaciones— para irlo desentrañando. Hace diez meses, el ubicuo Damon Albarn (Blur, Gorillaz) consiguió echar a andar un tren lleno de ochenta músicos africanos con los que visitó ocho ciudades británicas para ofrecer conciertos colectivos.

Arriba del histórico carro iban figuras como el senegalés Baaba Maal, el dúo maliense Amadou y Mariam, el intérprete de kora Toumani Diabaté, los raperos M.anifest (Ghana) y Karim Rush (Egipto) y también la aplaudida Rokia Traoré. No hablamos de músicos marginales, sino de nombres de establecido prestigio europeo que pueden permitirse extravaganzas como la recién descrita gracias a auspicios y apoyos de un medio que considera normal aproximarse a la música desde la curiosidad intercultural.

Nuestra lejanía de la actual música africana —a la que Albarn describe como “llena de vibraciones de futuro”— no es sólo un asunto geográfico o de mercado, sino el fruto de una ignorancia más triste: la del temor hacia aquello que no sabemos cómo entender.

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