Podrá parecer incoherente a primera oída que en dos de sus canciones más nuevas, Rihanna venga a vender al mundo el chovinismo de American oxigen y el guión gangsteril sugerido en Bitch better have my money, y podrá parecer incongruente a primera vista sobre todo, teniendo en cuenta los videos respectivos: un clip armado con material de archivo de guerras y banderas estadounidenses al servicio de un patriotismo de pacotilla versus un thriller entre locaciones millonarias, vida de magnates y un secuestro que termina bañado en sangre de utilería, todo producido a la perfección desde luego.

Pero de incoherente nada. American oxigen rebosa de todo el exceso de moralina que brilla por su ausencia en el culto vacío a la estética de la violencia de Bitch better have my money y ese será un contraste, pero son cara y sello de la misma moneda.

Rihanna es un producto cumbre de la industria musical más corporativa de EE.UU., el lugar que ella se enorgullece de llamar America en American oxygen, porque esas dos canciones en último término coinciden en el mismo asunto. Poder. FourFiveSeconds, otro de sus nuevos éxitos, con cameos de Sir Paul McCartney y Kanye West nada menos, también se trata de eso: poder invitar a un ex Beatle y al rapero casado con Kardashian a grabar juntos en una canción, mezclar nobleza musical reverenciada y basura de tabloide global con apenas un grado de separación, poder ser una celebridad. Rihanna se dio el trabajo de publicar siete discos seguidos en ocho años entre 2005 y 2012. Ahora que acaba de pasar por Chile se apresta a sumar tres años sin un disco nuevo, y aunque tenga anunciado uno llamado R8 ni siquiera es mucha la falta que hace. Ahora que ya edificó su imperio sobre el poderío musical de éxitos internacionales como Umbrella, el oxígeno americano que requiere para funcionar ya no es la música. Bastan tres canciones para delinear su retrato más actual, fidedigno y lucrativo.