Sorprende aprender que alguna vez Johnny Ramone (1948-2004) tuvo como única meta en la vida ser normal. Normal como un trabajador a sueldo y de rutina predecible. Normal como un novio fiel y sin distracciones. Luego de una adolescencia abandonada al desdén por los adultos, las drogas e incluso el robo, el neoyorquino decidió aplicarse en una adultez tranquila. Se ocupó como obrero de la construcción en Queens y comenzó a planear su matrimonio. Le gustaba la música (los Rolling Stones, sobre todo), pero cuando alguien sugería que por qué no armaba una banda, él respondía: “Eso es una ridiculez de anormales, y yo quiero ser normal”.

La historia de los Ramones es, de algún modo, la de cuatro chicos promedio que llegaron a tener una de las bandas más influyentes de la historia sin querer cruzar jamás al terreno de los virtuosos, los genios, los ultraguapos o todos esos seres excepcionales que durante mucho tiempo se creyó eran los únicos que podían hacer música exitosa. Traducida hace poco al castellano y recién importada a Chile, Commando. Autobiografía de Johnny Ramone ordena la historia de quien hizo de su simplicidad su fortaleza. Canciones breves y de tres acordes, compuestas como descargas de furia sin mayor elaboración. Técnica instrumental sin adornos. Letras banales. Melodías adherentes. Fue un proceso largo de autoconvencimiento, explica el guitarrista en el libro, creer que algo así podía darle un futuro. “En aquellos días iniciales, cada vez que conquistábamos a un nuevo fan me decía: ‘Otro incauto que se lo ha tragado’, hasta que un buen día me di cuenta de que éramos realmente buenos”. Y lo eran, claro, en parte porque Johnny Ramone era un estratega lúcido, que pensó cada detalle de su banda —de las melodías a la imagen, de cómo comportarse en entrevistas a las ventajas que les daba tener un vocalista feo— y que cargó a ésta de una de las conquistas más difíciles en el pop: identidad: “Mas a pesar del éxito, mantuve la furia y la intensidad durante toda mi carrera. Tenía una imagen y esa imagen era la ira: yo era el sujeto de la mirada hosca, el ceñudo, el abatido, y me aseguraba de aparecer así en las fotos. Los Ramones eran lo que yo era”.

El libro concluye con su cáncer de próstata ya avanzado (“cuando leas esto, quizá yo no esté aquí”). Avaro, autoritario y republicano (“Ronald Reagan ha sido el mejor presidente que he visto en vida”), Johnny Ramone no busca recuperar los muchos amigos perdidos ni convertirse en un recuerdo de simpatía. Es éste, por el contrario, un texto sincero, bien pensado, como uno quiere creer fue también la banda que ha vendido más poleras que discos, y que aceleró la matriz rocanrolera de un modo que hasta hoy agita el oído con la frescura de un punk arrollador.