Que Radiohead nunca ha sido un grupo ceñido a reglas universales, es una cuestión conocida y documentada. No sólo iniciaron un paulatino alejamiento de los códigos tradicionales del pop, el rock e, incluso, de la canción, cuando la industria discográfica era aún firme y poderosa. Luego, cuando ésta ya tambaleaba, renunciaron a cualquier esfuerzo por defenderla, con el recordado hito del “paga lo que quieras” por el disco In Rainbows (2007). Su biografía tiene varios de esos episodios.

No es una carrera por colgarse medallas de outsider, sino la esencia misma de un conjunto que ha decidido mover su inmensa maquinaria desde fuera de los márgenes, desafiando cánones. Algo que opera en el ejercicio creativo, promocional y, por cierto, en vivo, como pudimos apreciar la noche del miércoles 11 de abril en el Estadio Nacional.

¿Qué señala el manual de las grandes giras? Despachar una mayoría de éxitos calados, no acudir a novedades débiles, exaltar el pasado en desmedro del presente, apelar al rol estelar de quienes están sobre el escenario. ¿Canciones que no fueron singles o que descansan en lo profundo de viejos álbumes? Ni hablar.

Pues bien, todo eso es lo que los británicos decidieron bypassear en su segundo paso por Chile, de la mano de un concierto pensado para fanáticos de tomo y lomo, o para quienes estuvieran dispuestos a vivir en serio la experiencia Radiohead, y no como una simple foto de Instagram.

A falta de autopistas expeditas como “Creep”, “High & Dry” o “No surprises”, Thom Yorke y compañía desenfundaron un repertorio denso y endógeno, comandado por cuatro piezas de A Moon Shaped Pool (2016), su último disco y uno que no ha generado ni generará nada inolvidable.

En otros sería razón suficiente para omitir esa parte del catálogo, pero en Radiohead ocurre a la inversa: Es incluso una invitación para entrar en zonas de similar claustrofobia, como las ofrecidas por los menos populares discos Hail to the Thief (“Myxomatosis”, “Where I end you begin”) o The King of Limbs (“Bloom”, “Feral”).

Los que pagaron cancha vip, pueden observar de cerca los movimientos espasmódicos de Yorke al frente, o la manufactura instrumental de Jonny Greenwood. Los que están más lejos, apenas los imaginan, mientras se exponen a una sucesión inquietante y lisérgica de retazos, formas y colores. La pantalla, esta vez, no es para amplificar el ego de una estrella, sino para dar las últimas puntadas a esta propuesta estética llamada “A Moon Shaped Tour”.

Por cierto, hubo también hits en la escala de la banda: “Airbag”, “Pyramid song”, “Everything in its right place”, “Idioteque”, “Fake plastic trees”, “Paranoid android” y “Karma police”, amén de esa pieza hermosa y conmovedora que es “Let down”.

Pero eso no es más que simple constatación, porque lo que importa aquí no es tanto el desglose, sino la vivencia. Quizá algunos en adelante recordarán haber estado en el Nacional el día en que Radiohead tocó tal o cual canción. Tal vez varios se esmeren en dejar grabado un momento determinado, de acuerdo con su propio paladar. Otros, en cambio, muchos, atesorarán esas dos horas y media como una suerte de viaje. Un recorrido que incluyó zonas áridas, desoladas, turbulentas, lóbregas, extenuantes. Áreas gélidas, complejas, espesas, alucinantes… Términos que, aislados, toman la incómoda la forma de un desafío, pero que conjugados por Radiohead se transforman simplemente en arte.

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