Es sábado en la tarde y la lluvia cae intermitentemente sobre un edificio del casco antiguo de San Juan. Adentro, la jornada de trabajo de Ricky Martin (44) está lejos de terminar. Entre los focos de las luces y las cámaras, un desfile de representantes, estilistas y managers lo rodea. En la escena, el hombre que ha hecho bailar, llorar y reflexionar con sus canciones, es un obrero más. Uno que reparte sonrisas cuando cruza miradas y agradece cuando le acercan algo. Su perfeccionismo es el de siempre, el que aprendió en los tiempos del grupo Menudo en los ochenta, así que es normal que los tiempos se alarguen. “Esta es una máquina que no para nunca pero que nos encanta, si no, no podríamos seguir este ritmo”, nos confesará media hora más tarde, cuando simule un paso de baile y dibuje con uno de sus dedos un espiral en el aire, justo antes del inicio de nuestra conversación.

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Por más cercano que se muestre, la primera vez que uno conoce a Ricky Martin es fácil sentirse intimidado. Su sola presencia es capaz de dejar a la gente sin habla. Algo parecido sentimos cuando nos abraza por varios segundos tras saber que venimos de Chile. Es un abrazo cariñoso que termina con un: “cómo quiero a ese país”. Una frase que puede haber repetido mil veces pero que transmite total honestidad. Carismático y cálido, el intérprete de Vuelve es una verdadera máquina de seducción que en polera y jeans, parece incluso más atractivo que en las portadas de sus múltiples discos o videos.

“No me pongo caretas para sentarme delante de la cámara ni para entrar a un escenario. Vivo con mucha transparencia. Es verdad que soy obsesivo en todo, pero sigo teniendo la misma pasión de los inicios. Los mismos sueños, la misma ansiedad. Claro que la vivo con mucha más calma”, confiesa, mientras se acomoda en el sillón blanco ubicado al centro de su inmaculado camarín. Su tema La Mordidita hizo bailar a los europeos el último verano y gracias a la balada Disparo al corazón dejó claro que en todo el planeta no hay nadie como él para interpretar los vaivenes del amor. 

—¿Quién le dispara hoy al corazón de Ricky Martin?

—A mí todos los días me disparan al corazón. Estoy soltero y sin compromiso. Si estuviera con alguien ya se sabría. Por supuesto que quiero que algún día llegue mi mitad, mi media naranja, igual estoy muy tranquilo. Soy muy romántico, una mermelada.

En tiempos en que la industria musical vive su peor crisis de la historia, su último trabajo A quien quiera escuchar es la confirmación de que el éxito que lo acompaña desde María y Living la vida loca no piensa en abandonarlo. Aunque él, lejos de acomodarse en los laureles, prefiere expandir sus talentos. Ya sea escribiendo libros para niños o como productor ejecutivo y conductor —junto al español Alejandro Sanz y a la italiana Laura Pausini— del reality de nuevos talentos La Banda, que transmite Univisión.

—¿Por qué un reality?

—Estoy en un momento de mi vida donde lo que quiero es compartir con una nueva generación de artistas mis experiencias, las buenas y las no tanto. Hacerlo es una gran responsabilidad. Vamos a estar siempre dos pasos delante de los participantes, haciendo todo lo posible para protegerlos y guiarlos.

—En 2013 publicaste el primero de tus libros para niños Santiago, el soñador entre las estrellas ¿Has seguido escribiendo?

—Claro que sí, llevo varias historias y cada vez me convenzo más de que escribir debe ser una de las cosas más difíciles que existen. Pero mis hijos son los mejores editores. Ellos me van diciendo esto sí o esto no papá. Son increíbles. Mi idea es convertir esos libros en películas en el futuro. 

Al mirar su aplomo, cuesta imaginar a finales de los noventa cuando el mundo se rendía ante su talento y la industria  lo coronaba como el rey de pop, fue cuando peor lo pasó. Le molestaban los rumores en torno a su sexualidad pero tampoco estaba preparado para enfrentar su identidad. Sumido en una profunda búsqueda espiritual, inició un viaje que lo llevó a comprometerse con grandes causas humanitarias y de paso, reconciliarse con su verdadera naturaleza. Estuvo en India, tuvo un gurú, meditó, escuchó el llamado y no volvió a ser el mismo. El camino le sirvió de inspiración para escribir las 290 páginas de su autobiografía titulada simplemente Yo. “Todo llega en el momento en que tiene que ocurrir y cuando uno está listo. Nunca antes”, repite hoy, tal como lo escribe en varias partes de su libro. 

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Entre los momentos más reveladores, destaca uno ocurrido a fines del 2000. Llevaba dos años sin parar de trabajar cuando recibió la llamada de un amigo que acababa de abrir un orfanato en Calcuta. “Por esos días yo no tenía ganas de nada. Lo único que quería era quedarme encerrado en mi casa viendo películas, escuchando música, durmiendo. Sin embargo, la perspectiva de ir allá me hizo brincar de inmediato y partí”, recuerda, en sus memorias que fueron elogiadas por los gurús de la autoayuda Deepak Chopra y Paulo Coehlo. 

En India, el artista no sólo visitó el nuevo centro, también participó del rescate de tres niñas abandonadas, cuyo destino natural era terminar en alguna de las redes de prostitución locales. La experiencia fue tan potente que le dio nuevos aires al trabajo de Ricky Martin Foundation, convirtiendo al combate contra la trata de personas en una de sus prioridades. Y aunque en un primer momento pensó en hacerlo de manera anónima, fueron los mismos activistas que hoy lo ven como uno más de quienes lo convencieron de que él era la pieza que faltaba para darle visibilidad al problema.

—Gracias al trabajo que lideras Puerto Rico incorporó la trata de personas como crimen en el Código Penal.

—El reto mayor que tiene este crimen es que la sociedad acepte que sucede en todas partes del mundo. Se trata de un delito muy complejo que tiene sus raíces en diversos factores. Lo importante es mantenernos firmes porque ante las crisis económicas, los más vulnerables son nuestros menores.  

—Has dicho que la frustración ha sido parte de tu camino, ¿cómo la manejas?

—Recuerdo a un mentor que me dijo ‘una vida a la vez’. Eso hacemos diariamente junto a todo el equipo. Educar para sensibilizar, prevenir y liberar. Así nace Tau, un centro holístico destinado a las víctimas de la trata de personas que no actúa como refugio, sino una escuela integral donde 120 participantes, desde infantes a adolescentes reciben un revolucionario modelo de enseñanza que plantea al estudiante el desafío de convertirse en ser dueño de su destino. Los participantes viven en comunidades de alto riesgo y queremos que desde hoy sean guerreros. Nuestra idea es exportar ese conocimiento a otras latitudes en unos cinco años.