¿Habrá músculo más traicionero que la lengua? Si a ciudadanos comunes y corrientes nos juega malas pasadas más veces de las que quisiéramos, ni hablar de lo que ocurre con quienes trabajan enfrentándose a un micrófono cada tanto.

Bien saben de esto las estrellas de rock (grandes, medianas, pequeñas o en gestación), siempre dadas a la opinión taxativa y directa, emanada desde un pequeño púlpito y desde una rendija de acceso a “la” verdad. Pero, además, conocedoras de los réditos que entrega la provocación y el desparpajo.

En esa línea, la historia ha dado cuenta de grandes aciertos, hilarantes salidas de madre, y también vergonzantes metidas de pata. Algunas rayanas en la atrocidad, incluso.

Por ejemplo, no es mucha la vuelta que se le puede dar a lo dicho por Gustavo Cordera entre mediados de 2016 y principios de 2017, en torno a la violación. Pretendiendo ponerse un traje a medio camino entre el galán supermasculino y el psicoanalista, terminó diciendo una absoluta barbaridad, de tal magnitud que incluso evitaremos repetir aquí, aunque arriesguemos dejar algo cojo el contexto.

Es que hay cosas que, simplemente, sobrepasan el límite de lo tolerable, y el castigo social que el ex Bersuit se ganó tras el desliz es prueba más que fehaciente. Son del tipo de casos que no pueden dejar lugar a dudas.

¿Pero qué ocurre con Cristóbal Briceño, líder de Ases Falsos, transparentando su convicción de abstenerse en una elección política? ¿O con Morrissey matizando las acusaciones en contra de Kevin Spacey?

Si es por reacción del medio virtual, pareciera que ambos debieran ser desollados en la plaza pública. Entre quienes los hayan visto en estos días convertidos en trending topic, fácilmente pudo anidarse la idea de que tocaron fondo, que estaban delirando, o que su trayecto presente no conocía otra cosa que la rodada por el despeñadero.

Y claro, los matices planteados por el ex The Smiths son a todas luces insensibles, disonantes e inoportunos, pero no dejan de comunicar algo en torno a las conductas de riesgo en casos de acoso sexual.

Y lo de Briceño, ni hablar. Aunque tenemos un régimen de voto voluntario, que en sí mismo valida la posibilidad de abstenerse, muchos no dudaron en lapidar al único que hasta ahora ha tratado de dotar de contenido y justificación intelectual su opción por no votar.

Al final, parecen ser otros síntomas más de la cultura del buenismo que impregna las redes sociales, esa dictadura de lo políticamente correcto, en cuya mezcla sin dudas que hay buenas intenciones, pero también altas dosis de apariencia e hipocresía.

Allí no sólo se termina por apuntar al culpable, sino también al que osa salirse del margen, aunque en esa acción incluya contenidos perfectamente debatibles.

A ratos pareciera que Twitter es el reino de los impolutos, de todos quienes saben bien cómo deben hacerse las cosas. Tanto, que uno llega a preguntarse cómo cresta el mundo no puede estar mejor, con tanta perspicacia junta.

Agota, pero por suerte allí están también los rockeros de cepa, para recordarnos que no somos perfectos y que las alternativas B y C también existen. En ese afán, más de una vez van a errar, pero no por eso les quitaremos el derecho a la zancadilla reflexiva y provocadora. No olvidemos que, a fin de cuentas, para eso también los tenemos.

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