“Anglicismo”, podrían decir los más rígidos si quisieran cuestionar el título de esta columna, y de alguna manera estarían en lo cierto. Aunque existente en el castellano, “entretenedor” es un término algo inhabitual en nuestro idioma, donde más suena a una traducción literal para la voz anglosajona “entertainer”.

Sin embargo, a la hora de hablar de Robbie Williams, su uso asoma especialmente pertinente, no sólo por referirnos al británico a propósito de un espectáculo llamado “The Heavy Entertainment Show” (algo así como “show de entretención dura”), y que arranca con la canción de donde ha salido ese título, para luego seguir con otra llamada “Let me entertain you” (“déjenme entretenerlos”). Además, el término describe de forma certera el rol que en su actual gira el cantante se esmera en desempeñar, y que sacó a relucir la noche del lunes 5 de noviembre en su segundo paso por un escenario chileno (y tercero por el país si incluimos el episodio Lucho Jara, de 2004).

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Apenas apagadas las luces, una apoteósica locución en off y una sarcástica versión de “Pompa y circunstancia” (la solemne “marcha de graduación” de Edward Elgar) anticipan el tono recargado de la velada, que de inmediato se refrenda con el protagonista enfundado en bata de boxeador, cual gladiador sobre el ruedo. A partir de entonces, los chillidos se vuelven tan intensos como la amplificación en Movistar Arena (varios decibeles por sobre lo recomendable), y Williams se encarga de redoblarlos aún más, aleonando a las cerca de 11 mil personas como quien sabe que esta noche tiene únicamente su nombre.

Para el tercer corte, “Monsoon”, el ex Take That ya ha hecho varias, incluyendo el paseo hasta el centro del escenario por una pasarela, bromas por doquier, la subida de la falda que calza para dejar al descubierto el trasero, un primer descenso hasta el público para chocar manos y acaparar selfies, una talla musical junto a su banda al alero de “YMCA”, y hasta un beso en la boca con una fan pegada a la reja.

La tónica se mantendrá en adelante con diversas performances de sus bailarinas, solos portentosos de sus instrumentistas, diálogos hilarantes, cantos a sus seguidoras y otros tantos recursos, en una dinámica que resulta tan excesiva y kitsch, como atractiva y cautivante, hasta dejar en evidencia la experticia de Robbie Williams en su rol como maestro de ceremonias.

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Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando vamos al plano interpretativo, ámbito en que el británico oscila entre lo correcto y lo deficiente. Aunque solvente en temas que ofrecen refugio, como “Party like a russian”, basta el paso a otros que representan una mínima exigencia, para que sus dificultades salten a la vista.

Parte dubitativo en “Freedom”, homenaje a George Michael en que los segmentos más altos se transforman en una tarea cuesta arriba; sigue en “Love my life”, cayendo en notas derechamente erróneas; y termina de frentón extraviado en “Tripping”, que de forma equívoca intenta salvar a punta de falsete.

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Pero poco de aquello debe haber importado entre quienes llegaron al recinto de Parque O’Higgins. No sólo porque los tropiezos de todos modos encontraron algo de contención en una banda de filo rockero y tono grandilocuente (amén del ensordecedor volumen), sino además porque lo de Robbie Williams definitivamente no se juega sus cartas en ese territorio, sino en el de esa “entretención dura” que desde la invitación promueve. Y allí, quién podría negarlo después de este lunes, el hombre sí que sabe.